La mano de Dios
SI DIOS es esencialmente Ser, como al principio lo consideraban los místicos del Medio Oriente, entonces es probable que no haya tenido manos, pero si es un Ente cosificado, tal cual lo ha degradado el pragmatismo teológico occidental moderno, es posible que tenga más de una y tal vez hasta pudieran estar dispuestas a fustigar a los nuevos fariseos que se esconden en las tinieblas de organizaciones espurias o que se escudan tras los muros de los templos o que invaden la intimidad del hogar con su verborrea teatral y demagógica, útil para seducir incautos.
Maradona, un zurdo nato, es célebre por sus habilidades futbolísticas pero no por sus ideas. Debe su gloria al manejo exquisito del balón con su pierna izquierda y el bochorno, a la diatriba de su lengua. Cumple así con las dos exigencias del mito popular: la gloria y el escarnio. Todo el mundo recuerda su segundo gol convertido contra Inglaterra en el último mundial jugado en México. Ese tanto fue declarado por la FIFA como el mejor gol de la historia del fútbol hasta la fecha. Pero los ingleses y sobre todo los argentinos tampoco pueden olvidar el primero, el que fue anotado ilícitamente con la mano.
Los ilícitos en el fútbol, como en la vida, no son privativos de los argentinos ni de Maradona. Los británicos en 1833 desalojaron por la fuerza a los escasos pobladores argentinos de las islas Malvinas. Después de la guerra de 1982 por la re-posesión de las islas, se creyó ver en esa jugada de picardía criolla, no sancionada por el árbitro, una "gauchada", una ayuda justiciera de Dios en un deporte que iguala a fuertes y débiles, pero que erróneamente se confunde con las grandes causas nacionales.
La mano de Maradona fue un acto ilegal, una trampa, que se ha ido transformando con el tiempo en el mito del héroe posmoderno. Desde entonces a ese gol se lo conoce como el de "la mano de Dios". En el argot futbolero, el "dios argentino" legitima todo. Su intervención reviste esa mano ilícita de pureza. Mientras, para los británicos, su pícaro dios sonríe, porque para ellos el fútbol es simplemente un juego y el imperio una tradición seria.
En la prolífica imaginería porteña -que al decir de Eliade es más propia del rico primitivismo atávico que del desabrido urbanismo cultural de la civilización occidental- Maradona pasó desde entonces a ser considerado el tótem de la plebe, como Gardel (muerto calcinado en un accidente aéreo en Medellín), Perón y el Che. Tres mitos distintos cuyos cadáveres -vaya uno a saber por qué misterioso capricho de la historia- carecen de manos. Sus retratos cuelgan en los ranchitos humildes de las "villas miseria" que tristemente rodean a la Reina del Plata. La de los cartoneros desparramados como moraleja de la infame corrupción de los 90 y que pululan al despuntar la noche como los cambalaches ruinosos de aquella otra pobre mujer engañada, Madame Ivonne: "La papusa (1) del barrio latino" de Enrique Cadícamo. Una francesita cuya Cruz del Sur fue como un sino de lo que ocurriría más tarde con el pueblo argentino, cuando un "farabute" (2), entre tango y mate, la alzó de París. Ese ejército nocturno de desempleados, son los despojos de una época caricaturesca, encarnada en las transformaciones camaleónicas de un peronismo grotesco y patético, el de un presidente fantoche, vestido por Armani pero poseído por la osamenta sin manos de Perón, misteriosamente amputadas post mortem al profanarse su cadáver, como tiempo después lo hicieran con las del Dr. Ernesto Guevara, el Che, abatido en La Higuera, Bolivia, por un oscuro militar cuyo nombre olvidó la historia.
La mano de Dios tampoco es patrimonio exclusivo del fútbol. Quizá la más trascendente haya sido la del fundador del liberalismo económico. Así lo explica Max Weber en su: Ética protestante y el espíritu del capitalismo. "Desde Calvino, Dios y dinero compiten por el mismo cielo y con el mismo afán intentan convencer a la humanidad, cada uno con sus argumentos, cada uno con sus símbolos: la oblea y la moneda. Cada quien en su templo: la Iglesia y el Banco". Del mismo modo que el gobierno y la ACP prometen distintas quimeras: la salvación y el bienestar eterno.
Dice Cristiane Zschrint que Voltaire propuso dirimir las controversias confesionales en la bolsa de Londres. También dice que el poeta alemán Heine declaró con asombro que en la bolsa parisina, el ministro de finanzas francés era adorado como un dios (tal como hoy lo es el ex Director de la Reserva Federal, Alan Greenspan). Vayamos al grano, como hemos dicho, el que primero menciona la mano de Dios con pretensiones académicas fue Adam Smith, padre putativo del liberalismo económico, quien aseverara que así como la mano invisible de Dios mantenía el equilibrio del Mundo, también lo hacía con el Mercado. Todavía hoy muchos promotores de epifanías lo reverencian desde el púlpito fundamentalista neoliberal, aunque a menudo tengan que esconder su mano pecadora.
1. Del Lunfardo: Mujer muy bonita.
2. Del lunfardo: (1) Bribón, pícaro, fanfarrón. (2) Descarado, ostentoso, irresponsable, truhán.
(drjcal@psi.net.pa)
Para el proceso de demolición del viejo mercado, cuyas estructuras estaban deterioradas, se destinó una partida de unos B/. 85 mil.
