La crisis contemporánea (II)
La carga de reflexiones, de pronósticos y de presagios, que día a día florecen después del 11 de septiembre, adquirió una nueva dimensión con el discurso pronunciado en Washington el 17 de octubre, por James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial ante la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa. La alocución de Wolfensohn no desentonó con las numerosas voces que en el mundo entero parecen coincidir en las inquietudes, en los temores y en el desasosiego.
A raíz del crimen contra la humanidad que significó el 11 de septiembre, señalé que las posibles respuestas al terrorismo internacional no deben pasar por alto la necesidad de una adecuada meditación antropológica y, por consecuencia, de una visión equilibrada y reflexiva sobre la realidad del mundo en que vivimos.
En esta línea de pensamiento, Wolfensohn sostiene en su discurso que “El que todavía creía que había una pared entre los dos mundos, seguro que ahora ya cree que simbólica y realmente esa pared se ha derrumbado.” A su juicio, esto implica un enorme cambio en términos de la interdependencia global y del rol del Banco Mundial y aún más, sobre la forma en que se piensa sobre el desarrollo. Pero Wolfensohn fue más osado. No pestañeó al declarar “la situación de disparidad en la distribución de la riqueza es la que está siendo desafiada desde las calles con las manifestaciones desde Seattle hasta Génova y también en los atentados terroristas del 11 de septiembre”. El diagnóstico del presidente del Banco Mundial es que “si no tendemos una mano a la gente viviendo en la pobreza y no creamos una mejor distribución de la riqueza, no habrá paz”.
No es la primera vez que el más alto responsable de una institución internacional expresa sus ideas respecto a las relaciones entre pobreza y violencia. Como también es cierto que esas relaciones no han empezado a existir recientemente. Tanto la historia antigua como la historia moderna ilustran sobre la existencia larvada de esa relación.
En nuestro tiempo, en muchos países desarrollados hay grandes ciudades que cuentan con barrios en los cuales los agentes del orden no se aventuran a patrullar; no se deciden a entrar porque en esos barrios el desempleo, el hambre, la drogadicción y la delincuencia son el fermento de una violencia que hace erupción a cualquier hora del día o de la noche. En esos barrios, la precariedad del imperio de la ley, uno de los pilares de la civilización occidental, es tan real como lo era en los tiempos de “la corte de los milagros”, nombre con el que se conocía aquellas calles y callejones de París que estaban atestadas por vagabundos, delincuentes y asesinos en los tiempos que precedieron a la revolución francesa y en los que el precio del pan era prohibitivo para buena parte de la población de París.
Lo que Wolfensohn ha dicho conduce a confirmar que no es acertado pensar que hay pobrezas localizadas que originan violencias localizadas. En virtud de la globalización, la pobreza ya no puede tratarse como un fenómeno localizado solamente en el llamado “tercer mundo”.“La pobreza en un lugar es pobreza en todos lados” al decir de Wolfensohn, y parece evidente que esta afirmación vale tanto para las relaciones entre los países como para las relaciones dentro de cada país.
En Panamá, “Bruklincito” no está lejos de “El Cangrejo” y “Boca la Caja” de Punta Paitilla. Pero no se trata de cercanías o de lejanías físicas. Lo que está sobre el tapete es que la pobreza y la riqueza tienen, cada día más, una interrelación que puede incluir la violencia y que esta interrelación es dinámica y trashumante.
Creo que es importante señalar que los autores de los inhumanos ataques terroristas del 11 de septiembre no tienen derecho a ser considerados como los representantes o los voceros de los pobres del mundo. Creo que también es importante señalar que no es justo atribuir a los opulentos toda la miseria del mundo. La militancia a favor de los pobres no debe ser el disfraz de fines electoreros ni de posiciones demagógicas. La militancia a favor de los pobres debe ser una actitud que, aunque para muchos esté dictada, por el instinto de supervivencia, también sea consciente de que las consecuencias sociales de la globalización pueden afectarnos a todos y no solamente a los pobres. Que la globalización tiene aspectos temibles que parecieran programar por adelantado el incremento de más pobres en el mundo. Pero esa misma programación también puede contener -como un virus-, el aumento en proporciones incontrolables de tensiones y conflictos que en un abrir y cerrar de ojos pueden adoptar las peores formas de la violencia, de la ruina, de la desolación.
No hay ninguna razón para creer que James Wolfensohn, al hacer sus declaraciones, haya creído que estaba descubriendo lo evidente. Creo que Wolfensohn, asumiendo sus responsabilidades de dirigente mundial, está señalando que la humanidad está compelida a encontrar nuevas fórmulas de convivencia, en las cuales la preocupación de compartir corra pareja con la preocupación legítima del bienestar individual, familiar, nacional, regional y mundial.
