La eterna tolerancia del panameño
El presupuesto de paciencia en Panamá es, a primera vista, inagotable. Los poderosos hacen y deshacen sin que la justicia los alcance. Las leyes se aplican para beneficio de unos pocos. Mientras más robes, si tienes conexiones en altos niveles, más complacencia a tu favor. Mientras, esa gran masa amorfa, irreflexiva y sin un espíritu definido; esa a la que los demagogos llaman pueblo, responde con quietud, con algo muy parecido a la indeferencia, con silencio público.
¿Se acabará en algún momento esta dosis de tolerancia? ¿Ocurrirá alguna vez como en otras latitudes, donde los pueblos se cansaron y revirtieron el orden establecido por considerarlo injusto, en unas ocasiones mediante revueltas cívicas, en otras por las armas? En Panamá es poco posible, aunque no es buena idea hacer la prueba. Acá, el pozo de la resignación parece no tener fondo, o al menos eso es lo que piensan quienes abusan de esa paciencia. Están confiados.
¿De dónde nos viene tanto estoicismo? Tal vez se deba a la gran influencia religiosa que fue piedra fundacional de nuestra nación, y que pregona que hay que sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, males que podrían evitarse. O quizá nos viene del poco apego que nuestras gentes tienen por la tierra, por ser un país de tránsito, más cerca de actividades económicas especulativas que no exigen jornadas intensas bajo el sol, en sembradíos difíciles y poco dadivosos. El trabajo en la campiña despierta en los pueblos la propensión a luchar por el deslinde y respeto de la propiedad, pistola o machete al cinto si necesario. En nuestro entorno no es así, las grandes mayorías ponen poca atención a los asuntos públicos, pues accede a la vida y sus bienes con una lógica distinta.
Como vemos, los panameños toleran. Escuchan anécdotas sobre lo mal que andan algunos asuntos nacionales, pero todo lo reducen a temas de sobremesa. Muchos poderosos juegan con esta característica, se aprovechan, pensando que la paciencia será eterna.