La estética de la impudicia
Las mujeres asumimos la lucha permanente por la reivindicación de los derechos conculcados por un sistema patriarcal cuyas raíces datan de épocas inmemoriales; pese a las transformaciones logradas por los movimientos de mujeres, continúa permeando la vida de éstas y la dinámica social.
El sistema social que nos redujo a una mercancía más, intercambiable por bienes, insiste en recuperar hitos perdidos, a través de múltiples y sofisticadas formas de explotación, vía la concepción que sobre nuestros roles, papeles y cuerpo nos proyecta, socializándonos para obtener respuestas asertivas a sus demandas.
Es una realidad creciente que la mujer es utilizada como objeto sexual, anzuelo para las cuñas publicitarias en las ventas de un sin fin de artículos, cuya promoción se liga con el inconsciente colectivo de los hombres, vale decir con la gratificación sexual, al combinarlos con la desnudez o semi-desnudez femenina que observamos en los medios, para la venta de artículos de consumo.
Como si lo anterior fuera poco, ahora se viene dando la modalidad de proponer un esquema corporal que implica el sometimiento a cirugías “estéticas” para que logremos las dimensiones “perfectas” requeridas en conceptos de mamas, glúteos, rasgos faciales y otros, a fin de satisfacer la vanidad propia y de extraños e inclusive propuestas de trabajo. De allí que un medio televisivo reconocido por su “raiting” en la comunidad, se esmere en proyectar una telenovela que magnifica la necesidad de aumentar las mamas a cambio de cualquier cosa, porque sin ellas “no hay paraíso”. ¿Paraíso para quienes? Esto ha desatado una fiebre de aumento de mamas que alcanza toda la escala etaria y socio-económica de las mujeres.
Ahora un regalo para quinceañeras suele ser la cirugía para el aumento o modificación del busto; también entramos en ese juego, mujeres de avanzada edad, apresuradas a borrarnos las arrugas y los pliegues del cuerpo, ya que los del alma son más difíciles de encarar. Esta es una aspiración que poco a poco ha ido permeando la sicología femenina sin reparar en el daño que le hacemos a nuestro cuerpo (porque riesgo hay) y a nuestra economía, en aras de un ideal que cumple más los mandatos superficiales de patrones de belleza impuestos desde una perspectiva artificial, ignorando que la naturaleza sigue su curso y más temprano que tarde reclamará nuevos ajustes corporales con las consiguientes cirugías.
En el caso de las jovencitas, encandiladas por las modas del momento, propongámoles otras sustentaciones de ética y estética; a las damas maduras, una filosofía que implique la valiosa transformación del ser, aprendiendo a envejecer con dignidad y categoría. Si luchamos por la igualdad, hagámoslo también por el empoderamiento de nuestro ser.