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¿La honestidad no vale?


¿Cuál será la razón práctica para que, uno de los requisitos primordiales, exigidos para ocupar cualquier cargo de cierta o mucha importancia, sea poseer uno o varios títulos universitarios?
Sin embargo, paradójicamente, para aspirar a legislador, ministro de estado y presidente de la república, es indispensable ser panameño, mayor de cierta edad (supongo que por eso de la experiencia), obviándose los rangos académicos.
La única explicación que se me ocurre es, porque todos los anuncios de empleos así lo estipulan y yo no deseo ser diferente. Así, seguimos leyendo; se requieren secretarias, cajera (o) s, cobradores y mensajeros, de buenas presencia (así nos aseguramos de contar los servicios de sólo los guapos o bien parecidos), añadiendo con experiencia. Con esto eliminan automáticamente a los recién egresados de las escuelas secundarias y universidades, lo cual me parece genial, tanto de parte de las personas que pagan el anuncio como de quien lo ideó. De esta manera, vamos creando y fomentando la práctica de "robar" ejecutiva (o)s de otras empresas que, al final, son los únicos que pueden llenar los requisitos de experiencia. ¿Por qué no exigir, en lugar de títulos académicos, honestidad?
Con esto se conseguirá todo lo que se requiere para un ejecutivo eficiente; responsabilidad, lealtad, dedicación, entrega total, calidad, probidad, preparación para el cargo; pues su honradez lo impulsará a aprender todo lo vital e importante para cumplir a cabalidad con el cargo asignado, cosa que no necesariamente es cierto de las personas con títulos académicos, pero sin al entrega total que demanda la honestidad.
Ninguna persona honesta acepta un cargo, a sabiendas de que no puede llenarlo a cabalidad; el académico lo acepta, porque llena el único requisito exigido, un título universitario.
Estos comentarios no se deben interpretar con una apología a los vagos sin ningún tipo de ambición, quienes no desean estudiar ni hacer el menor esfuerzo por mejorar su clase de vida; por el contrario, lo que se persigue con esto es, por un lado, incentivar a los hombres y mujeres de Panamá, quienes por diferentes razones no tienen ni han tenido la oportunidad de alcanzar una carrera universitaria, pero sí han sabido, dentro de sus limitaciones académicas, esforzarse para ser personas de bien, útiles a la sociedad, superando todo los obstáculos que la época moderna les impone.
Por temor a dejar alguno por fuera, no anoto los nombres de gobernantes, ministros, legisladores, gobernadores, jefes de entidades autónomas y semiautónomas, periodistas, profesores universitarios y banqueros a los más altos niveles, a quienes los unía y sigue uniendo un único factor de valor universal, su capacidad para superarse y servir al prójimo, a pesar de sus deficiencias académicas, utilizando como arma de combate, en la lucha por la vida, su honestidad.
Con la honradez manifiesta en todos sus actos, lograron sobresalir, incluso sobre eruditos, pues supieron aprender de todos los que les rodeaban y con la disposición grande de hacer todo correcto, lograron ser destacados en tantas y complejas posiciones.
Honestos con títulos académicos; formidables, deshonestos con estudios superiores universitarios, corrupción galopante.
Quizás, a estos últimos se deba las grandes diferencias, cada vez más marcadas entre ricos y pobres; la corrupción a altos niveles de la sociedad que impide una justa distribución de las riquezas del país.
Solicitemos personas honestas para nuestras empresas privadas y públicas, después podremos pensar en lo académico. Es en el orden de las prioridades donde se encuentra el problema de nuestra sociedad.

101 años de Panamá América

 
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