default

La inmigración, del mito a la realidad


En Panamá se advierten desde hace ya varias décadas tres tipos de inmigración: legal, ilegal y pagada, la cual es, por supuesto, también ilegal. Los estrictos controles migratorios para algunas nacionalidades y el bochornoso tratamiento que se le reserva a los extranjeros en el Servicio Nacional de Migración parecen haberse hecho para asegurar una sobretasa, para bolsillos privados, al inmigrante con recursos. Además, existe una detestable mentalidad anti extranjera que se manifiesta primero en ese antro. Pero más allá de la anécdota, creo que el tema de la inmigración y la xenofobia hay que llevarlo pronto a un verdadero debate público por gente política e intelectualmente honesta y competente.

El nuestro es un país fabricado esencialmente por inmigrantes. Como experto en población, puedo afirmar que casi todos los habitantes de Panamá tienen un antepasado extranjero. Hasta los cunas y los emberás, originarios del Chocó y Urabá colombianos, llegaron al territorio de la actual República de Panamá después de la conquista y primera colonización, y parte de los indígenas de las montañas de Chiriquí también lo hicieron así puesto que venían de las montañas del Talamanca costarricense.

Para los que sostienen que eso es historia antigua recordemos que en 1911 un cuarto de los habitantes del istmo panameño había nacido en el exterior y la mitad de los de la región de tránsito entre las ciudades de Panamá y Colón, incluída la Zona del Canal. En adelante y por fortuna, en un país relativamente vacío, la inmigración ha continuado sin parar.

Ya pasó la horrorosa época de Arnulfo Arias que en su Constitución de 1941 estableció las “razas de inmigración prohibidas”, negros, asiáticos y gente del Medio Oriente. Hoy permanece un remanente de aquella mentalidad en el concepto de “visas autorizadas” para ciudadanos de 121 Estados, con un innecesariamente largo trámite en el Consejo de Seguridad Pública y Defensa Nacional que puede propiciar algo más que lo que indica una sana práctica de prudencia. No obstante, hay una nueva preocupación legítima. La inmigración de gente con religiones o culturas que ostentan parámetros de derechos humanos distintos a los occidentales, inferiores para la mujer y con intolerancia hacia todo lo diferente. Estos últimos aspectos me causan mayor inquietud porque significan un retroceso en los logros fundamentales de nuestra civilización. También preocupa la llegada, por los medios formales, de delincuentes de alto calado (Europa Oriental, Colombia, México) que usan nuestro país como base para sus nefastas actividades internacionales del crimen organizado.

La xenofobia tiene en Panamá un origen más antiguo en el sentimiento de inseguridad colectiva y de búsqueda de identidad de un país de tránsito activo desde mediados del siglo XVI. La xenofobia es reforzada hoy por demagogos en busca de una fácil aceptación popular al encontrar a los responsables del aumento de la criminalidad en el grupo equivocado. La idea de que el inmigrante le quita el trabajo al panameño es otro mito puesto que aquél ocupa el puesto de trabajo del que no lo quiere ejercer o no se esfuerza para hacerlo. La xenofobia también tiene su origen en el terror a la sana competencia, propio de poblaciones poco esforzadas y con educación defectuosa.

El inmigrante es, en general, una bendición. A menudo adulto, con cierta educación y sobre todo con ánimo de triunfar, llega para aportar sin que le haya costado nada a la sociedad. Infortunadamente hay también algunos elementos negativos, delincuentes de poca monta que ocupan la crónica roja y que dan la impresión de que son multitud aunque constituyan pequeña cantidad relativa. En esa crónica sensacionalista se apoyan los vendedores de miedo y algunas autoridades que en vez de gastar recursos e inteligencia en combatir la verdadera criminalidad acosan y maltratan a hombres y mujeres con pocos medios económicos que han escogido nuestra patria para vivir, trabajar y formar familia.

Chinos, colombianos y latinoamericanos en general viven aquí pacíficamente y enriquecen nuestro pueblo. Ellos tienen tanto derecho como seres humanos para radicarse en Panamá, al igual que europeos y norteamericanos, para hablar de las nacionalidades más presentes entre los inmigrantes a nuestro país.

Una buena política migratoria debe apoyarse en una visión moderna, amplia y sensata de qué tipo de población queremos (pacífica, educada, tolerante, disciplinada, trabajadora), se promueve mediante normas apropiadas que eviten la llegada de delincuentes, y debe ser ejecutada por funcionarios probos que entienden que el respeto de los demás es un rasgo profundo de civilización.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América