"La lógica del amor"
Perplejidad económica, paranoia con el Carbunclo (Antrax), continuidad de debates útiles unos, otros ociosos, dominan nuestros días por estos lados de la tierra, mientras que en el corazón del Asia existe una intensa actividad bélica con la persistente contradicción de que los bombardeos se están efectuando al detalle, pero con el comentario de que se han dado en objetivos civiles y equivocados. Víctimas inocentes. Con las consiguientes peticiones de perdón. La guerra avanza ¿cuántos muertos?, ¿cuántos heridos? Prematuro el saberlo. Más aún se coló la noticia de que el mandatario norteamericano dejó decir como que esta guerra va a durar hasta dos años.
Por otra parte, la prensa católica norteamericana a través de sus titulares, nos expresa su ubicación en conciencia: "Mientras los EE.UU. planean su estrategia para una guerra contra el terrorismo, ¿dónde se aplica la doctrina católica de la guerra justa?" ¿A qué se enfrentan los EE.UU. después de nuestro horror nefando? Ninguna respuesta nacional al terrorismo será completa al menos que involucre la realidad moral y cultural del mal. "Ahora nosotros tenemos un temible estado de cosas". "Hay que prepararse para una lucha por delante" "Se necesitan más que armas sofisticadas para hacer grande a un país". "La ética de la represalia; ¿hasta dónde pueden llegar los EE.UU.?".
Una opinión aclaratoria nos dice que una cosa es la defensa propia y otra muy distinta, es la venganza. La defensa propia o justa defensa es lo que se responde al agresor en el momento mismo de la agresión. Lo que se haga al agresor después de la agresión, es venganza, no defensa.
Lo que los Estados Unidos hubieran hecho el 11 de septiembre, en el momento mismo de la agresión, contra el agresor, para defender a sus ciudadanos y a sus legítimas instituciones, es lo que hubiera sido legítima defensa propia. Todo lo que hagan ahora, pasada la agresión, debe ser considerada venganza o castigo, pero nunca legítima defensa propia.
El evangelio prohíbe expresamente la venganza (MT.5,39, lC.6,29) porque eso es lo primero (no lo único) que el famoso pasaje del golpe en la mejilla significa en la mentalidad de los evangelistas, sobre todo en una época en que regía, entre el pueblo judío, la ley del "ojo por ojo y diente por diente".
Entre las memorias del viaje pontificio a Kazajstán, su Santidad el Papa, Juan Pablo II, se encuentra la homilía que pronunció en la Plaza de la Madre patria de Astaná el 23 de setiembre del 2001.
"Dios es uno y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos (1 Tim 2,5). En esta expresión del Apóstol se contiene la verdad central de la fe cristiana. Me alegra poderla anunciar hoy a vosotros, hermanos y hermanas de Kazajstán". Y en medio de voces de aliento, de fe, de esperanza y de aprecio cariñoso a todos, contundentemente exclama "Dios es uno". El Apósto, en primer lugar, afirma la unicidad absoluta de Dios. Esta verdad la heredaron los cristianos de los hijos de Israel, y la comparten con los fieles musulmanes: es la fe en el Dios único, "Señor del cielo y de la tierra (Lc.10,21), todopoderoso y misericordioso".
Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, tras haber indicado el misterio de Dios, el Apóstol pone la mirada en Cristo, único mediador de salvación. Una mediación que se realizó en la pobreza: Jesucristo siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza. No hizo alarde de su categoría de Dios, no quiso presentarse con su aplastante superioridad a nuestra humanidad frágil e indigente. Si lo hubiera hecho; no habría obedecido a la lógica de Dios, sino a la de los violentos de este mundo, lógica denunciada sin evasivas por los profetas de Israel como Amós en su capítulo 8.
Jesús entregándose todo él por amarnos procuró la amistad con Dios perdida por causa del pecado. Esta "lógica del amor" nos la sugiere también a nosotros, pidiéndonos que la practiquemos especialmente mediante la generosidad hacia los necesitados. Se trata de una lógica que supera toda astucia de este mundo y nos permite hacer amigos auténticos que nos acojan en las moradas eternas (Lc. 16,9) en la patria celestial".
