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La globalización y el malabarismo


El tema de la globalización, más bien la apertura de los mercados, fue concebida por algunos idealistas o economistas que pisaron el terreno movedizo de una teoría cierta, pero tal vez impráctica. La globalización buscó y sigue buscando el dar mejores productos a mejores precios, a los habitantes de los países. En otras palabras, abaratar el costo de la vida, pero en realidad hasta ahora no lo ha conseguido sencillamente porque la globalización en términos generales lo que ha logrado es empobrecer más a los países pobres y limitar su capacidad de compra.
En días pasados leí el excelente libro de Jorge Ramos, periodista mexicano, titulado "A la caza del león", donde narra sus encuentros con los presidentes Bush, Fox, Chávez y una serie de prominentes figuras del continente. Jorge Ramos, quien trabaja en Univisión y además escribe con mucha regularidad en varios prestigiosos periódicos del continente, dedica en su libro un capítulo entero al tema de la globalización. Bien dice él que el “Talón de Aquiles” de la globalización es el desempleo, pero también sostiene, con sobrada razón, que a pesar de que éste es un sistema lleno de imperfecciones tenemos que aceptar que es el único que hay. Los países pequeños como los nuestros están ante un dilema que no tiene solución a corto plazo. Abren sus mercados, como lo están haciendo, con el peligro de seguir aumentando el desempleo o se convierten en una isla cerrando sus fronteras y dándoles la espalda a la realidad económica que el mundo está viviendo. Recientemente, Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, dio muestras muy duras de que sus intereses están por encima de cualquier limitación que la apertura de los mercados le impongan. Ante esta situación egoísta, criticable, injusta, pero cierta, Ramos decía que por ahora la actitud más inteligente, y buscando un balance para nuestros países pobres, era la de actuar como el “malabarista”. Ramos no es economista, pero es un hombre práctico, que recoge los efectos que produce la globalización en el hemisferio; esa es su profesión y lo hace muy bien.
Es posible, deseable y conveniente el que las naciones más afectadas por la globalización, que como concepto ella tiene toda la razón de ser, pero que en la realidad ha sido todo lo contrario de lo que se perseguía, deben luchar para dilatar el proceso de apertura e ir buscando medidas intermediarias que logren, en parte, un mejor equilibrio para incrementar la capacidad de compra de los habitantes de todos los países del orbe y mejorar consecuentemente su nivel de vida. Esto que parece un callejón sin salida hará explosión en cualquier momento provocando un mayor descalabro en las economías de muchos países (los pequeños) y le abriría, de producirse, el camino para que demagogos populistas enfoquen sus ataques contra lo que ellos llaman el “capitalismo salvaje” (que algunos empresarios retrógrados justifican con sus actuaciones el término como banderas para llegar al poder), sin tomar en cuenta que no es con el ataque destructivo como se resuelven las crisis sino con la unidad de las inteligencias y de los esfuerzos de toda nación para encontrar fórmulas de convivencia dentro de un mundo que se agita en un sistema económico que no ha traído beneficios para los pobres, pero que no tiene otro; es decir, se adapta uno a la globalización y juega al “malabarista” o sencillamente se queda a merced de la dádiva generosa o a los mendrugos que nos den quienes mayor provecho y beneficio obtienen de la globalización que ellos mismos inventaron.
Entonces, ¿qué puede hacer Sudáfrica para evitar convertirse en otra Zimbabwe? Desde que Nelson Mandela accedió a la presidencia en 1994, la moneda sudafricana se ha devaluado de 3 rands por dólar a 11 hoy. La principal razón ha sido el riesgo político.
Esos dos países son diferentes en varios aspectos. Por ejemplo, Sudáfrica tiene un gran y sofisticado sector agrícola que produce azúcar, mangos, nueces, naranjas y otras frutas en gran escala, exportando en temporada de invierno a Europa y Estados Unidos. Zimbabwe depende casi enteramente del tabaco. Pero los problemas de las tierras son los mismos en ambos países porque las más fértiles están en manos de hacendados blancos. Además, Sudáfrica ha hecho muy poco por entrenar a su población negra. Y para Sudáfrica la tierra es importante, pero el agua es crucial.
Una distribución equitativa del agua es difícil; muchos de los ríos se secan en invierno. Y las soluciones de mercado respecto a los derechos sobre el agua son ignoradas por los políticos y funcionarios, quienes quieren mantener su poder sobre las decisiones en la distribución del agua.
La actual situación es insostenible. El desempleo en Sudáfrica se acerca al 50% en algunas regiones. Sin un programa de tenencia de tierras y asignación de derechos sobre el agua, una revuelta popular puede producir reacciones a lo Mugabe y la invasión de tierras. A menos que Sudáfrica aprenda de los terribles errores cometidos en Zimbabwe, se va a repetir la triste historia en sus zonas rurales.
*Director del International Policy Institute y coautor de The Cost of Free Water.
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