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La cultura de la violencia


Una rápida y superfial observación del estado en que se encuentra la sociedad humana contemporánea, nos llevará a la evidente conclusión de que, por doquier, estamos enfrentados a una marea ascendente de violencia y de victimización. Esta etapa tal vez se recuerde -en la futura historia de la humanidad- como la "Era de la violencia". Paso a paso, lenta pero seguramente, en forma casi imperceptible, hemos cruzado todas las barreras y hemos descendido a un nuevo reino del terror (el ataque terrorista más cruel y criminal contra la civilización, efectuado en Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001, constituye el más grande desafío a la libertad y la democracia).
Como habitualmente vivimos absorbidos por el presente, con sus urgentes e intransferibles problemas, nuestra perspectiva histórica es estrecha y limitada. Sin embargo, la violencia siempre acompañó al hombre, sea en sus relaciones interpersonales, como en las intra e internacionales. La criminalidad, las revoluciones, las persecuciones políticas, las guerras, son apenas algunos ejemplos para probar que la violencia -con su secuela de víctimas- ha sido y es uno de los denominadores comunes de nuestro diario acontecer. Después de todo, la milenaria expresión latina "Homo homini lupus" (el hombre es el lobo del hombre), infligiendo increíbles sufrimientos a sus congéneres (especialmente cuando la presunta víctima es débil, incapaz de una autodefenza efectiva o de retribuir en la misma forma), no se ha acuñado en el vacío...
La evocación de unos pocos hechos históricos será suficiente para demostrar que la violencia es una característica humana permanente. Sin necesidad de recurrir al bíblico fraticidio de Abel por Caín (más rico en simbolismo mitológico que en documentación histórica), bástenos mencionar las interminables guerras entre las ciudades-estados y los primeros imperios de la antigüedad, con la matanza sistemática de todos los prisioneros. Asimismo, queda registrado que la delincuencia juvenil es uno de los problemas más graves de la hora actual.
Durante el refinado siglo XX, baste recordar la sádica y demoníaca "elegancia" con que fue organizada por la Alemania nazi la tortura cruel y la degradación sistemática antes de la destrucción final de millones de víctimas inocentes, en uno de los más horribles holocaustos que registra la historia del hombre. No olvidemos tampoco los "experimentos" atómicos de Hiroshima y Nagasaki, que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial.
El Continente Americano, igualmente, desde tiempos inmemorables, ha padecido los efectos de la violencia. Desde las épocas precolombinas, la de las conquistas y de la Emancipación; en la era moderna, la violencia revolucionarias, justiciera y autoapologísticas; la actitud arrogante y sin límites de élites ultraconservadoras, retrógadas y sin escrúpulos; y la actual, infrahumana y humillante, de la pobreza y la extrema pobreza, la desigualdad, el futuro incierto.
Pero, si en la actualidad tenemos la impresión que la situación es más grave que nunca, es muy posible que ella se deba a la moderna tecnología, que nos ha proporcionado, por una parte, nuevos medios de destrucción desconocidos por generaciones anteriores (como la bomba atómica para destrucciónes masivas y la "bazooka", la bomba plástica, la ametralladora portátil y tantos otros métodos más "individuales" para satisfacer propósitos homicidas), y por la otra, lo sistemas ultramodernos de comunicación masiva (televisión, radio, prensa, etc.), que permiten de inmediato conocimiento de los actos de violencia y devastación en cualquier lugar del planeta en que ocurran (ejemplo más reciente, el ataque terrorista a Nueva York y Washington 11/9/2001).
Además, durante las últimas décadas, lo que se da en llamar "terrorismo político" -que con frecuencia no es más que una sucesión de actos ilícitos con fines de lucro personal o de grupo- desempeña un rol importante en el noticiero diario. El uso y el abuso de las armas de fuego y de las bombas; el secuestro de aviones y de personas; la exigencia de exorbitantes sumas de dinero como rescate, y otra serie larga de manifestaciones de brutal violencia y sádica crueldad, se han transformado en hechos habituales del diario vivir.
Por otra parte, el terrorismo crea su propia dinámica y la indiscriminada masacre de gente inofensiva pierde su terrible significado, para transformarse en una simple y rutinaria operación estadística. Sin embargo, es de elemental importancia no olvidar que la muerte intencional de un ser humano no puede ser manoseada como argumento en un debate doctrinal o político, por que es y ha sido siempre considerada como homicidio.
Nuestra breve exposición sobre el tema de la violencia, a la luz de los últimos hechos que se han dado por los ataques terroristas, pudiera parecer un tanto pesimista a más de algún lector, pero la verdad es que, siendo optimistas en cuanto al futuro de la humanidad, hemos tratado de abordar el tema que nos ocupa con el realismo necesario. Toca, pues, a las autoridades nacionales e internacionales, a las instituciones sociales (el hogar, la escuela, ministerios, instituciones no gubernamentales, asociaciones juveniles, etc.) planificar y ejecutar programas especiales que coadyuven al mejor desarrollo de los planes generales de gobierno en materia de salud, educación, vivienda, trabajo, democracia, recreación y ética. Además, mejorar los servicios de seguridad nacional.
Panamá, particularmente, tiene que fomentar su lucha dirigida a mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos en todos los aspectos. Este es el reto que nos plantea el nuevo milenio.

101 años de Panamá América

 
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