La democracia en la encrucijada
DESDE QUE SE inventó el sistema, la democracia vive y reina en crisis. La nuestra no está a salvo, más aún, se ha llegado a un punto culminante de descrédito en los políticos y en las instituciones donde el acoso a la vieja dama griega ha pasado a ser el primer deporte nacional.
Así, hoy vemos arder las bardas de países vecinos, donde las llamas parecen consumir la paciencia y el buen juicio de los pueblos. Hastiados de votos mal contados por las máquinas tragavotos, en lugar de donarle el pellejo al caudillo, por patacones y ron, han decidido pagarle al sistema con su misma moneda: votar al que mejor termine de pudrirlo. Ya han salido a relucir entre nosotros algunas voces previniendo el contagio de tal espanto. Incluso quienes usufructúan del sistema se preguntan si estamos maduros para una social democracia. Pero, ¿sabrá alguien que no haya ido de turista a los países escandinavos qué es y cómo se construye una socialdemocracia? Si a Gran Bretaña le costó sangre, sudor y lágrimas y a España una guerra civil, es posible que a nosotros nos cueste algo más: empleada, nana y chofer.
En el laberinto político sobre las teorías de la administración del Estado, los caminos parecen siempre dividirse en dos direcciones opuestas, a la derecha o a la izquierda. Se trata de un problema intrínseco de la democracia: el gobierno de la mayoría sustentado por tres poderes independientes, pero relacionados entre sí, por medio de un fundamento ético, que experimenta de tanto en tanto, convulsiones paradójicas, donde para preservar la libertad se perjudica la igualdad de derechos.
La democracia no nació como un sistema donde la libertad fuera uno de sus derechos fundamentales. En la polis griega o en la rex pública romana, las leyes legitimaban el derecho de los nobles sobre los esclavos. Más de un tirano griego utilizó la democracia como referendo para detentar el poder. El primer concepto liberal más o menos moderno nació en la Edad Media entre los franco-germanos. Los nobles reclamaban libertad e independencia tanto del emperador como del rey. Los francos -como ahora las corporaciones y los diputados- luego de obtener la ansiada libertad personal, pedían franquis (franquicia: exoneración de impuestos).
El problema ético de la democracia moderna es un problema de legitimación. La democracia liberal de moda defiende un sistema individual capitalista mientras la democracia social lo hace defendiendo una sociedad más justa y equilibrada, donde los ciudadanos tengan igualdad de oportunidades económicas (trabajo), sociales (acceso a educación y salud de máxima calidad) y jurídicas. Tanto el liberalismo como el socialismo encaran contradicciones.
El liberalismo capitalista proclama la expansión de la producción y el comercio en una forma compulsiva de "globalización" centrífuga (Chomsky) pero por otra parte, el capital tiende naturalmente a concentrarse en oligopolios que marcan el paso del mercado y del funcionamiento democrático. Así tenemos hoy imperios hegemónicos liberales "democráticos" y socialismos que sirven de mano de obra barata o servil (maquilas) a su propia economía de mercado. También existen naciones cuya "democracia social" se hace a expensas de otras libertades civiles, como la de opinar, comerciar o transitar.
El individualismo egoísta lleva indefectiblemente a la desigualdad social aumentando la brecha entre ricos y pobres. Esto es consecuencia del concepto de mercancía, tanto del trabajo como del ser humano, pues el objetivo supremo del mercado no es otro que el valor de intercambio de los bienes (utilitarismo) y no el valor cualitativo de los mismos. Es por eso que el trabajo-máquina termina por sustituir al trabajo-humano, afectando la producción de bienestar social que termina por ser sustituido, irresponsable e inhumanamente, por la eficiencia en la producción de objetos materiales a menudo inaccesibles. Tanto la "racionalidad burocrática" administrativa e industrial (Weber), como la "racionalidad instrumental” tecnológica (Habermas), son modelos deshumanizados porque en ellos los hechos positivos (útiles) están separados de sus valores subjetivos (*).
