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La cultura patrimonialista


La cultura política y del poder heredada por una práctica histórica dan lugar a la vigencia de la cultura patrimonialista, a través de la cual se concibe y maneja la política como una extensión del espacio privado. La política es privatizada, pues no hay separación entre espacio público y privado. Deja de ser un espacio público colectivo para transformarse en un escenario para la satisfacción de intereses privados. El poder se percibe como medio para satisfacer intereses privados, hasta el punto que se hace tan ordinario que los propios colectivos políticos no lo cuestionan, en la medida en que son poco modernos y débilmente institucionalizados.
Como afirma Jorge Lazarte, lo anterior se complementa con la concepción monista del interés general, que presupone el monopolio partidista y excluyente del interés general ya existente, del cual los partidos son los únicos herederos. Se basa una visión autoritaria del poder, y de control de todos los mecanismos de poder. A esto se opone la concepción pluralista del interés general como proceso de aproximaciones sucesivas, negociaciones, búsquedas y soluciones de compromiso entre varios actores.
De todo esto se derivan estos rasgos: El clientelismo: El elector vota por la representación, transfiriéndole su capacidad de decisión muchas veces sin condición alguna. Es el dar todo por nada. Con el voto pareciera entonces el inicio, y paradójicamente el fin, de la relación entre elector y elegido. En cierta forma el elegido suplanta al elector en la capacidad de proyectar el poder transferido. Para lograr la suplantación, el elegido usa mecanismos legítimos del sistema, como también otros -el clientelismo- consagrados por la práctica política real, donde el gamonal maneja la relación con los electores como una red de relaciones de complicidad y como mercado de favores, que se registran en la contabilidad clientelista y donde pesan también las redes de parentesco, compadrazgo, laborales y de clientela. Los favores hechos por el gamonal ya no se devuelven siempre, gracias al voto secreto, y también por el hecho de que el voto de lealtad producto de la costumbre y tradición, y el voto de conveniencia limitado por la capacidad de Estado, va siendo reemplazado lentamente por un voto con menos ataduras. A la población se le trata como masa de consumidores políticos donde las artes y técnicas de la publicidad hacen su agosto.
Las formas tradicionales de hacer política del sistema trabajan cada vez la complicidad consciente o inconsciente de la gente, y sabe descubrir muchas veces los resortes pragmáticos que lo mueven a operar políticamente de una determinada manera.
Prebendalismo: Es la expresión administrativa de la concepción patrimonial, y es dar cargos y puestos como prebendas o beneficios personales de los favorecidos a cambio del apoyo. Se ofrecen apoyos a líderes de grupo que, a su vez, hacen lo mismo con sus bases formando una cadena vertical de ocupación de puestos públicos. Esto es un mecanismo de adhesión al partido, en función de un puesto prometido. Los beneficiarios reclaman su pago, y dado que siempre hay más promesas que realidades, protestan y migran a otros partidos en función que son vistos como agencias de empleo y de ayuda económica. Esto permite comprender que el 67% de la población los perciba así, según reciente encuesta.
Personalismos: Se trata del peso desmesurado del liderazgo personal en perjuicio de lo institucional, produciendo organizaciones políticas más identificables por sus líderes que por su fortaleza institucional. El líder llega a pesar más que el partido. Esto puede derivar en el caudillismo, donde el liderazgo es tan fuerte que el caudillo no sólo fija las reglas, sino que es el dueño del partido.
Todo esto genera redes y facciones clientelares como agrupamientos circunstanciales nucleadas en tono al caudillo que se coloca al frente de verdaderas clientelas de poder, que negocian espacios políticos a través de donaciones o influencias buscando controlar el Estado en función de sus beneficios particulares. El personalismo usa tanto el verticalismo, concentración de decisiones hacia arriba que marginaliza a los de abajo, como el centralismo que marginaliza a los sectores o áreas periféricas de las decisiones.
El patrimonialismo y sus secuelas están extendidos en otras instituciones, organizaciones sociales y populares donde se presentan elementos de la práctica antes mencionadas como la relación asimétrica entre dirigentes y bases, la existencia de métodos y estilos de conducción centrados en el personalismo, la poca participación, la manipulación discursiva.
Algunas consecuencias de esta cultura patrimonialista: La democracia deja de representar un espacio pluralista e incluyente y se convierte en un puro mecanismo de mercado en sentido más peyorativo. La gente desvaloriza la democracia ubicándola como un sistema sólo al servicio de grandes intereses, al ubicar a los partidos como grupos de conveniencia y la política como el método inescrupuloso de acceder al poder. Todo esto hace más difícil el camino hacia la necesaria institucionalización de las organizaciones políticas y sociales, a través de la construcción de una esfera pública y otra privada, sin la cual la democracia no puede funcionar ni los partidos ser mediadores legítimos de las aspiraciones de la gente y sus genuinos representantes y voceros. La corrupción sienta más fácilmente sus reales en el corazón de la cultura patrimonialista.
(raulleisr@hotmail.com)

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