La crisis del Partido Arnulfista
Pasado el certamen de "Miss Universo 2003", con los resultados conocidos por todos los panameños, el tiempo sigue sin solución para la crisis política y económica. A media que pasa el tiempo, los ánimos vibran más enconados y las pasiones se enardecen. Buena prueba de ello, la nota que vienen dando a los medios de comunicación (prensa, radio y televisión) los precandidatos a la Presidencia de la República del Partido Arnulfista y la declaración de algunos convencionales frente a los ensayos de solución que realiza, sin éxito alguno, la dirigencia de dicho colectivo. El ambiente es hoy más duro que hace algunos meses; hasta el aire parece haberse tornado más agresivo.
Ayer todo fue cabildeos y reuniones misteriosas; el embrollo político alcanzó proporciones inverosímiles. Sobre la escena de la más vieja farsa han aparecido nuevos personajes. El desarrollo de la crisis interna del Partido Arnulfista (motivada por la próxima elección de su candidato a la Presidencia) adquiere, por lo tanto, un aire de capricho e intervención personal que hiende lo mejor del sistema democrático. Entre ex ministros, legisladores y directivos anda el juego; mientras tanto, Panamá avizora el horizonte político, arisca y celosa. No se juzga útil escuchar su voz, y por eso hace bien en guardarla para cuando sea llegada la hora y hacerla oír con impacto (2 de mayo de 2004).
La costumbre, el viejo hábito de jugar con todo género de políticos, hace creer a los privados que cualquier hombre público es susceptible de las mismas cabriolas. Y acaso se equivocan lamentablemente.
Pero la crisis de los arnulfistas, en verdad, es crisis de cámara, crisis doméstica y secreta, crisis de salón o de camarín; ésta es todo menos una crisis moderna, democrática y nacional.
Vea el elector, el ciudadano y ciudadana a qué punto de relajación política hemos llegado, que en pleno siglo XXI, después de una enorme lucha por la libertad y la democracia se resuelven las crisis políticas de Panamá (sobre todo a lo interno del Partido Arnulfista) como podría dirimir un señor feudal las querellas de sus criados; ¡oh inefable panameñismo de quien dirige el Partido Arnulfista!
Presione, amenazas personales, coacciones de todo género, secretos ofrecimientos y misteriosas venganzas... he ahí el saldo que arroja la jornada del Partido Arnulfista en el poder, que ha sido más que ninguna otra la de los favoritos, la de las clases familiares, la de fomentar escandalosamente el nepotismo, la corrupción, la mediocridad, el culto a la personalidad y el servilismo abyecto. Muchas veces liberales -otrora adversas el arnulfismo - ahora sumisas en torno al poder que lidera absolutamente la presidenta Moscoso.
Y ciertamente, no es que la presencia de liberales en el desgobierno arnulfista sea un grave atentado contra la Constitución, y acaso ni siquiera sea una culpa venial. Pero al lado de la Constitución, y cuando se trata del poder, hay otros principios, otras altísimas normas que no es lícito olvidar. Si es grave que el poder falte a la Constitución, es mucho más doloroso y trascendental -nos lo dicen la ética y la moral- que el poder falte a la panameñidad, vale decir, al compromiso con Panamá y los panameños. Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!
Ayer todo fue cabildeos y reuniones misteriosas; el embrollo político alcanzó proporciones inverosímiles. Sobre la escena de la más vieja farsa han aparecido nuevos personajes. El desarrollo de la crisis interna del Partido Arnulfista (motivada por la próxima elección de su candidato a la Presidencia) adquiere, por lo tanto, un aire de capricho e intervención personal que hiende lo mejor del sistema democrático. Entre ex ministros, legisladores y directivos anda el juego; mientras tanto, Panamá avizora el horizonte político, arisca y celosa. No se juzga útil escuchar su voz, y por eso hace bien en guardarla para cuando sea llegada la hora y hacerla oír con impacto (2 de mayo de 2004).
La costumbre, el viejo hábito de jugar con todo género de políticos, hace creer a los privados que cualquier hombre público es susceptible de las mismas cabriolas. Y acaso se equivocan lamentablemente.
Pero la crisis de los arnulfistas, en verdad, es crisis de cámara, crisis doméstica y secreta, crisis de salón o de camarín; ésta es todo menos una crisis moderna, democrática y nacional.
Vea el elector, el ciudadano y ciudadana a qué punto de relajación política hemos llegado, que en pleno siglo XXI, después de una enorme lucha por la libertad y la democracia se resuelven las crisis políticas de Panamá (sobre todo a lo interno del Partido Arnulfista) como podría dirimir un señor feudal las querellas de sus criados; ¡oh inefable panameñismo de quien dirige el Partido Arnulfista!
Presione, amenazas personales, coacciones de todo género, secretos ofrecimientos y misteriosas venganzas... he ahí el saldo que arroja la jornada del Partido Arnulfista en el poder, que ha sido más que ninguna otra la de los favoritos, la de las clases familiares, la de fomentar escandalosamente el nepotismo, la corrupción, la mediocridad, el culto a la personalidad y el servilismo abyecto. Muchas veces liberales -otrora adversas el arnulfismo - ahora sumisas en torno al poder que lidera absolutamente la presidenta Moscoso.
Y ciertamente, no es que la presencia de liberales en el desgobierno arnulfista sea un grave atentado contra la Constitución, y acaso ni siquiera sea una culpa venial. Pero al lado de la Constitución, y cuando se trata del poder, hay otros principios, otras altísimas normas que no es lícito olvidar. Si es grave que el poder falte a la Constitución, es mucho más doloroso y trascendental -nos lo dicen la ética y la moral- que el poder falte a la panameñidad, vale decir, al compromiso con Panamá y los panameños. Presidenta Moscoso: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!