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La gran aventura: conducir en la capital


Mientras nuestros insignes gobernantes se disputan la escogencia de sus respectivos proyectos mascotas de solución del problema de transporte masivo urbano, el "tren perico ligero", por un lado y el bus articulado, por el otro; manejar en esta ciudad continúa siendo una aventura, cada día más peligrosa. Urge que decidan y tomen medidas serias y concretas pronto. El último intento de "modernizar" y disciplinar el transporte colectivo fue un engaño más.
La ausencia de soluciones reales al problema de transporte masivo de nuestra urbe nace de la falta de valentía política para romper la "rosca" que controla ese negocio disfrazados bajo el ropaje de líderes sindicales. Es tan simple como eso. Es un secreto a gritos. Todos los intentos de resolver esta situación se esfuman ante el chantaje político, amenazas de huelgas y disturbios callejeros. Sigo insistiendo en que el ciudadano que tenga las hormonas para cortar el nudo gordiano de intereses creados alrededor del negociado que es el transporte colectivo, tiene asegurada la Presidencia de la República.
Nuestra área metropolitana merece un sistema de transporte masivo apropiado para su creciente población urbana y extensión territorial. El sistema actual basados en taxis, legítimos y piratas, y buses escolares de segunda mano convertidos en "diablos rojos", no es la solución, aun "modernizándolos". No hay opción, urge cambiar ese sistema inadecuado. Tanto el tren "perico ligero" como los buses articulados son propuestas de solución en la dirección correcta. Sólo basta decidir cuál de las dos es la más adecuada para nuestras condiciones. Ruego a Dios sea pronto.
El simple hecho de que los residentes y visitantes de esta ciudad no contemos con un sistema de transporte moderno de acuerdo a las necesidades de una sociedad de siglo XXI, aparte de representar un monumento al desprecio que nos tienen nuestros políticos, origina una serie de efectos colaterales negativos que complican aún más el problema.
La falta de un buen transporte público obliga a la población a desviar sus limitados recursos a poseer sus propios vehículos. Esto no sólo contribuye a congestionar nuestras calles, sino también hace que aumente el número de vehículos en mal estado. Basta con ver la notable cantidad de autos destartalados de servicio público y uso privado que pululan nuestras vías, constituyendo un riesgo físico para sus conductores y terceros, para corroborar lo antedicho.
Si añadimos la ausencia absoluta de educación y cortesía vial; la carencia notoria de parques de estacionamientos; la ausencia de respeto al derecho de los peatones; la actitud generalmente laxa de las autoridades de tránsito con el resultado obvio de que no existe temor en el conductor a las consecuencias resultantes de su irrespeto a la Ley y a su mala conducta, comprenderemos mejor por qué manejar en Panamá se torna en una aventura peligrosa. Tanto así que considero más seguro conducir en Roma y ciudad de México, globalmente famosas por lo arriesgado que es su tráfico vehicular.
111 La falta de un buen transporte público obliga a la población a desviar sus limitados recursos a poseer sus propios vehículos.
Yo apunto a la falta de coraje político para resolver un problema cuya solución no requiere la mente brillante de un John Nash o Albert Eistein para resolverlo. La situación que crea la estructura actual de poder en el sector transporte es el Génesis de todos los males antes expuestos.
Lo irónico de todo lo anterior es que una vez la masa urbana perciba que existe la valentía y voluntad para resolver el problema, quien lo haga contará, sin duda alguna, con el amplio soporte de una población cansada de estar sometida al chantaje de un grupo pequeño de malos panameños. Vuelvo a insistir, quien resuelva con buenos resultados y transparencia el problema del transporte urbano metropolitano tendrá asegurada la Presidencia de la República.

101 años de Panamá América

 
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