La Inversión en Regadío
Las estadísticas de los últimos años muestran indicios de eficiencia, desde el momento que, a menos hectáreas sembradas, se cosecha igual o más. El mérito en este aspecto radica en la mecanización, el empleo de mejores semillas, abonos, control de plagas y riego. Sobre este último abordaremos algunas consideraciones.
La actual zafra arrocera ha significado para la mayoría una repetición del éxito anual, pero la ruina para un número creciente de productores, sobre todo los que sembraron "en secano", esto es dependiendo de la lluvia. En algunas zonas de tradicional cultivo del grano en Coclé, aquéllo ha sido un desastre. Y lo más seguro es que la experiencia se repita respecto a otros productos y empeore en el futuro. El Estado no debe permitir que eso pase, al menos no sin luchar.
¿Qué hace que un país tan permeado por ríos y arroyos como Panamá dependa tanto de la lluvia para la actividad agropecuaria? La respuesta es sencilla: la ineptitud oficial de todos los gobiernos, salvo algunos que mostraron algunos destellos de brillantez malograda por la mala administración de los recursos, la pésima visión de continuidad y peor disposición para pedir asistencia externa.
Ha hecho falta un plan maestro, una estrategia para irrigar, -digamos- el "Archo Seco" que describen la Península de Azuero y Coclé hacia el Golfo de Panamá. Hay otras áreas de intensa actividad agropecuaria que también lo requieren.
Por los años "70 se desarrolló un programa de riego con ayuda británica, que tuvo como escenario los áridos llanos de Coclé, tradicionalmente tapizados de inútiles pastizales chamuscados por el disco solar, propensos a desastrosas quemas. Se construyó, entonces, una red de profundos canales de regadío alimentados por el Río Natá, Río Grande y otros del área. Pero quedaron a medio hacer y no se les dio seguimiento para extender la superficie beneficiada.
El riego es caro y complejo de administrar; pero una vez hecho es eterno. Se podría, incluso, privatizar el servicio en manos de cooperativas. Pero sin él es imposible avanzar, porque hoy día, depender de las lluvias es inadmisible para cualquier financiamiento.
Se requiere, además, arreglar el plano legislativo. Ahora mismo, dos entidades se disputan la administración de las aguas para uso agrícola: una es el Ministerio de Agricultura y la otra, la Autoridad Nacional del Ambiente, con desastrosos resultados. Eso explica, por ejemplo, el caso célebre de alguien que se adueñó de un río, por gracia divina de la ANAM y de un legislador.
En fin, es menester un plan de inversión y desarrollo, que necesariamente debe incluir el uso racional de nuestros abundantes recursos hídricos.
La actual zafra arrocera ha significado para la mayoría una repetición del éxito anual, pero la ruina para un número creciente de productores, sobre todo los que sembraron "en secano", esto es dependiendo de la lluvia. En algunas zonas de tradicional cultivo del grano en Coclé, aquéllo ha sido un desastre. Y lo más seguro es que la experiencia se repita respecto a otros productos y empeore en el futuro. El Estado no debe permitir que eso pase, al menos no sin luchar.
¿Qué hace que un país tan permeado por ríos y arroyos como Panamá dependa tanto de la lluvia para la actividad agropecuaria? La respuesta es sencilla: la ineptitud oficial de todos los gobiernos, salvo algunos que mostraron algunos destellos de brillantez malograda por la mala administración de los recursos, la pésima visión de continuidad y peor disposición para pedir asistencia externa.
Ha hecho falta un plan maestro, una estrategia para irrigar, -digamos- el "Archo Seco" que describen la Península de Azuero y Coclé hacia el Golfo de Panamá. Hay otras áreas de intensa actividad agropecuaria que también lo requieren.
Por los años "70 se desarrolló un programa de riego con ayuda británica, que tuvo como escenario los áridos llanos de Coclé, tradicionalmente tapizados de inútiles pastizales chamuscados por el disco solar, propensos a desastrosas quemas. Se construyó, entonces, una red de profundos canales de regadío alimentados por el Río Natá, Río Grande y otros del área. Pero quedaron a medio hacer y no se les dio seguimiento para extender la superficie beneficiada.
El riego es caro y complejo de administrar; pero una vez hecho es eterno. Se podría, incluso, privatizar el servicio en manos de cooperativas. Pero sin él es imposible avanzar, porque hoy día, depender de las lluvias es inadmisible para cualquier financiamiento.
Se requiere, además, arreglar el plano legislativo. Ahora mismo, dos entidades se disputan la administración de las aguas para uso agrícola: una es el Ministerio de Agricultura y la otra, la Autoridad Nacional del Ambiente, con desastrosos resultados. Eso explica, por ejemplo, el caso célebre de alguien que se adueñó de un río, por gracia divina de la ANAM y de un legislador.
En fin, es menester un plan de inversión y desarrollo, que necesariamente debe incluir el uso racional de nuestros abundantes recursos hídricos.