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La liturgia antiliberal


El fin de la década del "80 del siglo pasado sirvió de escenario de grandes terremotos ideológicos. Se produjeron cambios bien profundos que están trayendo consecuencias todavía difíciles de asimilar, sobre todo si se pretenden encarar con los mismos métodos y preguntas de otras épocas; lo que hoy se impone es la formulación, incluso, de nuevas preguntas al dilema de buscar la mayor felicidad posible de la humanidad a través de la acción política. Los años "90 del siglo XX nos llevan indefectiblemente a ubicar nuestra labor reflexiva en dos improntas: el derrumbe de la utopía socialista y el deterioro sistemático de Latinoamérica en el plano moral, social y político-económico. Ambos hechos incontrovertibles se configuran en el fracaso rotundo de la idea de que la justicia social se logra exclusivamente por la acción planificada del Estado con la consecuente marginación de la sociedad civil y de los individuos de la toma de decisiones en pos del desarrollo de las sociedades contemporáneas.
A lo largo de estos últimos 50 ó 60 años quedaron demostradas las propensiones autoritarias de quienes defienden el estatismo como fórmula de la felicidad humana. No es el individualismo sino el poder estatal ideologizado el responsable de los grandes cataclismos bélicos y de las tragedias de la raza humana al incurrir en imposiciones raciales y políticas, y en inducir la exclusión social y la intolerancia por vía de nacionalismos exacerbados. A nivel individual algo muy primario en nuestra psiquis lo constituye la sobrevivencia a costa de respetar al prójimo en su dignidad y aprovechar lo que los demás puedan aportarnos que en forzar la destrucción de nuestros semejantes; y esto es algo que pasan por alto quienes pregonan la solidaridad como función administrativa del Estado a base de imponer correcciones basadas en criterios supuestamente científicos, pero que son tergiversados por prejuicios ideológicos y de una irracionalidad fundada en la emoción subjetiva de búsqueda del igualitarismo social a costa de las libertades políticas y económicas.
No hay un sistema que permita mejor el intercambio y producción de riqueza en bienes y servicios que satisfagan las necesidades mínimas del individuo, la familia y la colectividad en general que el régimen liberal. Es insensato criticar sus imperfecciones en base a los resultados o los hechos en función de comparar los mismos con meras ideas o utopías.
En nuestro Tercer Mundo, lo predominante es la oposición visceral y emotiva al liberalismo o neoliberalismo, ya que la mayor parte de la clase intelectual también está imbuida de la cultura del asistencialismo estatista como fórmula moralmente superior a aquella que pregona y promueve el esfuerzo y el ascenso. Es más "vendible" proponer que el Estado debe arrogarse la tarea de dar y asistir a los necesitados que darle oportunidades reales a esos necesitados de superarse hasta el punto de que dejen de depender de las ayudas oficiales. Lo que sucede es que este discurso tercermundista de la explotación y la dependencia da dividendos politiqueros, ya que la "vanguardia" de los mesías políticos necesitan clientes electorales que "compren" esa retórica, y así sigan creyendo que la solución a sus problemas pasa necesariamente por estos pontífices de la revolución social, algo que en el Tercer Mundo llaman "progresismo".
Lo anterior se basa en sutiles manipulaciones retóricas que buscan establecer o imponer como criterio valorativo la moral de la envidia a la que se refería Carlos Rangel, eminente pensador venezolano. El que tiene dinero es porque explotó a alguien y hay que sacarle de lo que se gana para ayudar a otros que lo necesitan. ¿Bajo qué criterio se debe dar este igualitarismo? Por supuesto que del burócrata que "sabe" cómo hacerlo.
Comprender lo que pasó el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín costará mucho en nuestra Latinoamérica, hoy en día sumida en un franco proceso de involución política y social, sometida y esclavizada mentalmente en complejos de inferioridad y dependencia de la que sacan provecho demagogos y mercantilistas por igual.
El liberalismo es un sistema político-económico que promueve el desarrollo del individuo y de la sociedad civil frente al Estado y que ha tenido la capacidad de evolucionar a lo largo de varios siglos con sus altas y sus bajas. El sistema no es perfecto, pero sí es perfectible y el hecho de que no haya resultado en Latinoamérica no quiere decir que sea intrínsecamente malo como pretenden hacer ver los profetas antiliberales. En un subcontinente gobernado por maleantocracias no puede prosperar la idea de la libertad económica de grupos y sujetos porque el Estado no cumple su papel normativo y fiscalizador. El miedo a la libertad que describía Erich Fromm es una constante en nuestros países donde la seguridad a toda costa es un valor político; entendida ésta como la reglamentación e intervención detallada de diversos ámbitos de la vida familiar y social de los ciudadanos.
Las 24 naciones más desarrolladas del planeta han seguido diversas formas de liberalismo social, político y económico desde hace mucho tiempo, algunas de ellas sin recursos naturales tan vastos como Venezuela y Argentina. Venezuela manejó desde la nacionalización del petróleo en 1976, unos 300,000 millones de dólares de sus exportaciones, unas 30 veces el plan Marshall de ayuda de E.U a Europa después de la Segunda Guerra Mundial. De manera que para hacer un juicio crítico de los resultados del liberalismo hay que verlo desde una perspectiva amplia en lo geográfico y en lo histórico y no en tergiversaciones o malas interpretaciones de lo que realmente es liberalismo dado que se tiende a confundir con el mercantilismo muchas veces promovido por el mismo aparato estatal.
Es así pues que el antiliberalismo plasmado hoy por una abrumadora mayoría de una supuesta elite intelectual y política criolla es una moda y un amuleto; para captar, por medio de espejismos, clientes en el camino hacia la servidumbre del ser humano. Precisamente eso, una mayor dosis de liberalismo dentro de un contexto cultural y ético adecuado es lo que en realidad vamos a necesitar para empezar a producir cambios perdurables y reales en la vida nacional. Lastimosamente es difícil de lograrlo, aunque con el consuelo de que no es imposible.

101 años de Panamá América

 
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