La dirección del Estado
El hombre ha podido erguirse del barro de que está hecho porque logró descubrir la forma como se mueve el mundo. Sin Galileo o Darwin, sin Hegel o sin "El Protestantismo y la ética del capitalismo"; sin Einstein o sin Juan Pablo II; es decir, sin el reconocimiento de lo que somos, no hubiésemos llegado quizá hasta donde estamos. ¿De qué sirven esos descubrimientos si seguimos trillando por el mismo camino de la confrontación?
Es una verdad aceptada que si bien las contradicciones sociales se han constituido en motor del desarrollo, las antagónicas sólo producen desastres, el sometimiento de un grupo sobre otro y por extensión, la sobrevivencia subterránea de un rencor que mantiene viva la llama de la venganza. Es lo que algunos sociólogos llaman la relación excluyente. No es posible tal o cual cosa, porque una excluye a la otra. Pero si se concluye y se reconocen las causas de la exclusión, ¿no es dable acaso tratar de vencer esa condición en lugar de someterse a ella, aceptándola como una ineludible?
No hay romanticismo en la afirmación anterior, sino preocupación, porque después de la invasión de 1989, pese a reiterados llamados para que "el país no fuera prisionero de su pasado", la polarización no sólo ha sido latente, sino que parece profundizarse, y la dirección del Estado, pública y privada, se va repartiendo áreas de influencia, no para resolver los problemas que nos son comunes, sino para afianzar posiciones de bandos. Pareciera que para muchos resulta difícil desprenderse de posiciones confrontacionistas, y siguen siendo esclavos del axioma que coloca el progreso de unos a condición de la miseria de otros, como si ese estadio fuera insalvable. Luego, los miserables optan por asaltar La Bastilla en busca de pan, y seguimos en el mismo círculo.
Y se repite aquello de quienes se candidatizan para ser gobierno, y al ganar señalan que serán un gobierno para todos; pero en sus actuaciones se convierten en el partido de unos cuantos y el sectarismo, el clientelismo y la desconfianza marcan su comportamiento. Es como si todos se rindieran a la fatalidad de no poder construir juntos un país.
Es una verdad aceptada que si bien las contradicciones sociales se han constituido en motor del desarrollo, las antagónicas sólo producen desastres, el sometimiento de un grupo sobre otro y por extensión, la sobrevivencia subterránea de un rencor que mantiene viva la llama de la venganza. Es lo que algunos sociólogos llaman la relación excluyente. No es posible tal o cual cosa, porque una excluye a la otra. Pero si se concluye y se reconocen las causas de la exclusión, ¿no es dable acaso tratar de vencer esa condición en lugar de someterse a ella, aceptándola como una ineludible?
No hay romanticismo en la afirmación anterior, sino preocupación, porque después de la invasión de 1989, pese a reiterados llamados para que "el país no fuera prisionero de su pasado", la polarización no sólo ha sido latente, sino que parece profundizarse, y la dirección del Estado, pública y privada, se va repartiendo áreas de influencia, no para resolver los problemas que nos son comunes, sino para afianzar posiciones de bandos. Pareciera que para muchos resulta difícil desprenderse de posiciones confrontacionistas, y siguen siendo esclavos del axioma que coloca el progreso de unos a condición de la miseria de otros, como si ese estadio fuera insalvable. Luego, los miserables optan por asaltar La Bastilla en busca de pan, y seguimos en el mismo círculo.
Y se repite aquello de quienes se candidatizan para ser gobierno, y al ganar señalan que serán un gobierno para todos; pero en sus actuaciones se convierten en el partido de unos cuantos y el sectarismo, el clientelismo y la desconfianza marcan su comportamiento. Es como si todos se rindieran a la fatalidad de no poder construir juntos un país.