La OEA: Pincha poco y corta menos
EN TRES ocasiones, he representado a nuestro país en la Organización de los Estados Americanos y, antes, cuando todavía era estudiante de Derecho, trabajé como Asistente del Director de la Oficina de la Secretaría General en Panamá. Mis vivencias con esa organización cubren, por tanto, cuatro décadas, que concluyeron cuando terminé mis funciones como Embajador, Representante Permanente, cargo con el que me honró la presidenta Moscoso, el 31 de agosto de 2004.
Cuando me desempeñaba en la oficina local, se produjo "la invasión de los cubanos" y vino a Panamá una "comisión de la OEA". Esos fueron mis primeros contactos con embajadores y diplomáticos de varios países, y con altos cargos de la Secretaría General, llegados de Washington. Sus desempeños y los malabares que practicaban y en los que eran duchos, entonces, me impresionaron.
De 1975 a 1977 actué como Embajador, Representante Suplente de Panamá en la OEA. El jefe de la misión era el abogado Nander Pitty y el Secretario General, que por cierto le debió su cargo a Panamá, que lo postuló antes que su propio país, Argentina, era Alejandro Orfila, el esposo de Helga, la modelo que impresionó al mundo con el atrevido escote que lució durante el acto de la firma de los tratados Torrijos-Carter. Creo que ese acto, no el escote, desde luego, fue el momento de mayor gloria para la organización. La Secretaría General comandada por Orfila llegó a contar con 1,600 empleados: 90% de ellos en la sede y un 10% en las oficinas en los países miembros.
Durante ese lapso, fui testigo de las incontables batallas que libró el embajador Pitty, a quien secundé en ese empeño, para recalcar y dejar claramente asentado que las responsabilidades y competencias de la Secretaría General son administrativas y no políticas. Las decisiones políticas corresponden a los países miembros; la OEA es una organización de Estados. La Secretaría General debe enmarcarse dentro de los mandatos que le asignan los países. Esto lo señalo, porque muchas personas tienen la creencia de que el Secretario General es el jefe de la OEA, por desconocer que su jefatura está limitada al ámbito administrativo y que para desempeñar responsabilidades políticas requiere de mandatos específicos de los países. La Carta de la OEA es tajante en ese sentido.
Eso explica el escrupuloso cuidado que tuvo el Sr. Insulza, en la conferencia de prensa del pasado sábado, cuando, al responder preguntas sobre la decisión del presidente Chávez de no renovar la concesión de Radio Caracas Televisión, repitió, una y otra vez, que él había dado "una opinión personal" hace un par de meses, y que cualquier discusión del asunto en la actual asamblea, solamente pueden decidirlo los jefes de la delegaciones. De paso, aprovecho para precisar que no es una reunión de cancilleres sino de Jefes de Delegaciones y que éstos pueden ser presidentes, cancilleres, vicecancilleres, embajadores o cualquier otro funcionario.
La OEA hace mucho que viene volando muy bajo, por varias razones, entre ellas:
A) Falta de recursos. Ella depende de las cuotas de los países miembros. Aunque éstas se adeudan, desde el primer día del año correspondiente, son contados los países que están al día, y un buen número, incluidos los Estados Unidos, no cumple ese compromiso. En varios años ha sido necesario recurrir a préstamos para pagar a sus empleados.
B) Su incapacidad para actuar de acuerdo a sus propios principios. Cuando en nuestro continente campeaban las dictaduras, éstas se sentaban a su mesa con iguales derechos que aquellos países, pocos por cierto, que, por lo menos, vivían bajo democracias formales. Los artificios y subterfugios estaban a la orden para justificar como hacerse de la vista gorda y mirar para otro lado. El caso de Panamá, cuando la dictadura de Noriega machacaba al pueblo panameño, es el mejor ejemplo.
C) El maldito consenso y su producto, la inocuidad. A mi me tocó ser testigo, cuando presidí la Misión Permanente de Panamá, a comienzos de los ´80, de las últimas votaciones que hubo en la OEA. Hace muchísimos años que no se vota nada y hay temor de votar hasta por cuestiones de procedimiento. Aunque todos los países miembros, según el principio de la igualdad jurídica de los Estados, tienen igual derecho de voto, la presencia de poderes hegemónicos, y no hablo sólo de los Estados Unidos, han convertido el voto en una reliquia histórica. Todas las decisiones deben adoptarse por consenso. No lo dice la Carta de la OEA, pero lo han impuesto los que más pueden. El resultado, por aquello de que lo que satisface a todos es porque no molesta a nadie, es la inocuidad de sus acuerdos.
