La frontera
La frontera colombo-panameña es álgida, al margen de la ley, donde la soberanía no es cosa que preocupe a muchos de los que allí viven; donde lo que cuenta es la supervivencia, el modus vivendi es adaptado a circunstancias del momento y hay una lealtad veleidosa, como bien expresa una anécdota de la Guerra de los Mil Días, de principios de la República, en el cuento “Bueno es culantro, pero no tanto”, donde los alzados en armas de uno y otro bando insistían en preguntar a un chinito tendero hacia qué bando dirigía su lealtad, y éste, al recibir palos de parte y parte, optó por decir la frase célebre: “li tú plimelo”. Eso es lo que ocurre hoy día en esta frontera entre Panamá y Colombia que está a la buena de Dios, donde penetran guerrilleros, narcotraficantes, coyotes y víctimas. Las autoridades nacionales se empeñan en negar la situación, tal vez por miedo a tomar acciones ante la incapacidad manifiesta de nuestra Policía para enfrentar a un ejército irregular curtido en combate. Cosa que el resto de los panameños tampoco deseamos que ocurra. Pero, el que las autoridades nieguen el problema, no es más que una actitud similar a la creencia de que el avestruz hunde la cabeza en la tierra ente el peligro.
Ya sabemos del incidente reciente en la frontera entre Colombia y Ecuador, donde se produjo la muerte de un alto capo de las FARC y se detectó posible complicidad de autoridades ecuatorianas para permitir el santuario guerrillero en ese país. Otro tanto parece ocurrir en Venezuela, donde su megalómano gobernante ha ordenado un despliegue militar para proteger su frontera de incursiones del gobierno colombiano, situación que contrasta con su permisividad de actividades de la guerrilla. Lo agresivo del tono del presidente venezolano ha puesto en el tapete la posible protección encubierta que éste da a los guerrilleros. Hay quienes piensan que los liberados por su intermediación no es producto de la buena voluntad de las FARC, sino de acuerdos financieros para permitir a la “caricatura de Bolívar” ser el protagonista de los hechos.
Estas situaciones dramáticas deben alentarnos a buscar una solución que no nos haga incurrir en costos imposibles de financiar, sin afectar el presupuesto de otras regiones, y evitar en lo posible el peligro para nuestros policías y los habitantes del área. Hay que hacer esfuerzos para mantener ese conflicto fuera de nuestras fronteras. Para ello, se necesita una fuerza disuasora que controle la situación, y sólo una nación puede brindarnos ayuda en ese sentido: Estados Unidos, ya que esta área es el puente de los indocumentados y drogas que van hacia el Norte del continente, y bien podrían cubrir los costos de esta operación de seguridad y, conjuntamente, brindar alternativas de estabilidad y progreso a Darién, antes que la situación se torne irreversible.