Recientemente los comerciantes del Mercado de San Felipe se quejaron porque las instalaciones son muy calurosas.
Maradona, un zurdo nato, es célebre por sus habilidades futbolísticas pero no por sus ideas. Debe su gloria al manejo exquisito del balón con su pierna izquierda y el bochorno, a la diatriba de su lengua. Cumple así con las dos exigencias del mito popular: la gloria y el escarnio. Todo el mundo recuerda su segundo gol convertido contra Inglaterra en el último mundial jugado en México. Ese tanto fue declarado por la FIFA como el mejor gol de la historia del fútbol hasta la fecha. Pero los ingleses y sobre todo los argentinos tampoco pueden olvidar el primero, el que fue anotado ilícitamente con la mano.
Los ilícitos en el fútbol, como en la vida, no son privativos de los argentinos ni de Maradona. Los británicos en 1833 desalojaron por la fuerza a los escasos pobladores argentinos de las islas Malvinas. Después de la guerra de 1982 por la re-posesión de las islas, se creyó ver en esa jugada de picardía criolla, no sancionada por el árbitro, una "gauchada", una ayuda justiciera de Dios en un deporte que iguala a fuertes y débiles, pero que erróneamente se confunde con las grandes causas nacionales.
La mano de Maradona fue un acto ilegal, una trampa, que se ha ido transformando con el tiempo en el mito del héroe posmoderno. Desde entonces a ese gol se lo conoce como el de "la mano de Dios". En el argot futbolero, el "dios argentino" legitima todo. Su intervención reviste esa mano ilícita de pureza. Mientras, para los británicos, su pícaro dios sonríe, porque para ellos el fútbol es simplemente un juego y el imperio una tradición seria.
En la prolífica imaginería porteña -que al decir de Eliade es más propia del rico primitivismo atávico que del desabrido urbanismo cultural de la civilización occidental- Maradona pasó desde entonces a ser considerado el tótem de la plebe, como Gardel (muerto calcinado en un accidente aéreo en Medellín), Perón y el Che. Tres mitos distintos cuyos cadáveres -vaya uno a saber por qué misterioso capricho de la historia- carecen de manos. Sus retratos cuelgan en los ranchitos humildes de las "villas miseria" que tristemente rodean a la Reina del Plata. La de los cartoneros desparramados como moraleja de la infame corrupción de los 90 y que pululan al despuntar la noche como los cambalaches ruinosos de aquella otra pobre mujer engañada, Madame Ivonne: "La papusa (1) del barrio latino" de Enrique Cadícamo. Una francesita cuya Cruz del Sur fue como un sino de lo que ocurriría más tarde con el pueblo argentino, cuando un "farabute" (2), entre tango y mate, la alzó de París. Ese ejército nocturno de desempleados, son los despojos de una época caricaturesca, encarnada en las transformaciones camaleónicas de un peronismo grotesco y patético, el de un presidente fantoche, vestido por Armani pero poseído por la osamenta sin manos de Perón, misteriosamente amputadas post mortem al profanarse su cadáver, como tiempo después lo hicieran con las del Dr. Ernesto Guevara, el Che, abatido en La Higuera, Bolivia, por un oscuro militar cuyo nombre olvidó la historia.
La mano de Dios tampoco es patrimonio exclusivo del fútbol. Quizá la más trascendente haya sido la del fundador del liberalismo económico. Así lo explica Max Weber en su: Ética protestante y el espíritu del capitalismo. "Desde Calvino, Dios y dinero compiten por el mismo cielo y con el mismo afán intentan convencer a la humanidad, cada uno con sus argumentos, cada uno con sus símbolos: la oblea y la moneda. Cada quien en su templo: la Iglesia y el Banco". Del mismo modo que el gobierno y la ACP prometen distintas quimeras: la salvación y el bienestar eterno.
Dice Cristiane Zschrint que Voltaire propuso dirimir las controversias confesionales en la bolsa de Londres. También dice que el poeta alemán Heine declaró con asombro que en la bolsa parisina, el ministro de finanzas francés era adorado como un dios (tal como hoy lo es el ex Director de la Reserva Federal, Alan Greenspan). Vayamos al grano, como hemos dicho, el que primero menciona la mano de Dios con pretensiones académicas fue Adam Smith, padre putativo del liberalismo económico, quien aseverara que así como la mano invisible de Dios mantenía el equilibrio del Mundo, también lo hacía con el Mercado. Todavía hoy muchos promotores de epifanías lo reverencian desde el púlpito fundamentalista neoliberal, aunque a menudo tengan que esconder su mano pecadora.
1. Del Lunfardo: Mujer muy bonita.
2. Del lunfardo: (1) Bribón, pícaro, fanfarrón. (2) Descarado, ostentoso, irresponsable, truhán.
(drjcal@psi.net.pa)
Para el proceso de demolición del viejo mercado, cuyas estructuras estaban deterioradas, se destinó una partida de unos B/. 85 mil.
Recientemente los comerciantes del Mercado de San Felipe se quejaron porque las instalaciones son muy calurosas.