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La Embajadora y el TLC


La Embajadora de Estados Unidos en Panamá es alguien a quien hay que escuchar y leer con cuidado. Cada oración y palabra debe ser sopesada y, sobre todo, descubrir el mensaje más allá de lo dicho, que no es suyo; es de su gobierno. Recientemente nos llamó la atención su artículo “La promesa de libre comercio”, que publicamos el pasado sábado 22 de noviembre. Examinamos cada letra con lupa. Nuestra gente del gobierno seguramente no. No pueden, no quieren y no saben. Allá ellos.
La señora Watt inicia genialmente con cuatro palabras aisladas, sin aparente hilación, sin formar oraciones. No hace falta.”Desarrollo. Oportunidad. Libertad. Opciones”. Ellas encierran todo el significado del TLC para nosotros. Una ocasión singular de crecer y mejorar en democracia conforme a un abanico infinito de opciones.
Acepta y comprende nuestros temores cuando señala que es posible un diálogo que satisfaga también “las circunstancias especiales de muchos países más pequeños y más pobres”. Y acota: “Muchos estadounidenses también están preocupados”, pero la experiencia de post Segunda Guerra Mundial, es que mantener “erguidos muros económicos”... “perpetúa las ineficiencias, ahoga las oportunidades” e impide que nuestra gente y empresas “alcancen su potencial máximo”.
Ejemplo de las ventajas que representa el camino de la apertura y del TLC -nos dice - es Chile, que logró reducir su pobreza en un tercio; al igual que México, que lleva celebrados 13 convenios de ese tipo tras el éxito del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) que lo integra a Estados Unidos y a Canadá. Ese es el camino, agregamos, que inició y sigue Europa entera.
Pero nos advierte sobre nuestra prima dona, sector servicios, lo siguiente: Para lograr la competitividad no basta con “la propia producción o eficiencia operativa”, sino que es necesario participar y compartir “en un entorno de eficiencia y competitividad en los servicios de que dependen” dentro de “un régimen de inversión previsible y justo; de procedimientos aduaneros eficientes y previsibles; y de transparencia en las reglamentaciones gubernamentales”. Los cambios sorpresivos o “intuitu personae” - añadimos - de reglas son incompatibles con estos conceptos.
Y yendo nuevamente a la carga, dijo que un TLC nos exigiría no sólo apertura sino también transparencia, fortalecerá la democracia y “promoverá un mayor respeto por el imperio de la Ley, un desarrollo sostenible e instituciones responsables de un buen gobierno”, “requisitos fuertes contra la corrupción y la transparencia” (por enésima vez). No es menester más palabras, para quienes quieran o puedan darse por enterados.

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