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La juventud de hoy




Ex Administrador del Canal

No debemos engañarnos respecto a la verdadera situación de los jóvenes de hoy. Menos aún quienes piensan en la disciplina y se sienten inclinados a la severidad, y más aún cuando se quiere saber cuál es su escala de valores. La juventud de hoy tiene una experiencia prematura de la vida, vive aceleradamente, conoce muy pronto las debilidades de sus mayores, suele palpar antes de tiempo y de cerca el barro humano de que están hechos los ídolos de su niñez. Está viendo con sus propios ojos y sintiéndolo en su propia carne la crisis de la vida familiar, la ansiosa lucha por el confort en las ciudades, la liquidación de los conceptos paternalistas y de autoridad que parecían inconmovibles.
Los jóvenes de hoy laten al ritmo veloz, jadeante, de la época que vivimos, tienen aguda conciencia de que el privilegio es una ofensa a los desposeídos, son intensamente sensibles a la discordancia entre lo que se dice y lo que se hace, han tomado conciencia de la amplitud de un universo que se explora hasta las entrañas de la materia y el silencio sutil del espacio exterior.
Los jóvenes se han dado cuenta que no viven en un mundo celeste ni rosado, sino en un mundo complejo que pueden mirar por las ventanas, accesibles a todos, de internet, de la televisión y el cine, los periódicos y las revistas ilustradas, las más de las veces, más interesadas en excitar y vender que en educar o instruir. Se perfila una nítida rebeldía contra los estereotipos de la mentalidad burguesa, proclive al unilitarismo y a la comodidad, a la transacción farisaica con los intereses creados, a la magnificación de la respetabilidad, aunque encubra complicidades que una sensibilidad menos fina como la que ahora tienen los jóvenes por la justicia social, titularía de realismo y no de complicidad. Y de hecho, los jóvenes quieren abrirse su propio camino hacia un mundo mejor, mejor del que heredaron de convencionalismos, de corrupción, de servidumbre, de silencios prolongados ante la explotación del campesino, de la gente que aún viven en la desnutrición, en la insalubridad, en la ignorancia, en el desamparo. Y esta es la grave ambivalencia de los jóvenes: quisieran hacer saltar a pedazos un mundo de injusticia, de frivolidad, de hipócrita respetabilidad, quisieran también crear un mundo mejor, en esta terrible vocación terrestre que ya no quiere saber de antiguas consolaciones. El joven de hoy no puede menos que vivir en la intemperie de la realidad y ante ella parece no caber sino las dos formas de desesperación: la violenta y agresiva o aquella otra desesperación de la frivolidad y el aturdimiento. Cabe una posibilidad constructiva: la de sentirse responsable por el nacimiento de un mundo mejor.
En la situación planteada, esta juventud, pues, no puede ya afirmarse en la fría admonición del precepto rígido, ni menos contentarse y controlarse con la solemnidad enfática del moralista. Esta juventud quiere y debe ser rebelde e inquisitiva, está como nunca necesitada de fe, pero de una vivida, probada. No operan para los jóvenes de nuestro tiempo formulación del mandato, la regla y la sujeción coactiva, lo que requiere es la comprensión y el aliento que brotan de la autoridad genuina, no máximas y reprensiones, sino ideales realizables y proyectos de alta vida, no ilusiones o realismos negativos y pesimistas, sino la verdad de la realidad que es y la belleza encarnable de la realidad que debe ser. Para esta juventud, propensa a causa del ambiente al decaimiento y a la sensualidad, el escepticismo estéril y a la blandura del ocio desorientado y desesperado; para la juventud desafiada por la realidad social adversa y por ende, inclinada también a la protesta, a la violencia, a la impaciencia pro cambiar las cosas, para esta juventud la disciplina tiene que cobrar un nuevo sentido; no de reja que aprisione el vuelo de su espontaneidad sino ley inmanente, brotada desde adentro, es decir, de la convicción de la necesidad de límite y de orden que implica perseguir y lograr una idea de vida que se ama y, por ende, se respeta.

101 años de Panamá América

 
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