La Constituyente se declara soberana
Para quienes favorecen la idea de una Constituyente en nuestro país, recomendamos seguir paso a paso lo que ocurre en Venezuela, donde el recién instalado organismo acaba de autoproclamarse "poder originario y soberano absoluto, con facultad para intervenir todos los demás poderes públicos".
En otras palabras, de nada sirvieron las advertencias previas de la Corte Suprema, ni de la Asamblea Legislativa, en el sentido de que tal organismo sólo podría actuar como instancia paralela y, por ende, carecía de facultad para disolver otros órganos del poder público, dado que su único fin era proveer al país de una nueva Constitución.
En ese sentido, el presidente Chávez fue más realista y consecuente como propulsor del proyecto, cuando puso su cargo a las órdenes de la Constituyente, sabedor como era del ilimitado alcance y supremas facultades del organismo que, en su primer acto, se declaró "soberano absoluto" por votación de 131 contra 6 de sus miembros.
Por otro lado, la Constituyente es como amarga quimioterapia a la que se acude sólo como recurso final, para enfrentar un mal superior; capaces ambos, enfermedad y remedio, en destructiva interacción, de acabar con el organismo estatal entero antes que la curación o la fatalidad asomen un día.
Ya hemos planteado antes que la Constituyente venezolana no emerge por iniciativa de una élite de intelectuales o políticos ociosos, sino como última fórmula democrática y pacífica de resolver una profunda crisis institucional, marcada por una corrupción generalizada y el deterioro económico y social.
Otra alternativa habría sido no hacer nada y dejar que las fuerzas sociales en su flujo y reflujo natural borraran todo del mapa por el imperio de las armas. No otra cosa presagiaba la situación de un país con 80% de pobres en un océano petrolero de riqueza, inexplicable.
Chávez se jugó una carta peligrosa que, dadas las circunstancias, puede lucir menos dañina que una guerra civil. Y lo hizo con la venia norteamericana, consciente que el contagio hacia el lago Maracaibo de la guerra colombiana, haría volar los pozos petrolíferos y los viaductos que, cual yugular, llevan a Estados Unidos la mayor parte de sus provisiones de oro negro, desde fuentes más seguras que los vulnerables pozos árabes.
Obviamente, Chávez tiene escasas posibilidades de sobrevivir. La colosal riqueza petrolera robada al país rompió los bolsillos de una aristocracia económica y militar que disfrutó la prosperidad en "petit comité", a espalda de la mayoría de los venezolanos. Desde ahora estará atrapado cual equilibrista, entre varios fuegos cruzados: Estados Unidos, presto a deshacerse de él al primer fallo; la aristocracia criolla igual al primer asomo de afectación de sus intereses; la masa irredenta lo mismo cuando vea pasar el tiempo sin las soluciones; y el país entero cuando advierta que el experimento ha fracasado.
En otras palabras, de nada sirvieron las advertencias previas de la Corte Suprema, ni de la Asamblea Legislativa, en el sentido de que tal organismo sólo podría actuar como instancia paralela y, por ende, carecía de facultad para disolver otros órganos del poder público, dado que su único fin era proveer al país de una nueva Constitución.
En ese sentido, el presidente Chávez fue más realista y consecuente como propulsor del proyecto, cuando puso su cargo a las órdenes de la Constituyente, sabedor como era del ilimitado alcance y supremas facultades del organismo que, en su primer acto, se declaró "soberano absoluto" por votación de 131 contra 6 de sus miembros.
Por otro lado, la Constituyente es como amarga quimioterapia a la que se acude sólo como recurso final, para enfrentar un mal superior; capaces ambos, enfermedad y remedio, en destructiva interacción, de acabar con el organismo estatal entero antes que la curación o la fatalidad asomen un día.
Ya hemos planteado antes que la Constituyente venezolana no emerge por iniciativa de una élite de intelectuales o políticos ociosos, sino como última fórmula democrática y pacífica de resolver una profunda crisis institucional, marcada por una corrupción generalizada y el deterioro económico y social.
Otra alternativa habría sido no hacer nada y dejar que las fuerzas sociales en su flujo y reflujo natural borraran todo del mapa por el imperio de las armas. No otra cosa presagiaba la situación de un país con 80% de pobres en un océano petrolero de riqueza, inexplicable.
Chávez se jugó una carta peligrosa que, dadas las circunstancias, puede lucir menos dañina que una guerra civil. Y lo hizo con la venia norteamericana, consciente que el contagio hacia el lago Maracaibo de la guerra colombiana, haría volar los pozos petrolíferos y los viaductos que, cual yugular, llevan a Estados Unidos la mayor parte de sus provisiones de oro negro, desde fuentes más seguras que los vulnerables pozos árabes.
Obviamente, Chávez tiene escasas posibilidades de sobrevivir. La colosal riqueza petrolera robada al país rompió los bolsillos de una aristocracia económica y militar que disfrutó la prosperidad en "petit comité", a espalda de la mayoría de los venezolanos. Desde ahora estará atrapado cual equilibrista, entre varios fuegos cruzados: Estados Unidos, presto a deshacerse de él al primer fallo; la aristocracia criolla igual al primer asomo de afectación de sus intereses; la masa irredenta lo mismo cuando vea pasar el tiempo sin las soluciones; y el país entero cuando advierta que el experimento ha fracasado.