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La ética de los economistas


Se ha endiosado la estabilidad del modelo económico y se la ha convertido en fuente de justificación para cualquier decisión económica, así tenga un impacto social negativo.
POR QUÉ A TANTOS economistas y administradores que se dedican a las políticas públicas les importa tan poco la miseria, el desempleo con la consecuente destrucción familiar, la exclusión y las enfermedades que sufre la empobrecida población, como consecuencia de medidas económicas o gerenciales tomadas sin considerar el impacto social? Sencillamente, porque han sido formados para que no les importe.
Si se analiza la enseñanza de los cursos de economía de pre y post grado en la mayoría de las universidades, se observará una frecuente dicotomía entre la economía y la ética. Cuando se enseña ética no se enseña economía (generalmente es un profesor de Filosofía) y cuando se enseña economía, no se enseña ética. No se discuten integradamente los problemas éticos que se derivan de las medidas económicas o gerenciales. Esa escisión se aprecia sistemáticamente en muchos ministros de Economía y altos funcionarios de diversas entidades estatales que proponen medidas económicas o administrativas que afectan a la población. Se ha endiosado la estabilidad del modelo económico y se la ha convertido en fuente de justificación para cualquier decisión económica, así tenga un impacto social negativo.
Así, los promotores de la ortodoxia económica irracional han logrado no solamente aniquilar la inteligencia social de muchos de nuestros economistas y administradores sino también desvincular la ética de la economía, como si fueran dos mundos distintos cada uno de los cuales tiene sus propias leyes y espacios de discusión. La economía se ocupa de la generación y distribución de riqueza (para las elites) y la ética del espíritu y la vida social. Así, el economista o gerente no tiene ningún reparo moral al proponer medidas que hacen más miserable la vida de los pobres o clases medias, ni tampoco de llevar a cabo prácticas profesionales corruptas. En premio a su insensibilidad reciben el reconocimiento internacional por la estabilidad macroeconómica del país.
Por supuesto que no me refiero indistintamente a todos los economistas y administradores, sino a aquellos fanáticos que creen que todo problema tiene una sola solución, que ésta ha sido inventada por el FMI, el Banco Mundial o alguna universidad norteamericana de prestigio, y que no hay maneras alternativas de pensar la economía nacional de modo que responda a la vez a las necesidades de la estabilidad macroeconómica, el empleo abundante adecuado y el bienestar de las grandes mayorías. Por ejemplo, en Perú, bajo la presión de "generar recursos propios" hay municipios que cobran por la inscripción de los nacimientos de los niños, incluyendo multas cuando hay demoras. Resultado: los más pobres no inscriben a sus hijos.
Otro ejemplo: Con la intención de generar eficiencias unificando programas de reparto de alimentos a los niños desnutridos, se ha terminado reduciendo el número de niños atendidos. Resultado: aumentan los desnutridos.
Otro ejemplo: Presionados por generar recursos propios los hospitales públicos cobran a los pacientes las operaciones y medicamentos. Resultado: Los más pobres no se atienden, aumentan las enfermedades y la mortalidad.
Otro ejemplo: Las normas de austeridad impiden abrir plazas docentes en colegios con crecimiento poblacional. Resultado: se desalienta el acceso de nuevos alumnos a los colegios (más aún, está prohibido trasladar plazas de una localidad donde hay excedentes a otra donde hay carencias).
La infinidad de situaciones absurdas como éstas, en las que se juega la vida, salud y educación de la población más pobre, son las que reclamo que sean resueltas por los economistas y administradores que laboran en el Congreso y la administración pública. Si con postgrados y premios a cuestas no son capaces de imaginar esas fórmulas, que se retiren de la función pública. Se trata de usar sus talentos para diseñar los lineamientos del equilibrio macroeconómico y el crecimiento de la economía, pero sin abandonar a la población a su suerte a la espera de que el mercado, la competencia o la lógica de la austeridad y eficiencia resuelvan automáticamente los problemas que afectan su subsistencia cotidiana.
Este vicio ha penetrado también en la escuela, en la que por un lado se enseña Historia o Ciencias y, por otro lado, Educación Cívica o Religión, que se constituyen en islas de discursos sobre la ciudadanía y los derechos humanos que rara vez se discuten en el mismo momento en que se trata, por ejemplo, la conquista española en Historia o la fisión nuclear en Física.

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