La educación en el precipicio
Con el primer Torrijos, la educación panameña fue objeto de un verdadero trastocamiento. Se desincentivó tanto la carrera docente que los graduandos de la Normal y los bachilleres tuvieron que cubrir las vacantes de la época. En la educación media cualquier aprendiz llegó a las aulas, lo que dio inicio a una crisis de calidad aún no superada.
Las cosas se agravaron cuando en 1971, una "Comisión de Reforma Educativa", que eludió la consulta y la inclusión de los actores en el sistema, pretendió imponer un modelo de enseñanza que, con los llamados "polivalentes", (profesores graduados en dos años y medio, y supuestamente capacitados para la enseñanza de dos o tres asignaturas ) se desarrollara el proceso de enseñanza. La Universidad de Panamá, al mismo tiempo, reclutaba a funcionarios de la Digedecom, MIDA y otras instituciones, para los cursos "acelerados" que captaron a los llamados "progresistas" del "proceso revolucionario" y que, por tanto, ascendieron a directores "a dedo" en los ciclos básicos. La politiquería se apoderó del Ministerio de Educación, y los llamados "hijos predilectos" -los niños- recibían cada bimestre un boletín escolar que rezaba: "Por una Educación para la Revolución". Intentaron, por los años 1977 ó 1978, imponerles en el uniforme una cinta tricolor, con los colores blanco, azul y rojo, que si bien son los de nuestros símbolos patrios, también serían los de un partido que se gestaba en los cuarteles, epicentros del poder público.
Los directores de escuelas y colegios de la República eran removidos constantemente, y el que no manifestara anuencia con la línea del gobierno revolucionario, era enviado al "valle de los caídos", como los propios docentes llamaban a los centros de acopio de los "reaccionarios".
El final de todos estos abusos y de malsana politiquería en el MEDUCA, se inició en 1978, cuando un movimiento magisterial, médico y popular, exigió rectificaciones al gobierno de Torrijos. Hubo ajustes, tanto en la gestión del Dr. Gustavo García de Paredes, como en la de la Dra. Susana de Torrijos, pero la crisis no se resolvió. Lamentablemente, cada gobierno -en democracia- ha seguido con la nociva práctica de convertir la cartera educativa en un apéndice del partido gobernante. Guillermo Endara apeló a dirigentes gremiales en un intento de hacer las cosas diferentes desde la planta central, pero la medicina resultó peor que la enfermedad. Quizás por aquello de que "no hay peor cuña que la del mismo palo". La dirigencia magisterial de entonces, respondió: …Fuera!
Hoy, con el segundo Torrijos en el poder, el sistema educativo ha colapsado, prácticamente. El Ministerio de Educación sigue siendo guarida de la politiquería partidista; cómodo nido de polluelos que tratan de emplumar para llegar a cargos de elección popular; de aspirantes a cargos diplomáticos, y de honor, solamente. El resultado, una educación deficiente, más que todo a nivel oficial, y una infraestructura que da vergüenza ante la sociedad y el mundo.
El gobierno entrante debe tomar en cuenta la conveniencia de sacar del Ministerio de Educación las manos de la política partidista. Designar en la conducción de tan importante institución a profesionales íntegros, con la capacidad requerida, para acometer una obra de restauración institucional por el bien de nuestro país. El Ministerio de Educación, además, no debe ser objeto del cambio constante de titular, pues ello atenta contra la evolución del sistema.
Con la designación de un Ministro con la reciedumbre, la honestidad y la capacidad para ejercer el cargo, y un presidente consciente de la imperiosa necesidad de estabilizar y actualizar la educación, estaríamos dando pasos hacia delante.