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La dictadura del mercado


SABEMOS QUE LOS avances tecnológicos han reducido el tamaño del planeta a lo que hace un siglo era una provincia. Me cuentan que viajar desde Santiago de Veraguas a la capital implicaba un largo trayecto a caballo y otro en barco y se demoraba más de lo que actualmente se tarda desde Panamá a Madrid.
El transporte y las comunicaciones han hecho el milagro de reducir tiempo y distancia a una ridícula imagen en una pantalla de unas pocas pulgadas. Aunque se aplica a las actividades económicas, la globalización o internacionalización cultural se debe al progreso científico más que a una concepción ideológica. Este "consecuencialismo" contemporáneo, donde los efectos van delante de las causas, es parte de la confusión reinante, y no pocas veces de la nebulosa donde parece haberse extraviado la filosofía, reducida por la inmediatez de estos efectos a una simple herramienta utilitaria, como la de enseñar a argumentar o a engatusar. Que, hoy por hoy, no es poca cosa.
La democracia, tal cual la entendemos los plebeyos, es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. No es el gobierno de unos sobre los otros o a pesar de otros. Tampoco es el gobierno de todos en beneficio de algunos pocos, como ha sucedido históricamente en América Latina y mucho menos es la dictadura de una mayoría simple o de una minoría elitista. Democracia es el gobierno del pueblo para todo el pueblo en virtud de un consenso. Así, consensuar es lograr acuerdos y gobernar es plasmar estos acuerdos con la correcta y fiel interpretación del espíritu que prevaleció en el acto. El juega vivo no sólo es una bribonada politiquera, es una forma de corrupción democrática. Un verdadero fraude que adultera al sistema y lo transforma en un mero rito electoral inservible.
Como vemos, la genuina democracia, en la praxis, limita y regula algunas libertades individuales. Tal vez sea esto lo que la convierte en el mejor sistema político posible, pues sólo en ella se pueden lograr acuerdos que delimitan estos legítimos derechos y libertades, tanto individuales como sociales, con el objetivo de alcanzar un beneficio común. Beneficios que sin consenso únicamente se pueden lograr por medio del látigo o de la espada. De hecho, algunos estudios demuestran que muchos de nuestros paisanos (latinoamericanos) dejados fuera del consenso democrático o peor, sin siquiera haberlos tenido en cuenta, anhelan el retorno del sable o del látigo. La fe en la democracia radica entonces en el desprendimiento altruista o solidario de un derecho o bien legítimo propio, en beneficio del mismo sistema. Entendida así, la libertad se beneficia de la democracia al mismo tiempo que la democracia se nutre de una libertad compartida responsablemente.
Sólo somos verdaderamente libres cuando pensamos y eso, si podemos liberarnos de nuestros prejuicios, complejos y demás ataduras psicológicas. Ningún hombre o mujer que viva en sociedad es libre de hacer lo que le venga en ganas y tampoco lo es si vive en una isla solitaria y no respeta su medio ambiente. Rompamos, pues, el mito de que el hombre nace libre. Nacemos determinados por tres causas frecuentemente interrelacionadas entre sí, la casualidad, el amor y una herencia genética expresada en la unión de dos gametos fecundadores. Tampoco se tiene el derecho o la libertad de escoger entre nacer o no. Más bien nos escogen y nos legislan, aún antes de poder hacer uso de la razón y hasta pudieran llegar a diseñarnos si algún día la intrincada posibilidad estadística diera con el número y la secuencia exacta. Situación que festejaría mucho el relativismo filosófico reinante, pues por entonces dominaríamos las leyes que gobiernan el azar, como la lotería, la ruleta y las máquinas traga monedas.
Si no nacemos libres, menos podemos aducir que el mercado, fruto del hombre comercial (homo economicus) pueda ser libre. Este falso lema depende de tantas variables como caprichos haya. El mercado no es libre porque está determinado por el hombre. Sin humanidad o sin sociedad no hay mercado y sin pobres tampoco, porque entre los pobres lo único que puede existir es el trueque o el préstamo, que era la función primordial del banco antes que éste se transformara en una fábrica de capitales con capitales prestados.
Si el mercado fuera verdaderamente libre tampoco habría TLC, ni salvaguardas, ni "tratamiento privilegiado" entre países "amigos" contra otros "menos amigos". No existirían regulaciones aduaneras ni sería necesario aplicar el Derecho Comercial. Esto no quiere decir que el ser humano no tenga el suficiente instinto de propiedad como para que lo defienda, lo venda o se lo roben. Pero esto cae en la no menos libre razón de las necesidades humanas, tan ilógica como lo son el capricho o el deseo de poder y riqueza que nos gobierna desde el fondo del locus ceruleus. Somos libres, sí, pero hasta el consenso.
El sistema democrático tiene la obligación social de regular no sólo las relaciones comerciales, sino la calidad y bonanza de los productos. Así lo hace con el alcohol, el tabaco y los estupefacientes, para citar los más evidentes. La democracia se afirma en una base social esencial para su funcionamiento y su razón de ser, porque la libertad del pueblo no es la simple suma aritmética de cada una de nuestras libertades. El pueblo, como nuestro organismo, tiene cuerpo y función autónoma y la tiene en virtud de las distintas células y tejidos que componen sus diferentes órganos. Aceptar como norma la libertad o independencia de cada una de sus células o tejidos resultaría en una anarquía biológica conocida como cáncer.
El emblema de "mercado libre" de los capitalistas corruptos que persiguen el control de ese mercado, es también un cáncer para la democracia, pues ésta es utilizada por sus ideólogos como el nutriente fundamental para que ese mercado se sostenga y crezca a su antojo, sobre todo, si la sustancia que produce corrompe al resto. Claro está, a menos que las defensas inmunológicas reguladoras de una sana democracia lo evite.
Si la democracia es gobernar para y por el consenso, no puede existir otro modo de producción y distribución de bienes que no pague por el justo valor del trabajo humano, sin supeditarlo al precio manipulado del capital financiero. En democracia el capital está al servicio de la sociedad y no ésta al servicio del capital, como algunos pícaros rezagados todavía pretenden.
Una sociedad robusta y sana depende pues, como el cuerpo, de un crecimiento armónico y de un desarrollo balanceado. La democracia moderna, desde el punto de vista político y económico, debiera ser considerada como un bien social intocable. De otro modo sería volver a caer en otro autoritarismo esclavizante.
drjcal@gmail.com
10 de enero de 1984- El joven patriota Rolando Pérez Palomino se prendió fuego frente a la Embajada de Estados Unidos, a la cual señaló en su carta-testamento como "una de las representaciones del crimen y hambre de millones de seres humanos".
21 de enero de 1986- Se iniciaran las maniobras militares "Operación Donoso ´86" y "Operación Costa Abajo", entre el ejército de EE.UU. y las FF.DD. de Panamá.
3 de enero de 1990- El general Noriega abandonó la Nunciatura y se entregó a las fuerzas estadounidenses invasoras que lo condujeron a EE.UU., donde le siguieron juicio por narcotráfico.

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