Consumir productos innecesarios o en exceso no tiene sentido axiológico, porque llegará un punto donde esos bienes pierden su valor intrínseco: producir bienestar, convirtiéndose por el contrario, en una pesada carga del presupuesto familiar.
Vemos claramente que en la ética del libre mercado, para un mismo producto, impera siempre el principio de desigualdad competitiva, ya que entre sus fines últimos está el controlar ese mercado. Un error permanente del sistema neoliberal socialmente irresponsable es creer que la competencia hace que las cosas sean más baratas y más accesibles.
No existe producto más caro que el que se compra y no se necesita. Para un campesino nuestro, el hecho de que tenga acceso a televisores, computadoras o teléfonos celulares y carros de lujo más baratos, no hará que mejore competitivamente el valor de su producto si para subsidiar a aquellos tiene que comprar insumos caros.
De modo que mientras los países fuertes se dedican a exportar y producir bienes y servicios, los países débiles competirán entre sí para producir materias primas más baratas, cerrando un círculo vicioso donde mientras el pobre gana uno el rico que los financia gana diez.
La competitividad, tan cacareada entre las modernas democracias neoliberales, es en realidad una lucha por la hegemonía económica ya que en el fondo, para la democracia neoliberal irresponsable, negociar significa hacerlo en el interés propio. Los demás estamos a su servicio. Ante la sonrisa complaciente de funcionarios y del público que lo aplaudía embobado, vi y oí por TV al presidente Bush decir durante su última visita "de paso", que era por el interés de Estados Unidos que debía ampliarse el Canal, de donde se demuestra que tal proyecto responde a políticas económicas donde los economistas e ingenieros cuentan poco.
Quienes abogan por una social democracia en serio, deben reconocer que en ella no puede existir una ACP como gobierno paralelo con constitución propia, ni siquiera como el tercer juego de una democracia ampliada.
La ACP tiene su origen y fundamento en la bien ganada desconfianza hacia los políticos, de tal modo que pedirle ahora confianza al pueblo para extenderles un cheque en blanco a tirios y troyanos, es otra contradicción de un pésimo sistema que debiera ser rechazado por injusto, ruin y venal.
(*) La Mitología Occidental, F.K.Mayr. Ed. Anthropos, 1989.
Así, hoy vemos arder las bardas de países vecinos, donde las llamas parecen consumir la paciencia y el buen juicio de los pueblos. Hastiados de votos mal contados por las máquinas tragavotos, en lugar de donarle el pellejo al caudillo, por patacones y ron, han decidido pagarle al sistema con su misma moneda: votar al que mejor termine de pudrirlo. Ya han salido a relucir entre nosotros algunas voces previniendo el contagio de tal espanto. Incluso quienes usufructúan del sistema se preguntan si estamos maduros para una social democracia. Pero, ¿sabrá alguien que no haya ido de turista a los países escandinavos qué es y cómo se construye una socialdemocracia? Si a Gran Bretaña le costó sangre, sudor y lágrimas y a España una guerra civil, es posible que a nosotros nos cueste algo más: empleada, nana y chofer.
En el laberinto político sobre las teorías de la administración del Estado, los caminos parecen siempre dividirse en dos direcciones opuestas, a la derecha o a la izquierda. Se trata de un problema intrínseco de la democracia: el gobierno de la mayoría sustentado por tres poderes independientes, pero relacionados entre sí, por medio de un fundamento ético, que experimenta de tanto en tanto, convulsiones paradójicas, donde para preservar la libertad se perjudica la igualdad de derechos.
La democracia no nació como un sistema donde la libertad fuera uno de sus derechos fundamentales. En la polis griega o en la rex pública romana, las leyes legitimaban el derecho de los nobles sobre los esclavos. Más de un tirano griego utilizó la democracia como referendo para detentar el poder. El primer concepto liberal más o menos moderno nació en la Edad Media entre los franco-germanos. Los nobles reclamaban libertad e independencia tanto del emperador como del rey. Los francos -como ahora las corporaciones y los diputados- luego de obtener la ansiada libertad personal, pedían franquis (franquicia: exoneración de impuestos).
