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La globalización solidaria y social es la solución


Muchos eventos ocurridos en los últimos meses me han influenciado a escribir este artículo. El 11 de septiembre, el intento de golpe de estado en Venezuela, la crisis del Medio Oriente, la amenaza de la extrema derecha xenófoba y antisemita (Le Pen en Francia); la crisis de Argentina, la hambruna en África y Centroamérica, en fin aquí paro porque me tocaría entristecerlos. En todas estas regiones de una u otra forma se les ha presentado como forma de salvación económica la globalización. Personalmente creo que esa globalización no puede ser justa, si el mercado no está al servicio del ciudadano. El interés de dirigir los esfuerzos económicos hacia una globalización debe ser conducente a la creación de una comunidad planetaria de consumo y producción. Hasta aquí viva la globalización, pero ¿por qué no globalizamos la solidaridad internacional? De esta forma evitaríamos que los improvisados políticos y los apredinces de brujo tildaran a la sociedad capitalista como la anarquía económica engendradora de los males que aquejan a todas las sociedades del mundo, como ejemplos de ellos los encontramos en el inicio de esta narración.
Comerciar con los demás, producir, exportar, importar, investigar, y desarrollar, no solamente deben ser las diligencias inherentes del proceso globalizador, sino también la felicidad del mismo. Entonces, ¿qué hace falta? En mi opinión, lo principal, una dosis de altruismo, pero no sólo personal sino también de los Estados más ricos.
111En primer lugar, hace falta un debate universal y no regionalista, con ausencia de resignación al mal reparto de la riqueza, no sólo material, sino también tecnológica y cultural.
En la relación de trabajo, si los empleadores y empleados procuran entenderse unos con otros, allí se obedecerá la ley de la productividad, siempre y cuando el resarcimiento laboral deje de ser una recompensa para satisfacer las necesidades mínimas. Solución, sencilla de decir difícil de implementar, hay que buscar una relación laboral basada en el valor de lo que se produce porque de esta manera el empleado consumirá más y entonces observaremos un verdadero capitalismo social, que no será antinomia. O acaso, ¿un trabajador mal pagado o un desempleado es un mercado rentable? Claro que no, y además esto traería como consecuencia una producción y globalización de mercancía restringida. ¿Por qué hay que hacer esto? Porque cada época tiene su respuesta, y en nuestra época no la hemos encontrado todavía.
De los efectos de la globalización en lo interno pasemos a la arena internacional. Si no queremos ser testigos de desajustes sociales, una especie de "aberratio ictus" (error en el golpe), como los anteriormente señalados, y con el objeto de que la globalización sea duradera como el arte; estoy convencido que ha llegado el momento de replantearse la forma de globalizarse. En primer lugar, hace falta un debate universal y no regionalista, con ausencia de resignación al mal reparto de la riqueza, no sólo material, sino también tecnológica y cultural. ¿Cómo el mundo globalizado conseguirá esto? Con la educación como eje transformador del ser humano; aceptando la diversidad del ser humano como patrimonio compartido porque el mestizaje es vigoroso, racial y culturalmente; con una renovación de las democracias occidentales que los libere de compromisos porcentuales del PIB como contribución a la lucha contra la pobreza del planeta y que los libere de su interiorización; con ofertas políticas que no estén inspiradas únicamente en el pragmatismo político; con acceso de los países más pobres a la tecnología, porque la fuente de poder y prosperidad no está ya vinculada a territorios sino a los avances tecnológicos, informáticos, y científicos; con los avances tecnológicos que den respuesta al problema del medio ambiente; y sobre todo, basando la paz y la prosperidad del mundo en una relación de derecho internacional de solidaridad mundial como respuesta coherente para evitar los desarregles de la sociedad. Todo esto para que el hombre y la mujer de la sociedad globalizada pierdan el sentimiento de debilidad.
¿Por qué hay que reevaluar la forma de la globalización? Porque en una economía global sin ausencia de reglas justas los países más poderosos imponen impuestos para proteger a su producción; porque los capitales internacionales se convierten, según Felipe González, en una especie de casinos internacionales; porque los países más pobres por alguna razón, y hasta a lo mejor no es culpa de la globalización si no de su forma, son más pobres. ¿Y después qué? Todo esto crea un problema de gobernabilidad en el ámbito mundial, porque la política y los planes de gobierno se hacen localmente, nacionalmente, y por el contrario, la economía y el sistema financiero se hacen globalmente.
¿Cómo logramos aproximarnos a la solución? Lo más seguros es que mi generación no la vea, pero hay que empezar ya porque cada oportunidad perdida es una probabilidad de fracaso en el futuro. Parte de la solución estará en el papel que jueguen los medios informativos en todo el mundo, que deberán tratar de evitar la carencia de espontaneidad en la solidaridad internacional actual, porque para ellos no es dramáticamente lo mismo un hecho que otro, aunque en ambos se pierdan vidas, ya que ellos seleccionan lo que es conmovedor.
Para que la globalización verdaderamente funcione tiene que someterse a un cambio esencial; de alguna manera debe convertirse en una norma "jus cogens", que obligue a todos los países a compartir los beneficios globalizados de las actividades globalizadas.
Hoy más que nunca cabe destacar las palabras de Willy Brandt en el congreso de la internacional socialista de 1992 llevado a cabo en Berlín: " Nuestra época contemporánea, como ninguna anterior, entraña muchas posibilidades, tanto para bien como para mal; nada se hace solo y pocas cosas duran siempre, por eso recordad vuestra fuerza y que cada época requiere su propia respuesta ". Si el remedio no es encontrado, esperemos más males porque el mayor innovador es el tiempo, y una época nos puede hacer desgraciados para siempre.

101 años de Panamá América

 
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