La hija de su papá
"Para nadie es un secreto que mis sentimientos hacia La Prensa son como de un padre para una hija". He aquí la clave de la desviación progresiva de La Prensa del ideal que la guió en la lucha por la democracia hacia su conducta ambivalente y cuestionada hoy en día: el conflicto interno entre el espíritu del "diario libre de Panamá" y el espíritu de "la hija de su papá", quien la define como "un diario dominante" que el día que deje de "ser controversia" dejará de cumplir con su misión. Como si esa fuera su misión, más que informar. Y para ello se torna parcial, injusta, obsesiva y desequilibrada. La hija a imagen y semejanza de los prejuicios de su papá.
Participé en el grupo de cinco que, bajo la dictadura, la creamos. Me creí el cuento de que no tenía dueño, por la distribución del capital accionario. Pronto me di cuenta que los directores fueron escogidos no por la Junta Directiva, sino por quien se autocalifica de papá. Como entonces intentaba crear también un partido político, los escogía de entre sus copartidarios. Luego me di cuenta que la Junta Directiva en nada influía sobre la línea editorial. El la decidía. Pagábamos lo normal por la publicidad de nuestras organizaciones, pero él obtenía condiciones especiales para sus empresas. En las asambleas de accionistas, los poderes que numerosos accionistas delegaban en la administración, él los ejercía. Por lo menos una vez hizo registrar los poderes a su favor en las oficinas administrativas de La Prensa sin presencia de accionistas disidentes, mientras a los demás se les exigía que los registraran en el lugar de la Asamblea y a su inicio, para prevenir cualquier fraude. Por sí y ante sí escogía a los candidatos para nuevos miembros de la Junta Directiva y decidía a quienes se cambiaba por ser demasiado independientes de criterio. Pienso en un connotado constitucionalista y en un destacado economista. Pero cuando la dictadura cerró La Prensa y sus trabajadores quedaron en el aire, otros tratamos de ocuparnos de ellos, pero él los había abandonado y se quedó en Miami hasta que pasó el peligro.
Mientras la lucha fue entre el bien y el mal, frente a la dictadura, y su predomino no fue total, el ideal original que él contribuyó a definir se mantuvo vivo. Pero cuando la democracia se estableció, las opciones se tornaron opinables. Se requería una buena dosis de auto-crítica y de mesura, no solamente de denuncia sistemática y de apasionamiento unilateral. Su predominio se hizo excluyente. No hay duda, el papá ejerció su patria potestad para que su hija se pareciera a él y a él sólo le sirviera.
Pero, nunca se satisfizo con la creación de La Prensa. Se veía como un zar de las comunicaciones. Para apabullar a la competencia ideó los contratos de publicidad a precios especiales por no anunciar en un medio competidor. Quiso usar los recursos de La Prensa para establecer un tabloide y adquirir una radio y una televisora. Porque otros integraron una empresa con varios medios audiovisuales, lo que socava su condición de único potentado de la información, el diario recurrió al "periodismo investigativo" en su contra, es decir recurrió a quien él califica como "uno de los mejores periodistas investigativos del continente", pero que a veces carece de la más elemental seriedad. Se adjudicó un alter ego de pensador y filántropo, propiciando organizaciones que él jefatura gracias al poder y probablemente a los otros recursos de La Prensa. Puesto que él era excepcional, su hija sería única.
La desviación del diario se fue acentuando. Cuando se desmanteló lo que quedaba de las Fuerzas de Defensa y se desmilitarizó la seguridad pública, denunció esta obra inmisericordemente, a través de La Prensa. En su afán contra esta labor, arremetió calumniosamente contra uno de los oficiales que más hizo por implementar la desmilitarización. E incluso llegó a celebrar una reunión donde el tópico fue cómo acabar políticamente con lo que se realizaba, aunque cometió el error de invitar a la misma a un ahijado mío. Pero tan pronto cesé en mis funciones de Ministro de Gobierno y Justicia, ni él ni La Prensa se volvieron a ocupar de la política de seguridad pública con el mismo apasionamiento destructivo. Desde entonces sigue adoptando la postura de quien piensa que monopoliza la verdad y la moralidad. Su hija no tuvo la oportunidad de desarrollar su propia personalidad, al punto que no estando él físicamente presente, sigue predominando.
La Prensa ha hecho mucho por Panamá. Pero ha desconocido los derechos y herido la dignidad de mucha gente, sobre todo de periodistas. La lista es larga. En los despidos y separaciones, con frecuencia han adoptado una postura de superioridad que insinúa más que un desacuerdo laboral, una descalificación moral y profesional, aunque en el caso de un alto ejecutivo demostró una escandalosa tolerancia.