D) Una burocracia sin mística. Por lógica reacción humana, el funcionariado de la Secretaría General vive vegetando entre mandatos intrascendentes. No perciben malos salarios; pero no tienen motivación para sentir que su esfuerzo contribuye a las causas y objetivos que verdaderamente importan.
E) La proliferación de mandatos irrealizables. Las capacidades, tanto humanas como financieras de la Secretaría General fueron copadas hacer muchísimo tiempo; sin embargo, todos los años se renuevan mandatos y se agregan otros, que los propios países son conscientes, cuando los aprueban, que no será posible realizarlos.
F) Pérdida del sentido de misión. La OEA que debe, según su Carta estar dedicada en cuerpo y alma a la promoción y el fortalecimiento de la democracia integral, agotó sus escuálidos aportes en ese campo, cuando aprobó la Carta Democrática Interamericana, en Lima, el 11 de septiembre de 2001, el mismo día del ataque terrorista contra las torres gemelas en Nueva York y el Pentágono. Nadie duda del valor trascendente de ese documento, pero hubiera sido mayor si se le hubiera dado fuerza vinculante al adoptarla mediante un tratado, o, por lo menos, como una Declaración firmada por todos los países. Ahora, su valor es solamente moral.
Después de aprobada la Carta Democrática, la OEA se vació de contenidos importantes. Panamá, entonces, fuimos los primeros en plantearlo, junto con otros países intentamos que se diera el paso que la OEA necesita para recuperar "sentido de misión": La discusión y aprobación de una Carta Social. Las llamadas "democracias representativas", de carácter formal, como las que existen en las mayorías de nuestros países no satisfacen las aspiraciones de nuestros pueblos, no han resuelto el problema esencial de la pobreza y la miseria que, aunque se busquen justificaciones evasivas y acomodos retóricos, en lugar de disminuir aumenta, al igual que la desigualdad.
Hace falta, en el foro continental tomar conciencia de que la democracia debe ser integral; que mientras las legiones de pobres sigan en aumento, no hay verdadera democracia. Para que ese día llegue, hace falta decisión y compromiso. En la OEA de hoy no existen y la fanfarria y el oropel de sus espectáculos anuales no podrá tapar esa triste, desesperante y trágica realidad.
Doris Ríos: "Es bueno que hagan el puente, porque nosotros los que utilizamos a diario la policlínica nos veremos beneficiados".
Cuando me desempeñaba en la oficina local, se produjo "la invasión de los cubanos" y vino a Panamá una "comisión de la OEA". Esos fueron mis primeros contactos con embajadores y diplomáticos de varios países, y con altos cargos de la Secretaría General, llegados de Washington. Sus desempeños y los malabares que practicaban y en los que eran duchos, entonces, me impresionaron.
De 1975 a 1977 actué como Embajador, Representante Suplente de Panamá en la OEA. El jefe de la misión era el abogado Nander Pitty y el Secretario General, que por cierto le debió su cargo a Panamá, que lo postuló antes que su propio país, Argentina, era Alejandro Orfila, el esposo de Helga, la modelo que impresionó al mundo con el atrevido escote que lució durante el acto de la firma de los tratados Torrijos-Carter. Creo que ese acto, no el escote, desde luego, fue el momento de mayor gloria para la organización. La Secretaría General comandada por Orfila llegó a contar con 1,600 empleados: 90% de ellos en la sede y un 10% en las oficinas en los países miembros.
Durante ese lapso, fui testigo de las incontables batallas que libró el embajador Pitty, a quien secundé en ese empeño, para recalcar y dejar claramente asentado que las responsabilidades y competencias de la Secretaría General son administrativas y no políticas. Las decisiones políticas corresponden a los países miembros; la OEA es una organización de Estados. La Secretaría General debe enmarcarse dentro de los mandatos que le asignan los países. Esto lo señalo, porque muchas personas tienen la creencia de que el Secretario General es el jefe de la OEA, por desconocer que su jefatura está limitada al ámbito administrativo y que para desempeñar responsabilidades políticas requiere de mandatos específicos de los países. La Carta de la OEA es tajante en ese sentido.
