La cuestión palestina
"La novia es hermosa, pero está casada con otro". Respuesta telegrafiada de los emisarios judíos desde Palestina, circa 1897.
Más allá de si el estado judío es o no un invento del movimiento sionista (Shlomo Sand), la realidad es que Israel existe por mandato de la ONU (1948), y así es reconocido por la mayoría de los países. Los palestinos y los judíos, hasta entonces, habían convivido aceptablemente compartiendo los frutos de la tierra y respetando sus creencias, celebradas en la capital religiosa de Jerusalén.
Israel es una contradictoria "democracia" teísta protegida por Occidente y en especial por los Estados Unidos. Sin su apoyo económico, político y militar, la existencia de Israel sería una entelequia similar a lo que hoy es Palestina: un aislado enclave islámico repartido dentro del territorio palestino-israelí con un endeble gobierno mediatizado por políticos israelíes, de Estados Unidos y de Gran Bretaña, cuya responsabilidad histórica es una pesada herencia imperial.
Los acontecimientos desde la colonización judía de Palestina, decidida por los sionistas rusos y centroeuropeos, han sido una larga sucesión de violencia justificada con argumentos de igual peso por ambos lados. De tal modo que se hace imposible obtener una paz razonable y duradera y más difícil aún sería volver a la convivencia original. Lo cierto es que en la evolución del mapa palestino vemos con notoria evidencia el estrangulamiento sufrido por ese pueblo en un grado de dispersión tal que hace imposible su subsistencia como nación independiente y democrática, según los vanos deseos esgrimidos con desfachatada ironía, por los países interesados en sostener el conflicto.
Si las Naciones Unidas carecen de poder disuasorio para detener la violencia actual y de solucionar un diferendo de más de medio siglo, entonces ese organismo tal como está estructurado, con un Consejo de Seguridad maniatado por el poder del veto de un puñado de naciones cuya legitimidad se basa en el poderío nuclear, ese organismo no tiene razón de ser. Sería menos cínico y tal vez más efectivo que el G7 tomara cartas en el asunto.
Creo que sería un gran paso para el futuro presidente de Estados Unidos si el establishment le permitiera refundar un nuevo organismo internacional verdaderamente democrático y eficaz que resuelva y diluya, al menos por un período lo suficientemente prolongado, los odios y temores de dos pueblos que comparten los mismos derechos humanos y el mismo origen lingüístico, religioso, geográfico y cultural.
La cuestión Palestina no podrá resolverse si Estados Unidos desecha las razones morales, históricas y de justicia internacional que legitiman el derecho del pueblo palestino a existir soberana y libremente en un territorio delimitado bajo un mandato universal que en sesenta años no ha podido materializarse.
Una cosa es cierta y que aún no han comprendido los grupos más radicales: si el nivel de violencia actual persiste, se borrará a Palestina del mapa como Roma hizo con Cartago. Tal vez sea ese el fin oculto que los extremistas persiguen.
(*)Profesor de la U. de Tel Aviv. Matai ve’ech humtza ha’am hayehudi?