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La inseguridad ciudadana


Pagamos demasiados impuestos por un aparato estatal que no cumple con lo esencial ni tiene más iniciativa que pensar en exigir más contribuciones y vender lo poco de valor que le queda para pedir más préstamos. Atender la seguridad pública y ocuparse de los pobres, es lo mínimo que deberíamos esperar de una costosa burocracia de 145 mil empleados, que nada hace y mucho deshace.
Ni soñemos con que se dote al país de normas estables y coherentes que estimulen y protejan al sector privado, propicien la creación de empleos, configure una estrecha y constructiva relación con Estados Unidos, impulse el turismo, atraiga la inversión, proteja el medio ambiente, meta en cintura a buseros y taxistas, abastezca a los hospitales, modernice la educación y acabe la corrupción.
Pero ojalá pudiera mejorar al menos la seguridad ciudadana amenazada por la delincuencia. La mayoría de la población del país vive enrejada de pies a cabeza. Los antiguos nichos de seguridad como el centro bancario, están cayendo uno a uno; y ya ni los propios uniformados son respetados por una criminalidad agresiva que está a punto de tomarse por asalto a la nación entera. ¿Cómo cuidar las fronteras si no podemos ni con los de adentro?
Los criminólogos y sociólogos insisten en repetir que todo es causa de otros males sociales como la desintegración familiar, el desempleo, la pobreza y similares; y no es ningún consuelo. Si tuvieran razón, esas lacras tardarían mucho en ser superadas; y mientras llega, la mayoría de los ciudadanos decentes y respetuosos de la ley siguen siendo víctimas de unos y otros, de los delincuentes y de las autoridades que incumplen su deber.
Cuba es un país pobre y sin embargo la criminalidad es insignificante. Estados Unidos e Italia son naciones ricas y tienen en cambio una delincuencia muy agresiva. Eso de ver la pobreza como justificación de los delitos es un cuento simplista que debe examinarse. Nada estimula tanto al crimen que una autoridad que no se da a respetar. Y eso es lo que nos está ocurriendo.
Pero como este medio tiene por norma no plantear problemas en el vacío, sin proponer soluciones, vamos a permitirnos adelantar algunos planteamientos. Para empezar, hay que revisar la ley para dar más respaldo a la policía y demás estamentos de seguridad. Desde el siglo XVIII hemos perdido demasiado tiempo protegiendo los derechos legales de los delincuentes, que hemos olvidado a la sociedad, la víctima y la autoridad que vela por ambas.
No puede ser que hoy en día un policía tenga temor de actuar y cumplir con su deber por temor a ser penado, detenido, suspendido y hasta despedido. Por ejemplo, lo ocurrido a unos agentes de la PTJ que quedaron enjuiciados por detener a unos secuestradores que un tribunal laxo liberó, no puede ser. En este país, se invierten tanto las cosas que el ratón queda libre y el gato enjaulado.
Otro punto es que debe haber coordinación entre los distintos entes competentes. El corregidor, por ejemplo, conoce más que nadie en cada barrio, quién es quién y qué hace. No es posible continuar con operativos a ciegas. Fuera de eso, falta más entrenamiento y equipo. Reemplacen las bicicletas por motos. Compren triciclos que tienen un habitáculo exterior que permiten que haya un conductor acompañado por otra unidad armada. Son más baratos que los automóviles. Compren un programa de computadora que permita el cruce de información. Refuercen la inteligencia policial. Contraten profesionales. En fin, gánense el sueldo.


101 años de Panamá América

 
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