La guerra y la paz en el Medio Oriente
Mientras la Cumbre Arabe reunida en Beirut aprobaba el plan saudita del Medio Oriente, el Primer Ministro Ariel Sharon declaraba la guerra a la Autoridad Nacional Palestina y recluía a Yasser Arafat, en oficinas rodeadas de tanques, sin teléfono ni agua potable.
Las contradicciones entre la diplomacia y las acciones militares siguen caracterizando la situación del Medio Oriente, donde las acciones suicidas de kamikazes palestinos radicalizaron el belicismo desproporcionado del gobierno de Sharon. Concentrado en la lucha contra el terrorismo de los suicidas palestinos, Sharon no se quita las anteojeras que le impiden observar el contexto geopolítico del viejo conflicto. Ante la dimensión de las acciones militares y la reclusión en que mantiene a Arafat, algunos observadores internacionales conceptúan que la estrategia de Sharon es eliminar a los líderes palestinos, sin distinguir entre moderados y radicales, y, consiguientemente, anular la posibilidad de existencia de un Estado palestino independiente.
La visión unilateral del conflicto impide que el gobierno israelita evalúe la propuesta de la Cumbre Arabe y la examine en profundidad. En cierta manera, la propuesta combina antiguas reclamaciones como la devolución de las alturas del Golán de Siria y la autorización para el retorno de los palestinos que residen en Jordania y el Líbano, y naturalmente el retiro israelita de los territorios ocupados. Pero lo novedoso y constructivo de la propuesta de la Cumbre Arabe es el ofrecimiento del establecimiento de relaciones diplomáticas entre los países musulmanes del Medio Oriente e Israel, algo que los políticos hebreos han ambicionado desde la Declaración Balfour. La declaración de la Cumbre Arabe trasunta el trabajo diplomático de los estados moderados como Arabia Saudita para aplacar a los estados radicales (Siria, Irak) y así obtener un consenso proclive al entendimiento diplomático con Israel, postura rechazada en bloque desde la fundación de Israel por todos los países árabes.
No queda duda que Sharon tiene como primera prioridad en estos momentos la seguridad de los ciudadanos israelitas expuestos al estallido de un explosivo violento en un restaurante, un bus o un supermercado. Pero lo discutible es que Sharon combate la violencia con la violencia, pues al accionar de los suicidas cargados de dinamita responde con helicópteros artillados y tanques que exterminan palestinos. Los acontecimientos muestran que las represalias hebreas excitan más a los fanáticos palestinos.
Y de esa manera la violencia sigue un círculo vicioso interminable. Y la paz se aleja y la guerra se encarniza en el Medio Oriente.
En esas condiciones, es muy difícil considerar que Monterrey fue éxito, y todavía más difícil estimar que habrá avances significativos en el corto plazo. La meta del desarrollo parece seguir tan elusiva como antes.
Los líderes del mundo subdesarrollado que como la presidenta Moscoso aprovecharon esa tribuna para marcar nuestras insatisfacciones y reclamar tratos más justos hicieron muy bien. Lo que necesitamos es un balance equitativo entre los países ricos y los pobres, construido sobre bases más solidarias. Eso era importante decirlo, pero será más importante que nos concentremos para demandarlo. De lo contrario pocos resultados veremos cuando se convoque a la conferencia que ya se ha denominado Monterrey + 5.
Las contradicciones entre la diplomacia y las acciones militares siguen caracterizando la situación del Medio Oriente, donde las acciones suicidas de kamikazes palestinos radicalizaron el belicismo desproporcionado del gobierno de Sharon. Concentrado en la lucha contra el terrorismo de los suicidas palestinos, Sharon no se quita las anteojeras que le impiden observar el contexto geopolítico del viejo conflicto. Ante la dimensión de las acciones militares y la reclusión en que mantiene a Arafat, algunos observadores internacionales conceptúan que la estrategia de Sharon es eliminar a los líderes palestinos, sin distinguir entre moderados y radicales, y, consiguientemente, anular la posibilidad de existencia de un Estado palestino independiente.
La visión unilateral del conflicto impide que el gobierno israelita evalúe la propuesta de la Cumbre Arabe y la examine en profundidad. En cierta manera, la propuesta combina antiguas reclamaciones como la devolución de las alturas del Golán de Siria y la autorización para el retorno de los palestinos que residen en Jordania y el Líbano, y naturalmente el retiro israelita de los territorios ocupados. Pero lo novedoso y constructivo de la propuesta de la Cumbre Arabe es el ofrecimiento del establecimiento de relaciones diplomáticas entre los países musulmanes del Medio Oriente e Israel, algo que los políticos hebreos han ambicionado desde la Declaración Balfour. La declaración de la Cumbre Arabe trasunta el trabajo diplomático de los estados moderados como Arabia Saudita para aplacar a los estados radicales (Siria, Irak) y así obtener un consenso proclive al entendimiento diplomático con Israel, postura rechazada en bloque desde la fundación de Israel por todos los países árabes.
No queda duda que Sharon tiene como primera prioridad en estos momentos la seguridad de los ciudadanos israelitas expuestos al estallido de un explosivo violento en un restaurante, un bus o un supermercado. Pero lo discutible es que Sharon combate la violencia con la violencia, pues al accionar de los suicidas cargados de dinamita responde con helicópteros artillados y tanques que exterminan palestinos. Los acontecimientos muestran que las represalias hebreas excitan más a los fanáticos palestinos.
Y de esa manera la violencia sigue un círculo vicioso interminable. Y la paz se aleja y la guerra se encarniza en el Medio Oriente.
En esas condiciones, es muy difícil considerar que Monterrey fue éxito, y todavía más difícil estimar que habrá avances significativos en el corto plazo. La meta del desarrollo parece seguir tan elusiva como antes.
Los líderes del mundo subdesarrollado que como la presidenta Moscoso aprovecharon esa tribuna para marcar nuestras insatisfacciones y reclamar tratos más justos hicieron muy bien. Lo que necesitamos es un balance equitativo entre los países ricos y los pobres, construido sobre bases más solidarias. Eso era importante decirlo, pero será más importante que nos concentremos para demandarlo. De lo contrario pocos resultados veremos cuando se convoque a la conferencia que ya se ha denominado Monterrey + 5.