La independencia del Poder Judicial
El énfasis que la Carta Magna hace en la independencia con que deben actuar los funcionarios encargados de administrar justicia tiene por objeto preservar la pureza de su ejercicio y fomentar el respeto y la confianza ciudadana por sus instituciones, pilares del sistema democrático.
Ocurre a veces que malos funcionarios, movidos por intereses políticos y aún por pasiones personales, tratan de influir en el ánimo de los miembros del Poder Judicial para la satisfacción de condenables propósitos. Y puede ocurrir también que algunos de los encargados de administrar justicia o surtirla, consciente o inconsciente cedan a tales presiones por ausencia de firmeza de carácter, por carencia de integridad jurídica o por simple temor reverencial frente a poderes ajenos.
Pese a lo anterior, abrigamos la esperanza de que tan censurable situación sea la excepción y no la regla. Queremos pensar que todavía quedan motivos para dar un voto de confianza, de los pocos que restan tras una interminable sucesión de malas decisiones y actuar errático. Queremos creer que quedan aun profesionales probos, de carácter suficiente para hacer que la justicia verdadera prevalezca.
Un país con una joven y endeble democracia, que acaba de emerger de una férrea dictadura y ha visto culminar el agotador proceso de consolidación de su independencia, necesita con urgencia de esperanzas concretas, requiere creer en alguien, tras el desencanto con su clase política.
Comprendemos que no sea realista esperar que el Poder Judicial sea perfecto en todas sus formas y manifestaciones, sobre todo en un país como el nuestro, sujeto a la permanante presión polítiquera y en el que la corrupción ha dejado profundas raíces. El Poder Judicial, como cualquier todo, es producto del entorno social, que lo marca inevitable con sus debilidades, virtudes fugaces y perplejidades.
Pero hay que tener fe en su capacidad de crecer en calidad y valor, en sus posibilidades de superación, en la buena voluntad de la mayoría de sus miembros, cuyo ejemplo de honestidad, profesionalismo e independencia, sin duda ha de influir beneficiosamente en la estructura del todo orgánico. Y ojalá no nos equivoquemos porque sin justicia, no hay paz y sin paz no hay nada.
Ocurre a veces que malos funcionarios, movidos por intereses políticos y aún por pasiones personales, tratan de influir en el ánimo de los miembros del Poder Judicial para la satisfacción de condenables propósitos. Y puede ocurrir también que algunos de los encargados de administrar justicia o surtirla, consciente o inconsciente cedan a tales presiones por ausencia de firmeza de carácter, por carencia de integridad jurídica o por simple temor reverencial frente a poderes ajenos.
Pese a lo anterior, abrigamos la esperanza de que tan censurable situación sea la excepción y no la regla. Queremos pensar que todavía quedan motivos para dar un voto de confianza, de los pocos que restan tras una interminable sucesión de malas decisiones y actuar errático. Queremos creer que quedan aun profesionales probos, de carácter suficiente para hacer que la justicia verdadera prevalezca.
Un país con una joven y endeble democracia, que acaba de emerger de una férrea dictadura y ha visto culminar el agotador proceso de consolidación de su independencia, necesita con urgencia de esperanzas concretas, requiere creer en alguien, tras el desencanto con su clase política.
Comprendemos que no sea realista esperar que el Poder Judicial sea perfecto en todas sus formas y manifestaciones, sobre todo en un país como el nuestro, sujeto a la permanante presión polítiquera y en el que la corrupción ha dejado profundas raíces. El Poder Judicial, como cualquier todo, es producto del entorno social, que lo marca inevitable con sus debilidades, virtudes fugaces y perplejidades.
Pero hay que tener fe en su capacidad de crecer en calidad y valor, en sus posibilidades de superación, en la buena voluntad de la mayoría de sus miembros, cuyo ejemplo de honestidad, profesionalismo e independencia, sin duda ha de influir beneficiosamente en la estructura del todo orgánico. Y ojalá no nos equivoquemos porque sin justicia, no hay paz y sin paz no hay nada.