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La corrupción, su flora y su fauna


En política se encuentran toda suerte de problemas y personajes. Los mismos también se encuentran en la sociedad civil, la economía y la cultura. Sin embargo, porque la política se da en público y afecta a todos los miembros de una sociedad, prestamos mucha más atención a lo que encontramos en sus predios.
Así, por ejemplo, mucho se zarandea el tema de la corrupción en política. Pero no se discute el tema con referencia a los otros ámbitos. Sin embargo, por cada funcionario público corrupto suele haber un hombre de negocios o un dirigente comunitario corruptor.
De hecho hemos tenido recientemente en la vida económica panameña una cadena de casos de corrupción tan escandalosos que abisman. Comenzó con la quiebra de un banco, continuó con los más de B/54 millones que se "perdieron" en un consorcio comercial, pasando por el ilusionismo de una institución que invertía en la bolsa tecnológica de Nueva York, hasta llegar al mal manejo y a la intervención de otro banco, etc. Los responsables han sido con frecuencia personas que gozaban de buena reputación, de las que se esperaba un comportamiento muy diferente. Los cómplices son en algún caso agentes financieros privados que aconsejaron a sus clientes comprar bonos o hacer otras inversiones que eran peligrosas y en alguna medida engañosas. También sirvieron de cómplices agentes financieros oficiales que expusieron al Estado a la posible pérdida de decenas de millones que dejaron depositados en un banco aunque se sabía que andaba mal, con el propósito de ayudar a amigos y socios políticos. Luego, para intentar cubrirse uno de ellos violó la Ley, irrespetando el estado de derecho, por lo cual mereció ser multado y debió anular lo que había hecho, desprestigiando la institución a su cargo. Igualmente son cómplices, por lo menos pasivos, entidades de regulación financiera que no actuaron a tiempo para prevenir los perjuicios. En un caso una de ellas se dejó torcer el brazo por representantes del "rgano Ejecutivo y suspendió la intervención que había iniciado, con lo cual permitió que aumentara el daño. Sus víctimas son cientos de ahorristas e inversionistas, varios bancos y, junto con ellos, la Bolsa de Valores que comenzaba a modernizar el mercado de capitales en Panamá, suscitando una incipiente democratización de la propiedad empresarial panameña que ahora se ve comprometida.
De todo esto no se ha discutido a fondo. Apenas se ha comenzado a investigar y aún no se ha condenado a nadie. Pero el daño al país es enorme, al proyectarse la imagen y comprobarse la realidad de una variante delictiva del capitalismo panameño.
El predominio de intereses mezquinos, la falta de transparencia y la corrupción que frecuentemente se le achacan a los políticos se encuentran aquí explayados en el ámbito económico. Pero en este ámbito no son objeto de prolija discusión pública, porque los medios compiten por un porcentaje lo más alto posible de los presupuestos de publicidad que manejan las personas involucradas. Por ello, quienes piensan que un empresario es necesariamente la solución de todos nuestros problemas deben caer en cuenta que hay diferentes tipos de empresarios y que, si se tratara de un empresario envuelto en la variante delictiva del capitalismo, sería tan negativo en un cargo de autoridad como el más cuestionable de los políticos. De hecho en función de legisladores o de ministros los empresarios no se han diferenciado como grupo del resto de sus colegas, aunque individualmente algunos pueden haber sobresalido.
La corrupción en política o en otros ámbitos cuenta con su flora y su fauna. Una pareja de personajes, el crédulo y el cínico, contribuyen a su crecimiento. Entendemos por crédulo a la persona que "cree con excesiva facilidad" y entendemos por cínico a la persona que, por lo contrario, "hace alarde de no creer en la rectitud ni en la sinceridad".
Pareciera difícil encontrar crédulos ingenuos en política, es decir gente que cree que los valores políticos se cumplen tal que se profesan. De hecho, con respecto a la política, los medios no sólo revelan aspectos turbios de la misma habitualmente encubiertos, sino que además cultivan una desconfianza generalizada a través de su selección de noticias, sus insinuaciones y a veces su cruda desinformación. Este papel de los medios milita contra este primer tipo de credulidad. Pero dicho papel favorece un segundo tipo de credulidad, que podemos llamar, aunque suene paradójico, credulidad desconfiada. En efecto, muchas personas creen que "todos los políticos son iguales, porque todos mienten y roban".
