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La desconfianza se ha hecho cultura


Hace muchos años, cuando una persona empeñaba su palabra para cualquier situación, podías ir a dormir tranquilo porque se cumplía y no se fallaba. Ante los hechos, se tenía credibilidad en las personas porque cumplir era paste de los valores que entonces existían. Hoy no puedo pensar en lo que nos acaece y nos ha llevado a desconfiar de las menores circunstancias.
Cuando comenzamos a vivir la peor corrupción que habíamos visto, una desilusión llenó el ambiente porque llegó el momento en que ni siquiera se escondían para hacer las fechorías. A medida que ha pasado el tiempo, ya la corrupción no sólo se ve en los que gobiernan, sino también a todo nivel.
Hace unos días escuchaba a un señor decir que tuvo un problema con la luz en su residencia; llegaron tres empleados de Unión FENOSA y le dijeron que demoraría tres días el arreglo. Desesperado el señor, les ofreció algo para los refrescos, e inmediatamente le encontraron solución al daño. Estamos hablando de empleados de una empresa privada. Personalmente tuve una situación en el Seguro Social que, luego de un año sin resolver, recurrí al entonces Subdirector General para darle corte final. Lo peor es que queda la duda de si ese empleado esperaba una coima de mi parte. Y ha sido en esa forma que ha empezado esa desconfianza que rodea a todos los actos en el país, a tal extremo que nos muestran pruebas de lo que ellos dicen y pensamos que son alteradas.
Es una verdadera lástima que vivamos encerrados en una caja de acero que nos comprime y acaba con nuestra personalidad, con nuestro carácter alegre para vivir pendientes de lo que creamos que puedan hacernos y dónde recibiremos una puñalada.
Si los gobernantes dicen que la ampliación del Canal costará siete millones de dólares, pensamos en cuántos se robarán, aunque no lo hagan. Si nos dicen que van a construir elevados para descongestionar el tránsito, pensamos que jamás los veremos porque nos quedaremos esperando. Cualquier anuncio que hagan los del gobierno, los de la empresa privada o los empleados medios, pensamos enseguida qué habrá detrás y dónde estará la trampita. Si los obreros de la construcción salen a la calle, pensamos que es un movimiento disimulado para crear problema y que venga a Panamá ideologías extrañas pagadas por otros países. Hemos dejado de creer en la honestidad de los demás y, hasta dudamos de la nuestra.
Así no podemos continuar. Pero no hay gobiernos que devuelvan al pueblo esa confianza en el comportamiento de sus componentes. Pero eso es producto de la falta de valores de quienes gobiernan, de quienes deben dar permisos para hacer un negocio, de quienes deben tramitar papeles en las oficinas públicas y los dejan en la gaveta durante años, mientras no se les pase la mano y enseguida aparecen resueltos.
Ya no se puede confiar en la ATTT, porque ciertos empleados alteraban las boletas cobrando para borrarlas de las computadoras. Los de la PTJ vendían las armas que se les daban en custodia. Cada vez que anuncian la quema de toneladas de drogas quitadas a los traficantes, pensamos cuánto dejarán sin desaparecer porque queman cualquier polvo blanco para aparentar droga.
¿Ven? Es la desconfianza en que puedan llevar a cabo algo con decencia y apegados a la ley. Nadie confía en los magistrados de la Corte Suprema ni en la justicia, ni en nadie ni en nada.
Es una lástima que tu mejor amigo deje de serlo porque le llegó el momento de jugarte sucio en alguna circunstancia y prefirió violar el valor sagrado de la amistad. Sólo esperamos la puñalada por detrás y el rodillazo por delante. Pero mientras no tengamos cabezas con deseos de que se confíe en ellas y den ejemplo de honestidad, seriedad, rectitud y valores morales en general, Panamá seguirá viviendo en un mundo de desconfianza por alguna inmundicia que se desplaza por ella y que permite que nos miremos entre nosotros con ojos de odio, rencor o de pocos amigos, perdiendo la fe en lo humano. Ojalá no la perdamos en Dios y sigamos viviendo lo mejor que podamos.
Sí, llegó la hora de decirle "adiós" al Banco Mundial.
(*) Director de investigaciones del Acton Institute.
www.aipenet.com

La idea se planteó por ser el área de Paitilla un punto donde se están desarrollando edificios altos y lujosos.
¿Qué piensa del cobro arbitrario de 0.25 centésimos a los estudiantes?
Yanina Murillo: "Sí, es cierto que muchos quieren cobrar 0.25 centésimos, porque todos los días tengo ese problema y los conductores y el secretario simplemente te dicen que no te montes y cuando lo hacen quieren que uno viaje parado bajo la excusa de que ir sentado cuesta 0.25".
Tatiana Cajar: "Los conductores sí nos cobran los 0.25 centésimos, sobre todo los de la ruta de Panamá Viejo, que cobran el pasaje antes de subir al bus. Esto nos afecta porque muchos compañeros a veces están con el pasaje exacto".
Carlos De Gracia: "Sí, conozco el problema y nosotros los estudiantes no estamos de acuerdo. Lo peor es que para nosotros, esto se ha convertido en un problema para venir a la escuela y dirigirnos a la casa porque no nos paran y además ponen al secretario para que no subamos al bus".
Evelyn Medina: "Ese problema no es nada novedoso, pero el detalle no es que cobren los 0.25 centésimos, sino que el servicio que brindan no es el mejor, porque los asientos de los buses están todos dañados y le dicen que el que no tiene la plata completa que se baje".
Yanaris Paz: "Sí están cobrando más de la tarifa estipulada a los estudiantes y lo peor es que están ofreciendo un mal servicio, porque quieren que uno viaje parado, los pavos nos gritan, nos tiran la puerta y aún así hay que pagarles los 0.25 centésimos".

101 años de Panamá América

 
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