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La crisis total de Panamá


NOSOTROS hemos venido señalando, durante los cinco últimos años, desde cuando el diario Panamá América tuvo la benevolencia de solicitar nuestra colaboración, sin exigirnos nada más que ésta; como propietario consciente que es este periódico. En tal lapso, ha sido una de nuestras preocupaciones el advertir cómo estamos padeciendo, al menos desde hace unos veinte años, la mayor agudización de las circunstancias enormemente críticas que sufre el país, en general.
Como por azar nuestra vida se ubicó en los últimos ochenta años del siglo XX, hemos tenido el papel de testigo atento y constante de los rumbos nacionales, como Nación y como Estado.
No he creído que hacíamos bien pasando por alto la forma escabrosa en que Panamá, nuestro lugar de nacimiento y de vida, se ha hundido cada vez más y más, en la más alarmante de la época recorridas por nuestro pueblo, en una situación crítica abismal, que no ha cesado en ningún instante, sino que cada día vino siendo más terrible y escandalosa, porque ya hemos alcanzado la condición máxima en el cenagal de podredumbres (empleamos la palabra "cenegal", pues aunque no está en el diccionario, nos parece que debió estar desde hace tiempo) que ha sido nuestra República, por obra y gracia de su propia e infinita degradación.
Nosotros creemos que cuando uno o más ciudadanos, sean pocos o muchos, se percatan de circunstancias sociales abrumadoras a que desciende un país, sean pocos o muchos, deberían formar una legión (sea pequeña en un comienzo, pero creemos que puede llegar a muy numerosa) de personas conocedoras de los más importantes ángulos de la problemática nacional, para elaborar en esa legión el señalamiento de los males colectivos que se sufren y orientar al resto de ciudadanos, que creemos no quieren ni pueden vivir en un país condenado a una cruz de miserias morales y de hambres materiales.
Lo hemos venido previniendo desde hace años, y no nos rendimos ante el sepulcral silencio de toda idea de rectificación que pudiera surgir, como algo verdadero, y que todavía no comienza siquiera a estructurarse en la Patria de Justo Arosemena, de Victoriano Lorenzo y de Clara González, y que no rompe su cáscara férrea de degradación de todo orden, social, económico y cultural.
Veamos el ejemplo que hoy constituye la reivindicación del Canal y su zona circundante, porque ha sido la más extraordinaria posibilidad de elevarnos como un país regenerado de todo el fracaso que hemos venido sufriendo. Ese gran capital, de vía interoceánica, que nadie tuvo ni la tiene en el mundo de ayer o de hoy, no ha pasado de ser más que ocasión de entregar todos esos bienes y la perspectiva de riqueza que nos prometía con un valor calculado de 65 mil millones de balboas, al capital internacional, que se lleva la nata (la riqueza) y nos deja la miseria, el bagazo de la explotación instalada en nuestro suelo, con nuestro propio consentimiento y en virtud de contratos bunovarillescos, de cuarenta años prorrogables sucesivamente, a discreción del explotador.
Y para colmo de tragedia nacional, hoy se quiere continuar con tal estado de cosas, tratando de llevar a nuestro pueblo a un referéndum improvisado, sin las explicaciones lógicas indispensables, como si fuéramos un hato total de carneros de panurgo, y que en otras épocas de la historia humana, no pasaría de ser más que carne de cañón. El referéndum es inconstitucional, porque ya ha comenzado a reglamentarlo un Tribunal Electoral que sólo tiene el derecho de reglamentar "el referéndum relativo al tratado o convenio sobre el Canal" (artículo 327 del Código Electoral). Un referéndum que es inconstitucional, porque la reforma última de la Carta Magna le confirió absurda y antijurídicamente a la Autoridad de Canal de Panamá el derecho de "presentar cualquier propuesta de construcción de un tercer juego de esclusas", (artículo 325, inciso 3º de la Constitución), norma que es contraria al artículo 315 de la misma Constitución, para el cual "El Canal de Panamá constituye patrimonio inalienable de la Nación panameña", siendo que la Nación, la República, el Estado panameño, es el propietario del Canal y sólo él puede presentar al pueblo la propuesta de construcción de nuevas esclusas y no la Autoridad del Canal, que es una simple entidad autónoma del Estado, como cualquier otra, tal como es la Universidad de Panamá, etc., y no es esa Autoridad la propietaria del Canal.
Abramos los ojos, panameños.

101 años de Panamá América

 
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