Sobre el tema, es pertinente resaltar la opinión del profesor de Columbia, Joseph Stiglitz, Premio Nóbel de Economía 2001, quien el 19 de octubre hizo hincapié en que la economía norteamericana ha pasado de la desaceleración a una abierta recesión. “Los estadounidenses -dice Stiglitz- están reconsiderando la sabiduría de su enfoque unilateral en materia de política exterior.”
En su análisis sobre el 11 de septiembre Stiglitz, quien fue economista en jefe del Banco Mundial, aduce que en EE.UU. hay hoy un sentimiento más fuerte de comunidad, un mayor sentido de cohesión social de lo que había habido en años, tal vez décadas. Ello hace que se esté reconsiderando el papel del Gobierno, algo que debía haberse hecho hace mucho tiempo. Al destacar el orgullo por el desempeño de los bomberos y policías y el reconocimiento por su heroísmo y su disposición para el sacrificio, agregó, refiriéndose a los Estados Unidos, que “hay el sentimiento creciente de que quizás nos hemos equivocado al poner demasiado énfasis en los intereses materiales egoístas y demasiado poco en los compartidos”.
Quienes hayan leído mis comentarios titulados: “El 11 de septiembre”, “La organización mundial frente al terrorismo internacional” y “La crisis contemporánea”, publicados en El Panamá América el 17 de septiembre, el 1" y el 22 de octubre de 2001, respectivamente, encontrarán una clara coincidencia entre algunos de mis conceptos y los expresados por Mijail Gorbachov, quien el 22 de octubre aseveró “Que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debería encargarse de tomar la iniciativa en la lucha contra el terrorismo y en la resolución de otros problemas de orden mundial. Los principales asuntos considerados por Naciones Unidas -dijo Gobachov- afectan a la seguridad del género humano en su totalidad. De modo que, es hora, por tanto, de dejar de injuriar a las Naciones Unidas y de continuar adelante en el proceso de adaptación de las instituciones a su nuevo cometido.” Quizás estos conceptos de Gorbachov contribuyan a orientar positivamente las críticas que en muy buen y coherente español, le hiciera un joven analista panameño a mi artículo sobre “La organización mundial frente al terrorismo internacional.”
Compartimos la exhortación del Presidente del Banco Mundial a comprender los valores de otras culturas; su aseveración de que en Occidente “tenemos mucho que aprender” de los valores en ¡frica; que “los valores del Islam son muy apreciados”. No hay alternativa. “Para los que crecieron en Occidente, significa que tienen que comprender que no están solamente viviendo en una cultura occidental, sino en una cultura global.”
A raíz del crimen contra la humanidad que significó el 11 de septiembre, señalé que las posibles respuestas al terrorismo internacional no deben pasar por alto la necesidad de una adecuada meditación antropológica y, por consecuencia, de una visión equilibrada y reflexiva sobre la realidad del mundo en que vivimos.
En esta línea de pensamiento, Wolfensohn sostiene en su discurso que “El que todavía creía que había una pared entre los dos mundos, seguro que ahora ya cree que simbólica y realmente esa pared se ha derrumbado.” A su juicio, esto implica un enorme cambio en términos de la interdependencia global y del rol del Banco Mundial y aún más, sobre la forma en que se piensa sobre el desarrollo. Pero Wolfensohn fue más osado. No pestañeó al declarar “la situación de disparidad en la distribución de la riqueza es la que está siendo desafiada desde las calles con las manifestaciones desde Seattle hasta Génova y también en los atentados terroristas del 11 de septiembre”. El diagnóstico del presidente del Banco Mundial es que “si no tendemos una mano a la gente viviendo en la pobreza y no creamos una mejor distribución de la riqueza, no habrá paz”.
No es la primera vez que el más alto responsable de una institución internacional expresa sus ideas respecto a las relaciones entre pobreza y violencia. Como también es cierto que esas relaciones no han empezado a existir recientemente. Tanto la historia antigua como la historia moderna ilustran sobre la existencia larvada de esa relación.
En nuestro tiempo, en muchos países desarrollados hay grandes ciudades que cuentan con barrios en los cuales los agentes del orden no se aventuran a patrullar; no se deciden a entrar porque en esos barrios el desempleo, el hambre, la drogadicción y la delincuencia son el fermento de una violencia que hace erupción a cualquier hora del día o de la noche. En esos barrios, la precariedad del imperio de la ley, uno de los pilares de la civilización occidental, es tan real como lo era en los tiempos de “la corte de los milagros”, nombre con el que se conocía aquellas calles y callejones de París que estaban atestadas por vagabundos, delincuentes y asesinos en los tiempos que precedieron a la revolución francesa y en los que el precio del pan era prohibitivo para buena parte de la población de París.