El problema ético de la democracia moderna es un problema de legitimación. La democracia liberal de moda defiende un sistema individual capitalista mientras la democracia social lo hace defendiendo una sociedad más justa y equilibrada, donde los ciudadanos tengan igualdad de oportunidades económicas (trabajo), sociales (acceso a educación y salud de máxima calidad) y jurídicas. Tanto el liberalismo como el socialismo encaran contradicciones.
El liberalismo capitalista proclama la expansión de la producción y el comercio en una forma compulsiva de "globalización" centrífuga (Chomsky) pero por otra parte, el capital tiende naturalmente a concentrarse en oligopolios que marcan el paso del mercado y del funcionamiento democrático. Así tenemos hoy imperios hegemónicos liberales "democráticos" y socialismos que sirven de mano de obra barata o servil (maquilas) a su propia economía de mercado. También existen naciones cuya "democracia social" se hace a expensas de otras libertades civiles, como la de opinar, comerciar o transitar.
El individualismo egoísta lleva indefectiblemente a la desigualdad social aumentando la brecha entre ricos y pobres. Esto es consecuencia del concepto de mercancía, tanto del trabajo como del ser humano, pues el objetivo supremo del mercado no es otro que el valor de intercambio de los bienes (utilitarismo) y no el valor cualitativo de los mismos. Es por eso que el trabajo-máquina termina por sustituir al trabajo-humano, afectando la producción de bienestar social que termina por ser sustituido, irresponsable e inhumanamente, por la eficiencia en la producción de objetos materiales a menudo inaccesibles. Tanto la "racionalidad burocrática" administrativa e industrial (Weber), como la "racionalidad instrumental” tecnológica (Habermas), son modelos deshumanizados porque en ellos los hechos positivos (útiles) están separados de sus valores subjetivos (*).
Consumir productos innecesarios o en exceso no tiene sentido axiológico, porque llegará un punto donde esos bienes pierden su valor intrínseco: producir bienestar, convirtiéndose por el contrario, en una pesada carga del presupuesto familiar.
Vemos claramente que en la ética del libre mercado, para un mismo producto, impera siempre el principio de desigualdad competitiva, ya que entre sus fines últimos está el controlar ese mercado. Un error permanente del sistema neoliberal socialmente irresponsable es creer que la competencia hace que las cosas sean más baratas y más accesibles.
No existe producto más caro que el que se compra y no se necesita. Para un campesino nuestro, el hecho de que tenga acceso a televisores, computadoras o teléfonos celulares y carros de lujo más baratos, no hará que mejore competitivamente el valor de su producto si para subsidiar a aquellos tiene que comprar insumos caros.
De modo que mientras los países fuertes se dedican a exportar y producir bienes y servicios, los países débiles competirán entre sí para producir materias primas más baratas, cerrando un círculo vicioso donde mientras el pobre gana uno el rico que los financia gana diez.
La competitividad, tan cacareada entre las modernas democracias neoliberales, es en realidad una lucha por la hegemonía económica ya que en el fondo, para la democracia neoliberal irresponsable, negociar significa hacerlo en el interés propio. Los demás estamos a su servicio. Ante la sonrisa complaciente de funcionarios y del público que lo aplaudía embobado, vi y oí por TV al presidente Bush decir durante su última visita "de paso", que era por el interés de Estados Unidos que debía ampliarse el Canal, de donde se demuestra que tal proyecto responde a políticas económicas donde los economistas e ingenieros cuentan poco.
Quienes abogan por una social democracia en serio, deben reconocer que en ella no puede existir una ACP como gobierno paralelo con constitución propia, ni siquiera como el tercer juego de una democracia ampliada.
La ACP tiene su origen y fundamento en la bien ganada desconfianza hacia los políticos, de tal modo que pedirle ahora confianza al pueblo para extenderles un cheque en blanco a tirios y troyanos, es otra contradicción de un pésimo sistema que debiera ser rechazado por injusto, ruin y venal.
(*) La Mitología Occidental, F.K.Mayr. Ed. Anthropos, 1989.