Eso explica el escrupuloso cuidado que tuvo el Sr. Insulza, en la conferencia de prensa del pasado sábado, cuando, al responder preguntas sobre la decisión del presidente Chávez de no renovar la concesión de Radio Caracas Televisión, repitió, una y otra vez, que él había dado "una opinión personal" hace un par de meses, y que cualquier discusión del asunto en la actual asamblea, solamente pueden decidirlo los jefes de la delegaciones. De paso, aprovecho para precisar que no es una reunión de cancilleres sino de Jefes de Delegaciones y que éstos pueden ser presidentes, cancilleres, vicecancilleres, embajadores o cualquier otro funcionario.
La OEA hace mucho que viene volando muy bajo, por varias razones, entre ellas:
A) Falta de recursos. Ella depende de las cuotas de los países miembros. Aunque éstas se adeudan, desde el primer día del año correspondiente, son contados los países que están al día, y un buen número, incluidos los Estados Unidos, no cumple ese compromiso. En varios años ha sido necesario recurrir a préstamos para pagar a sus empleados.
B) Su incapacidad para actuar de acuerdo a sus propios principios. Cuando en nuestro continente campeaban las dictaduras, éstas se sentaban a su mesa con iguales derechos que aquellos países, pocos por cierto, que, por lo menos, vivían bajo democracias formales. Los artificios y subterfugios estaban a la orden para justificar como hacerse de la vista gorda y mirar para otro lado. El caso de Panamá, cuando la dictadura de Noriega machacaba al pueblo panameño, es el mejor ejemplo.
C) El maldito consenso y su producto, la inocuidad. A mi me tocó ser testigo, cuando presidí la Misión Permanente de Panamá, a comienzos de los ´80, de las últimas votaciones que hubo en la OEA. Hace muchísimos años que no se vota nada y hay temor de votar hasta por cuestiones de procedimiento. Aunque todos los países miembros, según el principio de la igualdad jurídica de los Estados, tienen igual derecho de voto, la presencia de poderes hegemónicos, y no hablo sólo de los Estados Unidos, han convertido el voto en una reliquia histórica. Todas las decisiones deben adoptarse por consenso. No lo dice la Carta de la OEA, pero lo han impuesto los que más pueden. El resultado, por aquello de que lo que satisface a todos es porque no molesta a nadie, es la inocuidad de sus acuerdos.
D) Una burocracia sin mística. Por lógica reacción humana, el funcionariado de la Secretaría General vive vegetando entre mandatos intrascendentes. No perciben malos salarios; pero no tienen motivación para sentir que su esfuerzo contribuye a las causas y objetivos que verdaderamente importan.
E) La proliferación de mandatos irrealizables. Las capacidades, tanto humanas como financieras de la Secretaría General fueron copadas hacer muchísimo tiempo; sin embargo, todos los años se renuevan mandatos y se agregan otros, que los propios países son conscientes, cuando los aprueban, que no será posible realizarlos.
F) Pérdida del sentido de misión. La OEA que debe, según su Carta estar dedicada en cuerpo y alma a la promoción y el fortalecimiento de la democracia integral, agotó sus escuálidos aportes en ese campo, cuando aprobó la Carta Democrática Interamericana, en Lima, el 11 de septiembre de 2001, el mismo día del ataque terrorista contra las torres gemelas en Nueva York y el Pentágono. Nadie duda del valor trascendente de ese documento, pero hubiera sido mayor si se le hubiera dado fuerza vinculante al adoptarla mediante un tratado, o, por lo menos, como una Declaración firmada por todos los países. Ahora, su valor es solamente moral.
Después de aprobada la Carta Democrática, la OEA se vació de contenidos importantes. Panamá, entonces, fuimos los primeros en plantearlo, junto con otros países intentamos que se diera el paso que la OEA necesita para recuperar "sentido de misión": La discusión y aprobación de una Carta Social. Las llamadas "democracias representativas", de carácter formal, como las que existen en las mayorías de nuestros países no satisfacen las aspiraciones de nuestros pueblos, no han resuelto el problema esencial de la pobreza y la miseria que, aunque se busquen justificaciones evasivas y acomodos retóricos, en lugar de disminuir aumenta, al igual que la desigualdad.
Hace falta, en el foro continental tomar conciencia de que la democracia debe ser integral; que mientras las legiones de pobres sigan en aumento, no hay verdadera democracia. Para que ese día llegue, hace falta decisión y compromiso. En la OEA de hoy no existen y la fanfarria y el oropel de sus espectáculos anuales no podrá tapar esa triste, desesperante y trágica realidad.
Doris Ríos: "Es bueno que hagan el puente, porque nosotros los que utilizamos a diario la policlínica nos veremos beneficiados".