El caso más reciente del despido de los periodistas Vilma Figueroa y Manuel Alvarez Cedeño culmina numerosos casos anteriores y los representa. Este último caso es tanto más grave que fue precedido por una carta de los periodistas de La Prensa donde cuestionan la moralidad profesional que impera en dicho medio. También cuestionan el papel de Gustavo Gorriti quien, ellos alegan, "manipula a su antojo estas noticias, siempre con la abierta intención... de ridiculizar e inculpar" al Procurador General de la Nación. Cuando el papá pretende defender a su hija de este cargo, lo hace con increíble insensibilidad, reduciendo el daño ocasionado a los periodistas y al periódico a "sólo eso: un incidente".
Escribe estas palabras presuntuosas: "Con las últimas investigaciones que produjo Gustavo (Gorriti), en cualquier país en el que la justicia estuviera medianamente sana habría producido un retiro del Procurador General de la Nación..." Me abisma su osadía en erigirse en juez moral de quien tiene una trayectoria no de infalibilidad, pero sí de rectitud y de coraje para, por una parte, demandar la inconstitucionalidad de los indultos presidenciales y, por la otra, formular cargos por corrupción contra un Magistrado de la Corte, procedente del arnulfismo.
Sí, como él dice, en un país donde la justicia estuviera medianamente sana, no sucedería lo que está sucediendo. No podría presidir la oficina local de Transparencia Internacional quien no la practica en sus actividades empresariales. No podría presidir un organismo del poder ciudadano quien intenta violar el derecho constitucional de panameños humildes al acceso a las playas. No podría un diario publicar impunemente un cheque falso de un presunto narcotraficante a favor del Procurador General de Nación y luego guardar silencio sobre su fuente. No podría un diario, cuyo progenitor se jacta de que "golpea la corrupción sin fijarse a quién afecta", guardar silencio sobre al caso de un Magistrado de la Corte cuyas presuntas grabaciones parecen comprometerlo en la posible venta de favores judiciales, en vez de dedicar su periodista estrella a que lo investigue. Ni podría hacer otro tanto en el caso de un candidato a Contralor de la República acusado de complicidad en el lavado de dinero por un testigo de Estado, en un juicio ante un tribunal norteamericano.
Si no se hubiera ido del país justo en esos días, él presunto progenitor habría podido informar sobre este último caso sin necesidad de recurrir a Gorriti, pues en mayo de 1989 él había escrito un artículo intitulado "El Affair Samos" y nunca negó su veracidad.
Lo más triste de esta miserable historia es que el papá ha conseguido que su hija termine por parecérsele, convertida en un Tartufo de Molière.
RESUMEN PARA COLOCAR ANTES DEL TEXTO:
Reflexiono sobre la desviación de La Prensa de "el diario libre de Panamá" a su actual conducta ambigua y cuestionable, a la luz del reciente artículo de quien se califica como su "papa".
Participé en el grupo de cinco que, bajo la dictadura, la creamos. Me creí el cuento de que no tenía dueño, por la distribución del capital accionario. Pronto me di cuenta que los directores fueron escogidos no por la Junta Directiva, sino por quien se autocalifica de papá. Como entonces intentaba crear también un partido político, los escogía de entre sus copartidarios. Luego me di cuenta que la Junta Directiva en nada influía sobre la línea editorial. El la decidía. Pagábamos lo normal por la publicidad de nuestras organizaciones, pero él obtenía condiciones especiales para sus empresas. En las asambleas de accionistas, los poderes que numerosos accionistas delegaban en la administración, él los ejercía. Por lo menos una vez hizo registrar los poderes a su favor en las oficinas administrativas de La Prensa sin presencia de accionistas disidentes, mientras a los demás se les exigía que los registraran en el lugar de la Asamblea y a su inicio, para prevenir cualquier fraude. Por sí y ante sí escogía a los candidatos para nuevos miembros de la Junta Directiva y decidía a quienes se cambiaba por ser demasiado independientes de criterio. Pienso en un connotado constitucionalista y en un destacado economista. Pero cuando la dictadura cerró La Prensa y sus trabajadores quedaron en el aire, otros tratamos de ocuparnos de ellos, pero él los había abandonado y se quedó en Miami hasta que pasó el peligro.
Mientras la lucha fue entre el bien y el mal, frente a la dictadura, y su predomino no fue total, el ideal original que él contribuyó a definir se mantuvo vivo. Pero cuando la democracia se estableció, las opciones se tornaron opinables. Se requería una buena dosis de auto-crítica y de mesura, no solamente de denuncia sistemática y de apasionamiento unilateral. Su predominio se hizo excluyente. No hay duda, el papá ejerció su patria potestad para que su hija se pareciera a él y a él sólo le sirviera.
