La guerra contra el paso elevado
Observando una de estas madrugadas a un puñado de activistas que, cansados y somnolientos, bandera y pancartas en mano, pernoctaban a la intemperie, al pie del relleno que se construye frente al Multicentro en Avenida Balboa, mientras a pocos metros, pesados camiones derramaban toneladas de enormes rocas, recordábamos nostálgicos cómo décadas atrás perdimos para siempre el bello malecón.
La estatua de Balboa se alzó siempre impresionante al pie del bello paseo, como invicto guardián, espada en mano, de aquella hermosa vista del océano que él había descubierto aquel 25 de septiembre de 1513. A mediados de este mes se cumplirá 490 años del trascendental acontecimiento. Lo que siguió es historia. La construcción del primer canal a través de Cruces y Chagres, el ferrocarril, la malhadada aventura de De Lesseps, y el Canal inaugurado en 1914. Otras bellas edificaciones contribuyeron desde inicios y mediados de siglo pasado a resaltar armónicamente aquella singular belleza.
La visión urbanista de Belisario Porras, que procuró que la avenida se convirtiera en un elegante paseo de embajadas, parecido al barrio del mismo nombre de la capital norteamericana, contribuyó a enaltecer su hermosura. El construyó allí su criticado Hospital Santo Tomás, y propició la edificación de la embajada británica, la embajada norteamericana, la embajada de Libia, la mansión Linares y otros elegantes edificios. Poco después, se erigió un jardín, en un complejo elevado rocoso bañado por la playa. Se le llamó Paseo Anayansi, el cual evocaba la leyenda del tórrido romance entre una joven indígena y el descubridor de aquel océano. También se le dotó de un amplio parque, el Urracá, luego sumido en el abandono, convertido en un refugio de pordioseros.
Pero la perdimos hace mucho tiempo. La primera estaca mortal la infligió el Club de Yates y Pesca, una serie de horrorosos galerones donde se guardan lanchas. Después fue la mala planificación urbana, que permitió la construcción de edificaciones que reñían con su entorno y, de último, el Miramar. Allí lo perdimos todo, no ahora con el puente, que lo que hace es facilitar algo del tránsito.
Los inversionistas no tienen la culpa. La tenemos y tuvimos nosotros desde hace tiempo. Ahora, es tarde. Que nos sirva la experiencia para que defendamos más nuestro entorno urbanístico y medioambiental.
La estatua de Balboa se alzó siempre impresionante al pie del bello paseo, como invicto guardián, espada en mano, de aquella hermosa vista del océano que él había descubierto aquel 25 de septiembre de 1513. A mediados de este mes se cumplirá 490 años del trascendental acontecimiento. Lo que siguió es historia. La construcción del primer canal a través de Cruces y Chagres, el ferrocarril, la malhadada aventura de De Lesseps, y el Canal inaugurado en 1914. Otras bellas edificaciones contribuyeron desde inicios y mediados de siglo pasado a resaltar armónicamente aquella singular belleza.
La visión urbanista de Belisario Porras, que procuró que la avenida se convirtiera en un elegante paseo de embajadas, parecido al barrio del mismo nombre de la capital norteamericana, contribuyó a enaltecer su hermosura. El construyó allí su criticado Hospital Santo Tomás, y propició la edificación de la embajada británica, la embajada norteamericana, la embajada de Libia, la mansión Linares y otros elegantes edificios. Poco después, se erigió un jardín, en un complejo elevado rocoso bañado por la playa. Se le llamó Paseo Anayansi, el cual evocaba la leyenda del tórrido romance entre una joven indígena y el descubridor de aquel océano. También se le dotó de un amplio parque, el Urracá, luego sumido en el abandono, convertido en un refugio de pordioseros.
Pero la perdimos hace mucho tiempo. La primera estaca mortal la infligió el Club de Yates y Pesca, una serie de horrorosos galerones donde se guardan lanchas. Después fue la mala planificación urbana, que permitió la construcción de edificaciones que reñían con su entorno y, de último, el Miramar. Allí lo perdimos todo, no ahora con el puente, que lo que hace es facilitar algo del tránsito.
Los inversionistas no tienen la culpa. La tenemos y tuvimos nosotros desde hace tiempo. Ahora, es tarde. Que nos sirva la experiencia para que defendamos más nuestro entorno urbanístico y medioambiental.