La FAO y el hambre
La Cumbre Mundial sobre la Alimentación reunida en 1996 en Roma, señaló el peligroso ascenso de la desnutrición en los países emergentes que entonces afectaba a 800 millones de personas. En esa reunión los países participantes adquirieron el compromiso de rebajar el índice de desnutrición al 50% en el año 2015. Seis años después, la FAO ha convocado a una nueva cumbre alimentaria en Roma para examinar los avances o retrocesos de los países minados por la subnutrición.
No se conocen todavía los resultados de la reunión en Roma, pero el ausentismo mayoritario de los países desarrollados es interpretado como una forma de evasión de los compromisos asumidos en la primera cumbre mundial.
Ahora bien. Si poco es lo que puede esperarse de la ayuda internacional es pertinente preguntar qué han hecho o no han hecho para elevar su producción de alimentos, los mismos países emergentes.
En esa perspectiva hay que admitir que numerosos países latinoamericanos han perdido tiempo valioso en reformas agrarias eminentemente políticas, más interesadas en disolver la concentración de la propiedad agrícola que en la extensión del mejoramiento de su tecnología. México, después de cerca de un siglo del movimiento revolucionario de tipo agrario, tiene zonas del sur, como Chiapas, de pobre rendimiento agrícola por la erosión de suelos, ausencia de maquinaria agrícola, mal uso de plaguicidas y primitivas técnicas de producción.
Algo análogo sucede en Bolivia, Perú, Ecuador, países en los que una reforma agraria politizada ha empobrecido mucho más a los campesinos casi por las mismas causas de la reforma mexicana.
De espaldas a la auténtica revolución agraria generada por la tecnología genética, y algunos sucedáneos como los transgénicos, nuestros países confían en que otras naciones les solucionen los problemas que ellos en vez de resolver, han entrampado. Por eso, en vez de ir a lamentarnos a las cumbres internacionales, debemos asesorar a los campesinos para que asimilen los cambios que han revolucionado la tecnología agraria elevando la producción de alimentos para beneficio de la población.
*Corresponsal de la agencia AIPE.
(c) www.aipenet.com
No se conocen todavía los resultados de la reunión en Roma, pero el ausentismo mayoritario de los países desarrollados es interpretado como una forma de evasión de los compromisos asumidos en la primera cumbre mundial.
Ahora bien. Si poco es lo que puede esperarse de la ayuda internacional es pertinente preguntar qué han hecho o no han hecho para elevar su producción de alimentos, los mismos países emergentes.
En esa perspectiva hay que admitir que numerosos países latinoamericanos han perdido tiempo valioso en reformas agrarias eminentemente políticas, más interesadas en disolver la concentración de la propiedad agrícola que en la extensión del mejoramiento de su tecnología. México, después de cerca de un siglo del movimiento revolucionario de tipo agrario, tiene zonas del sur, como Chiapas, de pobre rendimiento agrícola por la erosión de suelos, ausencia de maquinaria agrícola, mal uso de plaguicidas y primitivas técnicas de producción.
Algo análogo sucede en Bolivia, Perú, Ecuador, países en los que una reforma agraria politizada ha empobrecido mucho más a los campesinos casi por las mismas causas de la reforma mexicana.
De espaldas a la auténtica revolución agraria generada por la tecnología genética, y algunos sucedáneos como los transgénicos, nuestros países confían en que otras naciones les solucionen los problemas que ellos en vez de resolver, han entrampado. Por eso, en vez de ir a lamentarnos a las cumbres internacionales, debemos asesorar a los campesinos para que asimilen los cambios que han revolucionado la tecnología agraria elevando la producción de alimentos para beneficio de la población.
*Corresponsal de la agencia AIPE.
(c) www.aipenet.com