La inseguridad de un decapitador
Ninguna sorpresa causó la forma como murió Omar Córdoba Hurtado. El lugar sí. Se supone que las cárceles, sobre todo las de máxima seguridad, deben garantizar el cumplimiento total de la pena del imputado, para lo cual, lógicamente, debe estar vivo.
No fue así en el caso de Córdoba Hurtado, conocido en el trágico mundo de la delincuencia como el “decapitador de Coiba” por las fechorías que cometió. El que lo haya ultimado otro reo revela la porosidad que caracteriza a los cuerpos panameños de seguridad. Un detective como Franklin Bruwster muere de manera extraña en su propio despacho, no hay duda de la necesidad de que a los órganos de seguridad del Estado se les aplique la más intensa depuración, porque con organismos así nadie puede dormir tranquilo.
Aquí los encargos se cumplen en la prisión, en las calles, en los apartamentos, donde sea, y donde sea aparecen los cuerpos asesinados. En otra nación un escenario como éste hubiera registrado la renuncia de los responsables de los cuerpos de seguridad, pero en Panamá nada de eso sucede. Las muertes ocurren y los jefes siguen en sus puestos.