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La liberación de Nicolás Pérez


Tras padecer 423 días de secuestro a manos de guerrilleros colombianos del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el panameño Nicolás Pérez fue puesto en libertad por sus captores como gesto de buena voluntad y testimonio de simpatía y amistad hacia el pueblo panameño, según expresara un vocero del grupo armado. Fuera de lo traumático, varios aspectos positivos es posible extraer de la odisea.
Buen gesto o no, la iniciativa del ELN merece ser reconocida, pues de no ser por su ella, habría sido imposible que Pérez esté hoy entre nosotros. Obviamente, tal se produjo gracias a la muy favorable circunstancia del coincidente reconocimiento dado al grupo irregular por el presidente Pastrana, de su condición de fuerza política, lo que le permite reanudar su participación en las actuales negociaciones de paz que adelanta el gobierno colombiano con los demás grupos de la guerrilla colombiana.
También cabe reconocer el excelente trabajo rendido por el Defensor del Pueblo, Italo Antinori, quien tras una ardua labor, hizo los contactos necesarios para lograr la liberación de Pérez. Evidentemente, no fue un triunfo solitario, porque requirió de la indispensable colaboración de su similar colombiano, quien facilitó los contactos iniciales y la coordinación que permitió a Antinori convencer a la dirigencia del ELN de soltar al cautivo por razones humanitarias y como gesto de buena voluntad.
Otro punto positivo es que ello se logró sin mediar pago de rescate alguno, según dejaron sentado ambas partes. Pérez pertenece a un unido núcleo familiar de escasos recursos, y su figura no tenía mayor relevancia política, social o económica en el rejuego de poderes del que participan el ELN y otras fuerzas beligerantes en el complejo conflicto colombiano.
El pago de rescate habría significado para nosotros un lamentable precedente, habida consideración a lo vulnerable que somos en Panamá a la contaminación y efectos de la guerra en el vecino país. De hecho se han dado otros casos de secuestro y crímenes contra ciudadanos panameños en Darién y de intentos en ese sentido con participación de delincuentes colombianos en la ciudad capital.
Por otro lado, el buen papel rendido por el doctor Antinori, no debe conducir a la condena por inacción de la Cancillería y el gobierno panameños. Ambos tenían limitaciones diplomáticas y burocráticas insuperables inherentes al deber de respetar la soberanía de otros países y de no inmiscuirse en sus asuntos internos; lo que difícilmente les permitía pasar más allá de los meros pedidos y comunicaciones de gobierno a gobierno.
En lo demás, el drama sufrido por Pérez y su familia, y el que todavía padecen los demás rehenes que se quedaron en la selva, nos sirve para tener conciencia en carne propia, del valor de la paz que debemos preservar por sobre cualquier diferencia coyuntural o pasajera que nos divida, para no editar en nuestro suelo los males sufridos por otros países.

101 años de Panamá América

 
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