Quienes profesan este segundo tipo pretenden prevenir con su actitud contra los perjuicios que causan ciertos políticos. Se hace entonces imposible distinguir entre los políticos que propician la corrupción y los que actúan bien o, al menos, hacen lo éticamente neutral y, como mínimo, escogen lo menos malo. La credulidad ingenua resulta insostenible en la cultura crítica y suspicaz prevaleciente, mientras que la desconfiada se revela como muy difundida. Pero la misma resulta contraproducente para lograr el objetivo de la política, es decir el bien común, que exige como componente una conducta ética positiva y no una desconfianza indiscriminada.
En el polo opuesto del crédulo encontramos al cínico. Este personaje tiene un ilustre linaje, pues El Príncipe de Maquiavelo es uno de sus antecedentes. Lo esencial del maquiavelismo, consiste en distinguir e incluso separar la apariencia de la realidad, sobre todo a propósito de los valores éticos en política, de manera que la primera predomine sobre la segunda. "No es necesario, sin embargo," afirmaba Maquiavelo, "que un Príncipe posea todas las cualidades antes mencionadas, pero es esencial que por lo menos parezca poseerlas. Incluso me atrevería a decir que poseerlas y practicarlas constantemente es pernicioso, pero parecer poseerlas es útil." (El Príncipe, cap. XVIII). Para él, el objetivo de la política es, no la consecución del bien común, sino la obtención y la conservación del poder, para lo cual podría valer más una acción malvada que aparente ser virtuosa, que una acción virtuosa por sí sola.
El cínico se afinca en un mundo de hechos, intereses y cálculos y desde el plano de la "realpolitik" instrumentaliza valores, ideales y convicciones, pertenecientes al plano de la responsabilidad política en búsqueda del bien común. La dimensión del parecer, que forja la opinión pública, predomina para el cínico sobre la dimensión del deber ser que motiva la corresponsabilidad humana.
Por su talante, aunque el crédulo desconfiado piense que todos los políticos son delincuentes, su misma credulidad lo induce a hacer una excepción a favor de sí mismo y del dirigente o partido político que tiene sus simpatías. En otras palabras, la credulidad desconfiada se revela selectiva. Pero este crédulo por lo general no exige mucho en contrapartida de quien él favorece.
Por lo contrario, el cínico por su talante no está dispuesto a servirle leal y honradamente a ninguna autoridad, pero sí a sacarle provecho a todas. Es "gobiernero", pues busca integrarse a todo gobierno, sea el que fuere, y no sólo "gobiernista", es decir partidario de un gobierno específico. Es el oportunista por antonomasia. Pero además, su relación a todos los gobiernos se basa en el beneficio que él exige recibir a título de remuneración, prebendas o tráfico de influencias, preferiblemente como asesor de los poderosos de turno.
El crédulo y el cínico no siempre son corruptos ellos mismos. El crédulo desconfiado, en la medida en que supone que todos los políticos son sinvergüenzas salvo el mismo y su favorito, tiende a no ver la corrupción cuando él o éste incurren en ella y, cuando la comprueba en los demás no se escandaliza ni reacciona para contrarrestarla. Sin embargo, no la justifica, más bien la desaprueba sin combatirla. El cínico, por lo contrario, la considera normal e indispensable para el rejuego de adquirir y mantener el poder.
Quien tiene un cínico a su servicio revela su falta de previsión. El cínico termina usualmente por generar conflictos y suscitar crisis con su asesoramiento, puesto que no cree en las virtudes que establecen y mantienen la confianza mutua y el respeto recíproco entre los integrantes de una comunidad. Y cuando tiene que hacerle frente a las situaciones críticas que provoca, no descarta la posibilidad de traicionar a quien ha estado sirviendo, para salvar su pellejo. El cínico ejerce su cinismo también hacia quien lo emplea.
Aunque no sea necesariamente corrupto (caso raro porque usualmente termina racionalizando todo, las tergiversaciones, duplicidades, traiciones y demás falsedades, para satisfacer sus apetitos), el cínico es quien justifica la corrupción y propaga la mentalidad que suscita una cultura de la corrupción. Por eso el cínico ha de ser considerado como el principal responsable de la corrupción en una sociedad y el gran enemigo de la política concebida como actividad humana en búsqueda del bien común y como tal orientada por la ética. (ariyan@sinfo.net)

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