La magnanimidad desde el poder
Uno de los atributos más nobles del poder es el de la magnanimidad. La capacidad de otorgar y ceder para lograr la armonía social sin sacrificar el futuro de la Nación, es un talento indispensable para la buena conducción de la nave del Estado.
En la polémica sobre la seguridad social hemos visto posiciones radicalizadas de parte de los sectores contestatarios, que dicen sólo satisfacerse con la derogatoria total de la Ley, y de los sectores gubernamentales que la encuentran perfecta y libre de toda necesidad de modificación. En el curso de las semanas vimos evolucionar lentamente las posiciones. Unos y otros, con distintas precondiciones, ya hablan de modificar la Ley; que es el punto medio entre derogarla y conservarla. Sin embargo, se percibe que más que la búsqueda de la solución al problema, estamos siendo espectadores de un juego de poder. En esa charada nadie quiere ceder, como si estuviéramos enfrentando un enemigo exterior. Las partes parecen no comprender que la mano izquierda quiere estrangular a su propia cabeza y que la cabeza quiere morder a su propia mano izquierda. Mientras tanto, el estómago no recibe alimento y todo el cuerpo se debilita.
Es muy importante que el diálogo esté integrado por todos los sectores y no sólo con los más radicalizados; pero también es de prudencia realista comprender que, sin la participación de los más radicales, el diálogo no tendrá sentido. Por su parte, el FRENADESSO debe comprender que no es igual al Gobierno Nacional porque su representatividad es una presunción y la del Gobierno es una certeza jurídica. Por lo tanto, la comunicación debe ser respetuosa con los que representan la majestad de la Nación. También de esa forma majestuosa deben actuar los que gobiernan. Si se pide la convocatoria formal de FRENADESSO y no de sus partes integrantes, si se pide que se suspendan algunos efectos de la Ley por 90 días, si se pide que el mediador sea aceptable a todas las partes, si se pide conocer las cifras con base a las cuales se llegó a la propuesta oficial, el Gobierno no pierde nada aceptando y por ende, actuando con magnanimidad. Estas precondiciones en nada perjudican al buen resultado del diálogo y lo facilitan, o al menos desenmascaran a los que sólo blanden excusas porque ya no tienen argumentos. Ojalá todos recuerden que lo que está en juego es Panamá.