La cosa
Cosa tal vez sea la única palabra que en literatura está prohibida. Y lo está porque a cada cosa le corresponde un nombre. La literatura es, precisamente, el arte de ponerle nombres a las cosas. Pero hay cosas difíciles de nombrar. Por ejemplo, ese nudo que se siente en la boca del estómago a medida que la angustia gana forma ante un hecho injusto.
También hay cosas que veremos como Sancho, indescifrables y puntuales, al menos para la calenturienta claridad de la locura del genio del hombre de la Mancha. Cosas que parecieran imposibles de suceder porque hasta allá no llega la audacia malévola del pensamiento.
No hay cosa peor que la injusticia de los inocentes. Cuando las páginas de los diarios cubrían los sucesos del novelón amargo protagonizado en la selva colombiana y se auditaban las pingües ganancias entre los titiriteros que movían los hilos de Emmanuel o de Juan David o como quieran llamarle los modernos corifeos que pretenden construir una nueva sociedad manca.
No he leído que se haya hecho justicia a ese niño nacido en la manigua bajo el cielo húmedo de la impotencia. En un ámbito paradójico, donde todo nace y muere libremente menos el hijo del hombre. Maltrecho desde el alumbramiento. Carcomido por las pestes que acechan en cada rama de la jungla. Predestinado a ser el fruto de un amor prohibido tan legítimo y puro como el más esplendoroso de las revistas gayas.
Lo doloroso, lo trágico, ha sido la manipulación de ese niño cosa convertido en trofeo. Trofeo en una victoria pírrica. Porque él no está donde debe estar: con su madre. La madre no está donde debiera estar: con su hijo. Los guerrilleros, perdida la legitimidad de cualquier atisbo de humanidad, continuarán sembrando el dolor de la injusticia que dicen falsamente combatir. Los políticos, los de izquierda y de derecha, seguirán las encuestas de su rating de popularidad, mientras el niño cosa todavía se pregunta cuál ha sido su culpa.
Dónde o qué parte de mi cuerpo manco se ha degenerado de tal modo para que yo merezca este destino. Qué causa mía ha merecido semejante efecto. Cuál es la misteriosa mano que me somete y me castiga aún antes de ser lo que ha querido que yo sea: el hijo bastardo de los heraldos negros.
"Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma... ¡Yo no sé!... Y el hombre... ¡Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como /cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; / vuelve los ojos locos, y todo lo vivido / se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! (*)
* Párrafos tomados de Los Heraldos Negros. César Vallejos.