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¿La OEA en crisis?


La OEA identificándose con la tesis del golpe de Estado militar en contra de Zelaya ha tenido un pésimo desempeño. Para hacer valer este punto de vista la comisión de ministros americanos de Relaciones Exteriores, conformada por el Secretario General José Miguel Insulza, el Secretario de Estado español para Iberoamérica, Juan Carlos de la Iglesia; un representante general de la ONU, y diez altos funcionarios con rango de ministro o embajador, visitaron Tegucigalpa en los meses agosto y octubre del presente año 2009, para mediar en la puesta en vigor del fracasado Pacto de San José cuyo primer objetivo era el regreso de Zelaya a la presidencia. El resultado fue nulo, y más aún si se tiene en cuenta que pasó por alto los aspectos más graves derivados de la crisis hondureña: las armas provenientes de Rusia que por intermedio de Nicaragua, Venezuela quiso ingresar a territorio Hondureño y el tono guerrerista de Chávez y Ecuador en contra de Colombia, como estrategia de distracción de la atención sobre el inminente descalabro de sus intenciones en Honduras. Todo esto ha formando un contexto en donde se puede pronosticar posible violencia entre hermanos latinoamericanos.

Por otro lado, en cuanto a Estados Unidos, el Presidente Obama pareció no tener ideas precisas y correctas sobre América Latina, lo que permitió que al igual que la OEA, fuera influenciado hasta cierto punto por el pensamiento del grupo ALBA.

Varios países latinoamericanos antes del 29 de noviembre ya habían visto claro el sentido de aprovechamiento por parte de Hugo Chávez del presunto golpe y decidieron declarar que reconocerían el resultado de las elecciones si éstas eran, como en efecto fueron, transparentes, honestas y pacíficas. Se destacaron en este sentido Costa Rica, Panamá y Perú. Otros países, principalmente los del ALBA, mostraron su parcialidad anunciando que no reconocerían el resultado cualquiera que fuera la calidad de la elección.

Brasil con su clara intervención en asuntos internos de Honduras al “invitar” a Zelaya a su sede diplomática en Tegucigalpa acusó un sorprendente cambio de postura en su política internacional. Sólo hay que comparar su presente actuación con la del caso de Panamá en el año 1989, cuando se negó a pronunciarse en contra de la dictadura del ex general Manuel Antonio Noriega aduciendo que su aparente legalidad era suficiente para que ellos se mantuvieran fuera de dicho asunto, y cuando la OEA intervino enviando una misión reconciliadora encargada de promover la negociación entre las partes, Brasil no aportó ningún apoyo.

Preocupa que la Unión Europea y la ONU hayan seguido sin aparente análisis profundo la línea parcializada de la OEA, esto plantea una serie de necesidades respecto a determinar la relación entre estas organizaciones hemisféricas y América, cuando se trata de asuntos controvertidos que dan pie a diferentes respuestas que sean congruentemente democráticas.

La OEA ha quedado muy mal ferida, dejando una América Latina dividida. ¿Sin que se someta a una reingeniería a fondo, puede en el futuro inmediato, un país libre y democrático acudir a este organismo que ha experimentado un fiasco tan grande?

Si demuestra capacidad de aprender de sus yerros, podría reasumir su papel unificador sobre todo ante los retos de la globalización, lo que le permitirá rehacer su imagen después de su más reciente descalabro.

101 años de Panamá América

 
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