default

La niñez: Un desafío mundial


Mi corazón se hizo pedazos con el titular del El Panamá América (1-6-02) "Dos niños mueren de hambre en las bananeras" Esto sucedió en las fracasadas fincas de Divalá, limítrofe con Costa Rica, donde no hay luz, ni agua potable y mucho menos alimentos. En la revista Voces (junio/02) las noticias son más trágicas. Mundialmente 600 millones de niños viven en la pobreza absoluta y 30 mil mueren diariamente por causas perfectamente previsibles. Estas noticias no sólo deben preocupar a los gobiernos y a las organizaciones internacionales; también deben ser materia de preocupación de los empresarios, los empleados simples y comunes; es decir, una responsabilidad social.
En un país tan chico como Panamá, esta situación no debe ser tan desastrosa, pero lo es. En los distritos indígenas ocho de cada diez niños están desnutridos, y en términos generales la inseguridad alimentaria afecta a casi medio millón, de los cuales 57% son menores de 20 años. (La Prensa, 5-6-02).
No nos preocupemos, sin embargo, una delegación asistió a la Cumbre de la FAO en Italia, cuyo fin primordial fue tratar el hambre y la pobreza. El año pasado nuestra Presidenta recibió una medalla específicamente por sus esfuerzos para promover la solidaridad internacional hacia ese fin. La pregunta es, sin embargo, si los efectos de esos esfuerzos llegarán a Panamá, porque las estadísticas muestran otra radiografía.
Analicemos nuestra niñez. Los que no mueren por hambre se prostituyen. Tenemos un porcentaje alto de niñas de 10 a 14 años embarazadas. El incesto se ve a menudo por la promiscuidad y los pobres valores de los adultos en las familias.
No hace mucho una niña de 14 años dio a luz en su salón de clases. Los abortos son frecuentes. Tenemos una población amplia de niños que jamás ha visto un par de zapatos, y son estos infantes los que cruzan puentes maltrechos y quebradas malsanas para ir a la escuela. A ellos no les importa eso, pero sí les preocupa ir a clases con los estómagos vacíos. En la capital, los niños indigentes son los que venden estampitas en los semáforos y cuando llegan a tener 14 años, ingresan a una pandilla de maleantes. Ponemos énfasis en que todo niño debe aprender inglés, y no en crear un ambiente decente y limpio para ellos.
A mí me duele el alma cuando observo que en los casinos, en el 2001, los ingresos a 84 millones de dólares (cifras redondas) y en el 2000 fueron 4 millones más. Gastamos más, pero hacemos menos caridad. Las casas grandes son para familias chicas, pero las pobres, usualmente más numerosas, se conforman con hojas de zinc y el suelo por cama. Conquistamos el espacio exterior pero no el interior. Nuestra realidad es tan desesperante que hasta los médicos, me refiero a los del paro, dieron la espalda a nuestros niños.
Ellos esperan mucha bondad para sus servicios, pero migas para él prójimo. Nuestra salvación: Casa Esperanza, las aldeas SOS y el colegio Malambo. Dios de todos, protege a nuestros niños día y noche; guíalos por los caminos correctos, pero siempre a tu vista.
Los golpes eran tantos y tan brutales que le causaron laceraciones en su piel, las cuales no cicatrizaban y su padrastro para ayudarla o tal vez, para empeorarla, le echaba agua caliente.
Tanto Rosa como su hermana más pequeña eran maltratadas por su padrastro, sin embargo, todo esto pasaba mientras su progenitora se hacía de la vista gorda. Los efectos psicológicos en esta menor fueron devastadores y, a pesar de que ahora vive con otros familiares, ahoga a los pollitos que encuentra en el patio. Los médicos advirtieron que las secuelas serán duraderas.
El autor intelectual de este trato inhumano fue condenado a seis años de cárcel y ahora supuestamente "se convirtió" y este medio supo que anda con una biblia debajo del brazo.
Luisa jamás se imaginó que llegar a casa a las tres de la tarde le costaría ser sometida a quemaduras de aceite que le dejarían huellas de por vida. Al llegar a su casa, fríamente su mamá la mandó a quitarse la ropa, mientras calentaba aceite. Luego la mandó a arrodillar y con una cuchara comenzó a verter el líquido sobre su cuerpo. Para completar la escena, la correteó para pegarle con un machete.
El Hogar Piedad le devuelve la alegría y la esperanza a estos pequeños, porque encuentran una nueva razón para vivir. El 60% de los niños que habitan en el hogar han sido abandonados y las puertas están abiertas para recién nacidos hasta jóvenes de 16 años.
El centro tiene cuatro años de estar funcionando gracias a la Fundación PRO-VIDA, organismo no gubernamental sin fines de lucro y con personería jurídica. También trabaja bajo la coordinación de los Juzgados Seccionales de menores y el Ministerio de la Juventud, la Mujer, la Niñez y la Familia.
Tiene como objetivo darle una solución a la problemática que presenta el menor carenciado, que vive en condiciones de alto riesgo, producto del abuso, maltrato y abandono. Allí se les da albergue en una gran casa con amplias salas, salones de clases, recámaras, comedor, cocina, lavandería y un gran patio para juegos. De acuerdo con su director, Maximiliano López, todos los niños son guiados sobre una base de amor y confianza en el marco del trato familiar de un hogar.
Agregó que reciben, mediante programas, atención de la más alta calidad para su desarrollo físico, emocional, educacional, ético, moral y espiritual. Explicó que los niños reciben atención escolar hasta sexto grado en la escuela multigrados que funciona en el hogar y en el que laboran tres docentes. Al finalizar la educación primaria, son enviados a un primer ciclo del área. Añadió que el Hogar sólo funciona con los aportes que hace la empresa privada porque no recibe ningún subsidio del Estado.
La institución cuenta con una cocinera, las "tías" (que son las que cuidan a los niños), una administradora y el director. En tanto, los servicios de asistencia técnica, como pediatría, psicología y otros, los recibe a través de un personal de la Universidad de Panamá que asiste cada semana.
La Junta Directiva está conformada en su mayoría por profesionales y personas independientes, quienes sin devengar un salario realizan una labor social. Sin embargo, esta organización tiene proyecciones de seguir creciendo y construir otra sede en Volcán, Chiriquí, donde le donaron un terreno, y en Balboa, donde la Autoridad de la Región Interoceánica (ARI), también le traspasó unos edificios.
Estos logros benefician a esos mismos niños que viven en ese hogar desde su fundación, hace cuatro años, porque no tienen familiares que deseen cobijarlos en sus hogares y tampoco pueden volver con sus padres biológicos porque éstos constituyen un peligro para su desarrollo físico y emocional.
Así, mientras crecen, pueden aprender oficios, en las nuevas sedes, tal como proyecta el Hogar Piedad y la Fundación Pro Vida. Los niños no deben permanecer tanto tiempo en el hogar, pero a falta de uno propio, esta iniciativa parece ser, por ahora, la más viable.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América