Estas eran las palabras entre otras de su comunicación oral en Astaná ante el pueblo kazeko, en donde coexisten cristianos y musulmanes. Esto lo proclamaba en el corazón de Asia, y a los 12 días de la feroz humareda que anunciaba la presencia del infame terrorismo.
Por otra parte, la prensa católica norteamericana a través de sus titulares, nos expresa su ubicación en conciencia: "Mientras los EE.UU. planean su estrategia para una guerra contra el terrorismo, ¿dónde se aplica la doctrina católica de la guerra justa?" ¿A qué se enfrentan los EE.UU. después de nuestro horror nefando? Ninguna respuesta nacional al terrorismo será completa al menos que involucre la realidad moral y cultural del mal. "Ahora nosotros tenemos un temible estado de cosas". "Hay que prepararse para una lucha por delante" "Se necesitan más que armas sofisticadas para hacer grande a un país". "La ética de la represalia; ¿hasta dónde pueden llegar los EE.UU.?".
Una opinión aclaratoria nos dice que una cosa es la defensa propia y otra muy distinta, es la venganza. La defensa propia o justa defensa es lo que se responde al agresor en el momento mismo de la agresión. Lo que se haga al agresor después de la agresión, es venganza, no defensa.
Lo que los Estados Unidos hubieran hecho el 11 de septiembre, en el momento mismo de la agresión, contra el agresor, para defender a sus ciudadanos y a sus legítimas instituciones, es lo que hubiera sido legítima defensa propia. Todo lo que hagan ahora, pasada la agresión, debe ser considerada venganza o castigo, pero nunca legítima defensa propia.
El evangelio prohíbe expresamente la venganza (MT.5,39, lC.6,29) porque eso es lo primero (no lo único) que el famoso pasaje del golpe en la mejilla significa en la mentalidad de los evangelistas, sobre todo en una época en que regía, entre el pueblo judío, la ley del "ojo por ojo y diente por diente".
Entre las memorias del viaje pontificio a Kazajstán, su Santidad el Papa, Juan Pablo II, se encuentra la homilía que pronunció en la Plaza de la Madre patria de Astaná el 23 de setiembre del 2001.
"Dios es uno y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos (1 Tim 2,5). En esta expresión del Apóstol se contiene la verdad central de la fe cristiana. Me alegra poderla anunciar hoy a vosotros, hermanos y hermanas de Kazajstán". Y en medio de voces de aliento, de fe, de esperanza y de aprecio cariñoso a todos, contundentemente exclama "Dios es uno". El Apósto, en primer lugar, afirma la unicidad absoluta de Dios. Esta verdad la heredaron los cristianos de los hijos de Israel, y la comparten con los fieles musulmanes: es la fe en el Dios único, "Señor del cielo y de la tierra (Lc.10,21), todopoderoso y misericordioso".
Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, tras haber indicado el misterio de Dios, el Apóstol pone la mirada en Cristo, único mediador de salvación. Una mediación que se realizó en la pobreza: Jesucristo siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza. No hizo alarde de su categoría de Dios, no quiso presentarse con su aplastante superioridad a nuestra humanidad frágil e indigente. Si lo hubiera hecho; no habría obedecido a la lógica de Dios, sino a la de los violentos de este mundo, lógica denunciada sin evasivas por los profetas de Israel como Amós en su capítulo 8.
Jesús entregándose todo él por amarnos procuró la amistad con Dios perdida por causa del pecado. Esta "lógica del amor" nos la sugiere también a nosotros, pidiéndonos que la practiquemos especialmente mediante la generosidad hacia los necesitados. Se trata de una lógica que supera toda astucia de este mundo y nos permite hacer amigos auténticos que nos acojan en las moradas eternas (Lc. 16,9) en la patria celestial".
Estas eran las palabras entre otras de su comunicación oral en Astaná ante el pueblo kazeko, en donde coexisten cristianos y musulmanes. Esto lo proclamaba en el corazón de Asia, y a los 12 días de la feroz humareda que anunciaba la presencia del infame terrorismo.