Lo que Wolfensohn ha dicho conduce a confirmar que no es acertado pensar que hay pobrezas localizadas que originan violencias localizadas. En virtud de la globalización, la pobreza ya no puede tratarse como un fenómeno localizado solamente en el llamado “tercer mundo”.“La pobreza en un lugar es pobreza en todos lados” al decir de Wolfensohn, y parece evidente que esta afirmación vale tanto para las relaciones entre los países como para las relaciones dentro de cada país.
En Panamá, “Bruklincito” no está lejos de “El Cangrejo” y “Boca la Caja” de Punta Paitilla. Pero no se trata de cercanías o de lejanías físicas. Lo que está sobre el tapete es que la pobreza y la riqueza tienen, cada día más, una interrelación que puede incluir la violencia y que esta interrelación es dinámica y trashumante.
Creo que es importante señalar que los autores de los inhumanos ataques terroristas del 11 de septiembre no tienen derecho a ser considerados como los representantes o los voceros de los pobres del mundo. Creo que también es importante señalar que no es justo atribuir a los opulentos toda la miseria del mundo. La militancia a favor de los pobres no debe ser el disfraz de fines electoreros ni de posiciones demagógicas. La militancia a favor de los pobres debe ser una actitud que, aunque para muchos esté dictada, por el instinto de supervivencia, también sea consciente de que las consecuencias sociales de la globalización pueden afectarnos a todos y no solamente a los pobres. Que la globalización tiene aspectos temibles que parecieran programar por adelantado el incremento de más pobres en el mundo. Pero esa misma programación también puede contener -como un virus-, el aumento en proporciones incontrolables de tensiones y conflictos que en un abrir y cerrar de ojos pueden adoptar las peores formas de la violencia, de la ruina, de la desolación.
No hay ninguna razón para creer que James Wolfensohn, al hacer sus declaraciones, haya creído que estaba descubriendo lo evidente. Creo que Wolfensohn, asumiendo sus responsabilidades de dirigente mundial, está señalando que la humanidad está compelida a encontrar nuevas fórmulas de convivencia, en las cuales la preocupación de compartir corra pareja con la preocupación legítima del bienestar individual, familiar, nacional, regional y mundial.
Sobre el tema, es pertinente resaltar la opinión del profesor de Columbia, Joseph Stiglitz, Premio Nóbel de Economía 2001, quien el 19 de octubre hizo hincapié en que la economía norteamericana ha pasado de la desaceleración a una abierta recesión. “Los estadounidenses -dice Stiglitz- están reconsiderando la sabiduría de su enfoque unilateral en materia de política exterior.”
En su análisis sobre el 11 de septiembre Stiglitz, quien fue economista en jefe del Banco Mundial, aduce que en EE.UU. hay hoy un sentimiento más fuerte de comunidad, un mayor sentido de cohesión social de lo que había habido en años, tal vez décadas. Ello hace que se esté reconsiderando el papel del Gobierno, algo que debía haberse hecho hace mucho tiempo. Al destacar el orgullo por el desempeño de los bomberos y policías y el reconocimiento por su heroísmo y su disposición para el sacrificio, agregó, refiriéndose a los Estados Unidos, que “hay el sentimiento creciente de que quizás nos hemos equivocado al poner demasiado énfasis en los intereses materiales egoístas y demasiado poco en los compartidos”.
Quienes hayan leído mis comentarios titulados: “El 11 de septiembre”, “La organización mundial frente al terrorismo internacional” y “La crisis contemporánea”, publicados en El Panamá América el 17 de septiembre, el 1" y el 22 de octubre de 2001, respectivamente, encontrarán una clara coincidencia entre algunos de mis conceptos y los expresados por Mijail Gorbachov, quien el 22 de octubre aseveró “Que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debería encargarse de tomar la iniciativa en la lucha contra el terrorismo y en la resolución de otros problemas de orden mundial. Los principales asuntos considerados por Naciones Unidas -dijo Gobachov- afectan a la seguridad del género humano en su totalidad. De modo que, es hora, por tanto, de dejar de injuriar a las Naciones Unidas y de continuar adelante en el proceso de adaptación de las instituciones a su nuevo cometido.” Quizás estos conceptos de Gorbachov contribuyan a orientar positivamente las críticas que en muy buen y coherente español, le hiciera un joven analista panameño a mi artículo sobre “La organización mundial frente al terrorismo internacional.”
Compartimos la exhortación del Presidente del Banco Mundial a comprender los valores de otras culturas; su aseveración de que en Occidente “tenemos mucho que aprender” de los valores en ¡frica; que “los valores del Islam son muy apreciados”. No hay alternativa. “Para los que crecieron en Occidente, significa que tienen que comprender que no están solamente viviendo en una cultura occidental, sino en una cultura global.”