La modernización de la educación
La historia demuestra que no existe camino más seguro hacia el logro de una sociedad más rica y más justa que no sea el que día a día se construye a través de ofrecer más y mejor educación para toda la población.
En esta noble misión el sistema escolar juega un papel trascendental, porque recibe al niño y a la niña desde edades que son cada vez menores y los guía durante sus mejores años para transformarlos en el hombre y la mujer que la sociedad necesita. Toda la comunidad espera que dentro de sus aulas se formen los ciudadanos solidarios en lo social, participativos en lo político y productivos en lo económico que se requieren para tener un mundo mejor.
Seguramente nunca ha sido más evidente la íntima relación que existe entre la cantidad y calidad de la educación que se imparte, con el nivel de bienestar que adquiere la población. Hoy en día los países, las regiones y los ciudadanos se dividen entre los mejor preparados que reciben mayores ingresos y más oportunidades de participación; y los menos desarrollados que ven deteriorar su situación social día a día.
Lamentablemente, frente a este desafío encontramos un sistema educativo incapaz de ofrecer una respuesta adecuada. Contamos con planes de estudio que no responden a la demanda del mundo moderno, infraestructura inadecuada que destruye el ambiente de estudio y de trabajo, equipo insuficiente que limita la acción en el salón de clases, libros de texto obsoletos, desconocimiento de los resultados por falta de sistemas de evaluación, y educadores mal preparados y motivados.
Además, los posibles caminos hacia la solución de estos males están obstaculizados por los problemas administrativos de un sistema centralizado, la burocracia de un ministerio hipertrofiado y la corrupción que resulta de la injerencia gremial y política. Los diferentes dirigentes gubernamentales y gremiales han usado el Ministerio de Educación para premiar con un empleo a sus seguidores, independientemente de sus aptitudes para el cargo; y en una eterna disputa por el poder, los líderes de ambos sectores siempre han tratado de excluir del debate educativo a los padres de familia y al resto de la sociedad.
Sin embargo, hay una luz de esperanza al final del túnel. La sociedad, a través de organizaciones privadas sin fines de lucro, está asumiendo una nueva actitud frente al problema educativo. Se está estudiando la situación actual y la prevaleciente en otros países de la región para identificar programas de modernización que han sido probados en otras latitudes y que han arrojado resultados muy satisfactorios.
En esta noble misión el sistema escolar juega un papel trascendental, porque recibe al niño y a la niña desde edades que son cada vez menores y los guía durante sus mejores años para transformarlos en el hombre y la mujer que la sociedad necesita. Toda la comunidad espera que dentro de sus aulas se formen los ciudadanos solidarios en lo social, participativos en lo político y productivos en lo económico que se requieren para tener un mundo mejor.
Seguramente nunca ha sido más evidente la íntima relación que existe entre la cantidad y calidad de la educación que se imparte, con el nivel de bienestar que adquiere la población. Hoy en día los países, las regiones y los ciudadanos se dividen entre los mejor preparados que reciben mayores ingresos y más oportunidades de participación; y los menos desarrollados que ven deteriorar su situación social día a día.
Lamentablemente, frente a este desafío encontramos un sistema educativo incapaz de ofrecer una respuesta adecuada. Contamos con planes de estudio que no responden a la demanda del mundo moderno, infraestructura inadecuada que destruye el ambiente de estudio y de trabajo, equipo insuficiente que limita la acción en el salón de clases, libros de texto obsoletos, desconocimiento de los resultados por falta de sistemas de evaluación, y educadores mal preparados y motivados.
Además, los posibles caminos hacia la solución de estos males están obstaculizados por los problemas administrativos de un sistema centralizado, la burocracia de un ministerio hipertrofiado y la corrupción que resulta de la injerencia gremial y política. Los diferentes dirigentes gubernamentales y gremiales han usado el Ministerio de Educación para premiar con un empleo a sus seguidores, independientemente de sus aptitudes para el cargo; y en una eterna disputa por el poder, los líderes de ambos sectores siempre han tratado de excluir del debate educativo a los padres de familia y al resto de la sociedad.
Sin embargo, hay una luz de esperanza al final del túnel. La sociedad, a través de organizaciones privadas sin fines de lucro, está asumiendo una nueva actitud frente al problema educativo. Se está estudiando la situación actual y la prevaleciente en otros países de la región para identificar programas de modernización que han sido probados en otras latitudes y que han arrojado resultados muy satisfactorios.