La corrupción anterior
Hemos insistido muchas veces desde este espacio que la corrupción es uno de los peores males de la democracia. Tan mala y generalizada es la fuerza corruptora instalada en el sector privado, como la que opera desde el sector público. No es necesario escoger cuál de las dos es peor. Por eso todo gobierno que decida atacar con mano dura la corrupción, que ponga en sus oficinas el letrero de “tolerancia cero” a las irregularidades y faltas a la ética, sobre todo las que cometen los altos funcionarios del Estado, tiene que causar un gran aplauso en la población.
Es una manera de reivindicar los bienes públicos, que nos pertenecen a todos; los fondos públicos, en los que todos hemos puesto parte, y especialmente, reivindicar un cierto sentido cívico de nación, lamentablemente olvidado en la pasada administración.
Lo único de lo que tienen que cuidarse los actuales administradores del Estado es que las denuncias se conviertan pronto en causas penales y las causas penales en sentencias condenatorias, pues de lo contrario el sentimiento de justicia no será redimido, y volverá a apoderarse del pueblo la frustración o el cinismo, o una combinación infeliz de ambos. No se trata de gobernar con el retrovisor: es necesario despejar el camino de la bruma que dejó el grupo anterior, que prometió y no cumplió.
Aquella esperanza de justicia ha encontrado ahora un mejor guardián, más inspirado y motivador. Para triunfar en esta empresa lo apoya lo mejor de la sociedad.