Pero, nunca se satisfizo con la creación de La Prensa. Se veía como un zar de las comunicaciones. Para apabullar a la competencia ideó los contratos de publicidad a precios especiales por no anunciar en un medio competidor. Quiso usar los recursos de La Prensa para establecer un tabloide y adquirir una radio y una televisora. Porque otros integraron una empresa con varios medios audiovisuales, lo que socava su condición de único potentado de la información, el diario recurrió al "periodismo investigativo" en su contra, es decir recurrió a quien él califica como "uno de los mejores periodistas investigativos del continente", pero que a veces carece de la más elemental seriedad. Se adjudicó un alter ego de pensador y filántropo, propiciando organizaciones que él jefatura gracias al poder y probablemente a los otros recursos de La Prensa. Puesto que él era excepcional, su hija sería única.
La desviación del diario se fue acentuando. Cuando se desmanteló lo que quedaba de las Fuerzas de Defensa y se desmilitarizó la seguridad pública, denunció esta obra inmisericordemente, a través de La Prensa. En su afán contra esta labor, arremetió calumniosamente contra uno de los oficiales que más hizo por implementar la desmilitarización. E incluso llegó a celebrar una reunión donde el tópico fue cómo acabar políticamente con lo que se realizaba, aunque cometió el error de invitar a la misma a un ahijado mío. Pero tan pronto cesé en mis funciones de Ministro de Gobierno y Justicia, ni él ni La Prensa se volvieron a ocupar de la política de seguridad pública con el mismo apasionamiento destructivo. Desde entonces sigue adoptando la postura de quien piensa que monopoliza la verdad y la moralidad. Su hija no tuvo la oportunidad de desarrollar su propia personalidad, al punto que no estando él físicamente presente, sigue predominando.
La Prensa ha hecho mucho por Panamá. Pero ha desconocido los derechos y herido la dignidad de mucha gente, sobre todo de periodistas. La lista es larga. En los despidos y separaciones, con frecuencia han adoptado una postura de superioridad que insinúa más que un desacuerdo laboral, una descalificación moral y profesional, aunque en el caso de un alto ejecutivo demostró una escandalosa tolerancia.
El caso más reciente del despido de los periodistas Vilma Figueroa y Manuel Alvarez Cedeño culmina numerosos casos anteriores y los representa. Este último caso es tanto más grave que fue precedido por una carta de los periodistas de La Prensa donde cuestionan la moralidad profesional que impera en dicho medio. También cuestionan el papel de Gustavo Gorriti quien, ellos alegan, "manipula a su antojo estas noticias, siempre con la abierta intención... de ridiculizar e inculpar" al Procurador General de la Nación. Cuando el papá pretende defender a su hija de este cargo, lo hace con increíble insensibilidad, reduciendo el daño ocasionado a los periodistas y al periódico a "sólo eso: un incidente".
Escribe estas palabras presuntuosas: "Con las últimas investigaciones que produjo Gustavo (Gorriti), en cualquier país en el que la justicia estuviera medianamente sana habría producido un retiro del Procurador General de la Nación..." Me abisma su osadía en erigirse en juez moral de quien tiene una trayectoria no de infalibilidad, pero sí de rectitud y de coraje para, por una parte, demandar la inconstitucionalidad de los indultos presidenciales y, por la otra, formular cargos por corrupción contra un Magistrado de la Corte, procedente del arnulfismo.
Sí, como él dice, en un país donde la justicia estuviera medianamente sana, no sucedería lo que está sucediendo. No podría presidir la oficina local de Transparencia Internacional quien no la practica en sus actividades empresariales. No podría presidir un organismo del poder ciudadano quien intenta violar el derecho constitucional de panameños humildes al acceso a las playas. No podría un diario publicar impunemente un cheque falso de un presunto narcotraficante a favor del Procurador General de Nación y luego guardar silencio sobre su fuente. No podría un diario, cuyo progenitor se jacta de que "golpea la corrupción sin fijarse a quién afecta", guardar silencio sobre al caso de un Magistrado de la Corte cuyas presuntas grabaciones parecen comprometerlo en la posible venta de favores judiciales, en vez de dedicar su periodista estrella a que lo investigue. Ni podría hacer otro tanto en el caso de un candidato a Contralor de la República acusado de complicidad en el lavado de dinero por un testigo de Estado, en un juicio ante un tribunal norteamericano.
Si no se hubiera ido del país justo en esos días, él presunto progenitor habría podido informar sobre este último caso sin necesidad de recurrir a Gorriti, pues en mayo de 1989 él había escrito un artículo intitulado "El Affair Samos" y nunca negó su veracidad.
Lo más triste de esta miserable historia es que el papá ha conseguido que su hija termine por parecérsele, convertida en un Tartufo de Molière.
RESUMEN PARA COLOCAR ANTES DEL TEXTO:
Reflexiono sobre la desviación de La Prensa de "el diario libre de Panamá" a su actual conducta ambigua y cuestionable, a la luz del reciente artículo de quien se califica como su "papa".