La incapacidad del gobierno lo dice todo
Panameños, recordemos y tengamos muy presente que ya pasó la época en que los gobiernos podían ser mezquinos y reducirse a un interés parcial de su momentánea circunstancia, como lamentablemente ocurre en este desgobierno, producto de la ignorancia, el fanatismo, el oportunismo, y la desvergüenza. Panamá, pese a los desmanes de la clase política y, especialmente del actual gobierno, está hoy en el proceso de integración histórica, económica y cultural con los países de América Latina y abierto a todos los pueblos del mundo.
La mediocridad e incapacidad que caracteriza al gobierno de la señora Moscoso no agota, sin embargo, la expresión de Panamá como nación. Felizmente, la mayoría de los panameños (ahora con una mejor orientación ciudadana), percibe con mayor claridad que la acción del gobierno moderno es una acción de conjunto sobre la sociedad. Y una acción de mano franca y abierta y de entendimiento de todos los sectores de la sociedad y de la vida del país, es fundamental para vivir y moverse en el mundo de hoy, como lo son igualmente, la apertura interna para todos los sectores, cualquiera que sea su posición política, y la apertura exterior con todos los países, cualquiera que sea su sistema económico y político.
En los últimos dos años, en Panamá se ha venido cumpliendo un proceso político (y las manifestaciones vergonzosas de un gobierno corrupto) que tiene numerosas e inocultables imperfecciones; pero ese mismo político ha logrado ya desarrollar una conciencia de pueblo, educar una opinión pública racional, madura y ávida de aprender la enseñanza continua de la democracia.
Panamá tiene su democracia social profundamente sembrada en su sensibilidad de pueblo y nación; y ésta es una ventaja como país, para asimilar otras formas de experiencia política y para fortalecer otras maneras de la conducta democrática. Ahora bien (y ojalá lo lea este gobierno), el proceso de la democracia política tiene que cumplirse simultáneamente al desarrollo económico. Pero tiene que ser una democracia social profunda, una democracia que no sea sinónimo de nepotismo, que no sea privilegio de unos pocos o la esgrima momentánea de intereses políticos que se encuentran accidentalmente, sino un modo de vivir y de hacer, de distribuir y de crear.
Si al menos se pudiera vincular el desarrollo político al desarrollo económico y social, estaríamos llegando a una de las más difíciles alternativas de nuestra vida política. El desarrollo no es solamente una colección de obras materiales, ni tampoco una masa consumista de artefactos para exhibir la vanidad de una sociedad de fáciles ingresos. Tampoco el desarrollo se mide por las cuantificaciones del producto económico. Por el contrario, el desarrollo consiste en que la producción de riqueza material esté al servicio de los canales de distribución social; consiste en que no sean unos pocos (como ocurre con los odiosos "clanes familiares" en el gobierno de "Unión por Panamá"), dentro o fuera del país los que se beneficien y aprovechen de ese producto, sino la gran masa social; y las gentes de todas las posibilidades, de todos los recursos, se incorporen a ese grado de riqueza acumulada por el progreso económico.
En fin, el desarrollo no se mide en los gráficos de los economistas, sino en la felicidad de los ciudadanos; no se mide por las alturas o por los bajos del Producto Interno Bruto, sino por la forma como la sociedad se integra a la educación, a la protección y a la seguridad social; y también por la forma como los menos protegidos económicamente pueden incorporarse al crecimiento continuo de la vida de la Nación. Ese sí es el desarrollo a que aspiramos los panameños. Por eso, vale decir: ¡La mediocridad e incapacidad del gobierno de Mireya Moscoso no agota el país!.
La mediocridad e incapacidad que caracteriza al gobierno de la señora Moscoso no agota, sin embargo, la expresión de Panamá como nación. Felizmente, la mayoría de los panameños (ahora con una mejor orientación ciudadana), percibe con mayor claridad que la acción del gobierno moderno es una acción de conjunto sobre la sociedad. Y una acción de mano franca y abierta y de entendimiento de todos los sectores de la sociedad y de la vida del país, es fundamental para vivir y moverse en el mundo de hoy, como lo son igualmente, la apertura interna para todos los sectores, cualquiera que sea su posición política, y la apertura exterior con todos los países, cualquiera que sea su sistema económico y político.
En los últimos dos años, en Panamá se ha venido cumpliendo un proceso político (y las manifestaciones vergonzosas de un gobierno corrupto) que tiene numerosas e inocultables imperfecciones; pero ese mismo político ha logrado ya desarrollar una conciencia de pueblo, educar una opinión pública racional, madura y ávida de aprender la enseñanza continua de la democracia.
Panamá tiene su democracia social profundamente sembrada en su sensibilidad de pueblo y nación; y ésta es una ventaja como país, para asimilar otras formas de experiencia política y para fortalecer otras maneras de la conducta democrática. Ahora bien (y ojalá lo lea este gobierno), el proceso de la democracia política tiene que cumplirse simultáneamente al desarrollo económico. Pero tiene que ser una democracia social profunda, una democracia que no sea sinónimo de nepotismo, que no sea privilegio de unos pocos o la esgrima momentánea de intereses políticos que se encuentran accidentalmente, sino un modo de vivir y de hacer, de distribuir y de crear.
Si al menos se pudiera vincular el desarrollo político al desarrollo económico y social, estaríamos llegando a una de las más difíciles alternativas de nuestra vida política. El desarrollo no es solamente una colección de obras materiales, ni tampoco una masa consumista de artefactos para exhibir la vanidad de una sociedad de fáciles ingresos. Tampoco el desarrollo se mide por las cuantificaciones del producto económico. Por el contrario, el desarrollo consiste en que la producción de riqueza material esté al servicio de los canales de distribución social; consiste en que no sean unos pocos (como ocurre con los odiosos "clanes familiares" en el gobierno de "Unión por Panamá"), dentro o fuera del país los que se beneficien y aprovechen de ese producto, sino la gran masa social; y las gentes de todas las posibilidades, de todos los recursos, se incorporen a ese grado de riqueza acumulada por el progreso económico.
En fin, el desarrollo no se mide en los gráficos de los economistas, sino en la felicidad de los ciudadanos; no se mide por las alturas o por los bajos del Producto Interno Bruto, sino por la forma como la sociedad se integra a la educación, a la protección y a la seguridad social; y también por la forma como los menos protegidos económicamente pueden incorporarse al crecimiento continuo de la vida de la Nación. Ese sí es el desarrollo a que aspiramos los panameños. Por eso, vale decir: ¡La mediocridad e incapacidad del gobierno de Mireya Moscoso no agota el país!.