La cremación de tres millones de reses
En Europa entera, para el presente año, se tiene previsto incinerar al menos dos millones de cabezas de ganado, en desesperado esfuerzo por eliminar la peligrosa enfermedad susceptible de infectar a seres humanos mediante una inflamación del cerebro que provoca la muerte, sin que se conozca tratamiento médico efectivo alguno para contrarrestarla, ni vacuna para prevenirla.
El mal, que apareció contagiando por primera vez a seres humanos en Inglaterra hace unos tres años, se ha extendido desde entonces por todo el continente europeo casi sin excepción. Se sospecha que la causa que le dio origen fue la canibalización de carne de res de desecho procesada como alimento de ganado, como suele hacerse en varias naciones para la cría de aves.
La misma carne de desecho, incluyendo sesos, es usada para la preparación de embutidos varios, lo cual aumenta el riesgo de transmitir la enfermedad a humanos. De allí la reacción de rechazo de los consumidores, cuyos hábitos de consumo se desplazan hoy hacia mariscos y vegetales.
En América Latina, incluyendo a Panamá, la cría de ganado depende en gran medida del pasto y cuando no de granos. Ciertamente, se consumen partes de desecho en forma de embutidos y para la preparación de platos especiales, pero en modo alguno se usa para alimentar al propio ganado.
Desde hace mucho tiempo se sabe que la calidad de la carne depende del alimento que se use. Los japoneses, por ejemplo, amantes de un producto suave y jugoso, exigen que el ganado sea alimentado con granos, trigo y cebada específicamente. En Panamá, en cambio, se alimenta de pasto, muchas veces de mala calidad, lo que da por resultado una carne usualmente dura, seca y fibrosa, pero baja en grasas. Pero así y todo, libre de la terrible enfermedad.
Al margen de lo anterior, la mala fortuna de unos puede ser la dicha de otros. Y en ese sentido, el desastre europeo de las vacas locas, bien puede representar una oportunidad para que Panamá y América Latina en general exporten cortes especiales a ese continente, certificando verazmente su crianza y alimentación natural, y sin manipulaciones genética y hormonal. En tiempos actuales, lo natural se fortalece como valioso valor agregado exportable.
Mientras tanto, debemos tomar medidas para evitar que la enfermedad atraviese el océano hacia nuestros lares. Hay que controlar la importación de semen, embutidos y carne procedente de Europa hasta tanto se descarte que puedan servir como vehículo transmisor de la enfermedad.
El mal, que apareció contagiando por primera vez a seres humanos en Inglaterra hace unos tres años, se ha extendido desde entonces por todo el continente europeo casi sin excepción. Se sospecha que la causa que le dio origen fue la canibalización de carne de res de desecho procesada como alimento de ganado, como suele hacerse en varias naciones para la cría de aves.
La misma carne de desecho, incluyendo sesos, es usada para la preparación de embutidos varios, lo cual aumenta el riesgo de transmitir la enfermedad a humanos. De allí la reacción de rechazo de los consumidores, cuyos hábitos de consumo se desplazan hoy hacia mariscos y vegetales.
En América Latina, incluyendo a Panamá, la cría de ganado depende en gran medida del pasto y cuando no de granos. Ciertamente, se consumen partes de desecho en forma de embutidos y para la preparación de platos especiales, pero en modo alguno se usa para alimentar al propio ganado.
Desde hace mucho tiempo se sabe que la calidad de la carne depende del alimento que se use. Los japoneses, por ejemplo, amantes de un producto suave y jugoso, exigen que el ganado sea alimentado con granos, trigo y cebada específicamente. En Panamá, en cambio, se alimenta de pasto, muchas veces de mala calidad, lo que da por resultado una carne usualmente dura, seca y fibrosa, pero baja en grasas. Pero así y todo, libre de la terrible enfermedad.
Al margen de lo anterior, la mala fortuna de unos puede ser la dicha de otros. Y en ese sentido, el desastre europeo de las vacas locas, bien puede representar una oportunidad para que Panamá y América Latina en general exporten cortes especiales a ese continente, certificando verazmente su crianza y alimentación natural, y sin manipulaciones genética y hormonal. En tiempos actuales, lo natural se fortalece como valioso valor agregado exportable.
Mientras tanto, debemos tomar medidas para evitar que la enfermedad atraviese el océano hacia nuestros lares. Hay que controlar la importación de semen, embutidos y carne procedente de Europa hasta tanto se descarte que puedan servir como vehículo transmisor de la enfermedad.