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La Guerra de los 3,000 días


EN LOS albores de la República, la guerra civil colombiana entre conservadores y liberales, (para los etiquetadores de la Historia, derechistas e izquierdistas, azules y rojos.) duró mil días, tal vez fue el acontecimiento bélico que derramó más sangre panameña, entre ella la del cholo Victoriano Lorenzo, de cuyo crimen acaba de pasar desapercibido otro aniversario. Recuerdo a mi maestro de sexto grado y sus clases de historia. La enseñaba sabrosa, como un cuenta cuentos y referente al Canal decía: antes de 1903 la historia panameña era la de América: la independencia, la república, la lucha contra la injusticia, la pobreza, la mala salud y la educación pública, entonces casi inexistente. Después de 1903 los panameños tuvimos otra religión: el Canal.
Después de lo que presencié anoche, esa religión puede convertirse en la "guerra" de los tres mil días, tiempo que supuestamente durará la construcción del nuevo Canal paralelo. Asistí a la reunión de ILDEA donde un equipo de la ACP debiera haber sustentado mejor las razones por las cuales se debe ampliar el Canal y otro que opinó exactamente lo contrario pero con igual intrascendencia. La concurrencia fue extraordinaria en número y en calidad, desgraciadamente no se la supo aprovechar. Los organizadores y en especial el moderador, fallaron en el esquema de la presentación. No se le dio igual tiempo a los expositores ni se reglamentó la discusión entre ellos. Tampoco se le permitió al público hacer preguntas. Fuimos meros convidados de piedra.
Las expectativas acerca de un debate de altura, a profundidad, mesurado y respetuoso no se cumplieron de parte y parte. La presentación de los representantes de la ACP, muy bien apoyados en diagramas animados y diapositivas de extraordinaria artesanía publicitaria, no fue aprovechada por una sencilla razón: desestimaron la capacidad del público y hasta se llegó a decir que no se darían cifras porque éstas no eran de su interés (ing. eléctrico José Barrios Ng). Esa forma altanera e irrespetuosa fue sostenida y mejorada a lo largo de su discurso, hecho y dicho para el púlpito. Con una oratoria altisonante, al mejor estilo evangélico o demagógico, trató de convencernos, no por persuasión racional, sino por hipnosis colectiva, que el proyecto de la ACP no sólo es bueno, también es bonito y barato. El ing. Rafael Sabonge arrancó muy bien pero terminó como su compañero, alabando los lemas neoliberales de los beneficios del libre mercado y de la globalización (no dijo que también se globaliza el terrorismo y la tortura) y al final, en otra desproporcionada perorata argumental, aconsejó que debiéramos seguir el ejemplo de la China poscomunista y precapitalista, primera exportadora de chinos, buena fabricante de capital y mala administradora de libertades civiles.
El arquitecto Francisco Míguez, luego de burlarse de mi colega el neurocirujano Dr. Holder, -otro asombrado que en nuestro país un arquitecto y un médico opinen, como ciudadanos libres e inteligentes, sobre un tema en apariencia lejano a sus profesiones- realizó una somera reflexión de lo que la ACP en el folleto publicado había explicado ya con más claridad. Este señor fue el mismo que en la UP dijo que el canal no debía ser financiado por sus usuarios (El Panamá América, 11 de mayo de 2006). Mi colega presentó una moción más superficial todavía, en una lenta disertación más propicia para una charla de café que para un debate público. El economista profesor Roberto Méndez señaló cosas interesantes pero su estilo combativo, mezclado con algunas aparentes incorrecciones que no pudo rebatir a fondo, lo dejaron en una débil posición final. Incluso en ciertos momentos fue irreverente con sus contrincantes de la ACP y a mi modo de ver, fue más allá de lo que un catedrático se puede permitir, sin tener luego que abochornarse.
Solamente el sociólogo Prof. Marcos Gandásegui dio la única nota de mesura y originalidad. Demostró que sin una política planificada cualquier proyecto, por más brillante que sea o por mejor ejecutado que esté no puede producir ningún beneficio a la población porque carecemos, desde hace muchos años, de gobiernos con criterio de planificación política seria; con argumentos convincentes, basados en la lógica simple y práctica de la gente común, la de la calle, de la mayoría que vota, desmenuzó las debilidades políticas del gobierno actual y de los anteriores, pasando por los grupos sociales dominantes de nuestra historia hasta recalar en el de hoy, anclado en la nueva corriente ideológica de la economía de la avaricia, preocupada más por lograr un enriquecimiento sin fin, que por la utilización socialmente responsable de sus beneficios. También puso en evidencia una afirmación del señor Barrios Ng que disgustó incluso a algunos de la barra de la ACP, es decir, la de sus empleados que en buen número, bien alineados, se hicieron presente. Lamentablemente para él, puso la cereza de la curumbita, cuando afirmó a voz en cuello que el Canal había que verlo como un negocio porque: "Es una fábrica de hacer dinero" (sic).
Desgraciadamente mi conclusión y la de muchos de mis amigos que no están prejuiciados por sus preferencias políticas, ni por ninguna de las banderas de las dos tendencias y sí muy preocupados por el riesgo futuro del rumbo que ha de tomar de ahora en más el país en muchos años, nos quedamos en ascuas. En el ambiente quedó flotando un clima de insatisfacción, de tensión no resuelta, de enfrentamiento.
Que para los panameños el tema del Canal sea un acto de fe y el Canal mismo su religión, no debiera ser motivo de desunión, sino todo lo contrario. Si es tratado públicamente con la seriedad y el respeto que la ciudadanía merece, sin prejuicios peyorativos, con la mayor profundidad de la que el disertante sea capaz y controlado por reglas parlamentarias, este tipo de actividad es una necesidad que a la gente le urge tener. Si el gobierno ejerce su autoridad moderadora y no tendenciosa, estos debates públicos deben servir para unirnos en pos de un destino común más feliz, justo e integrador. Pero si como dijo el señor Barrios Ng de la ACP, el Canal va a ser una fábrica de hacer plata y no un recurso integrado a la sociedad, el gobierno tendrá entonces que preocuparse para que ese dinero sea invertido solidariamente, en beneficio de todos los panameños y no como hasta ahora, donde el 20% más rico tiene el 80% de los bienes y que sólo ha servido para alimentar burbujas de inversiones inflacionarias, tan pasajeras y volátiles como golondrinas de verano. Escuchemos bien, sin mentalidad de barra deportiva, lo que nos advirtió el profesor Gandásegui: si los miles de millones prometidos por la ACP no van a mejorar la calidad de vida de todos sus accionistas, los panameños: habrá violencia y eso no es lo que el dinero del Canal debe producir. Mal que les pese a quienes en la ACP y en el gobierno ven al mundo y al Canal como un tema exclusivamente financiero.
(drjcal@psi.net.pa)
Dijo que las personas no están de acuerdo con el estudio de impacto ambiental y que la situación está en la clasificación de uso de las tierras, ya que no se trata de un barrio, sino de un área comercial.
El terreno donde se construye la gasolinera le costó B/. 300 mil c al promotor de la gasolinera GASOIL Panamá S.A.
El área de la gasolinera será de 1.045.31 metros cuadrados y el estudio de impacto ambiental fue aceptado por la ANAM, en la categoría 1.

101 años de Panamá América

 
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