La otra migración de colombianos
Otros medios de Estados Unidos se han referido al beneficioso impacto que para el centro bancario de Miami está teniendo el flujo de dinero limpio colombiano. Al mismo tiempo están llegando a Florida muchos inversionistas de esa nación suramericana, con los bolsillos repletos, prácticamente mudando sus negocios, bienes, hogares y familias hacia Norteamérica.
Ese flujo migratorio y de capitales nada tiene que ver con el narcotráfico y los negocios malhabidos con los que injustamente se suele estereotiparlos. Se trata de profesionales valiosos, de gente con recursos que está abandonando paulatinamente su país contra sus deseos.
De hecho empiezan mudando sus familias y trasladando sus ahorros al extranjero. Arriendan o compran costosas viviendas y terminan abriendo negocios donde quiera se instalen. Los de ingresos medios hacen igual a su escala. Todos compran automóviles, matriculan a sus hijos en escuelas privadas y en general mantienen el mismo ritmo de vida que tenían en su patria.
Otros se mudan en pleno, previo haberlo vendido todo en su país, o dejan sus negocios en manos de administradores, auditores y gerentes, siguiendo su evolución día a día a control remoto a través de Internet y de los modernos medios de comunicación de hoy, y con esporádicas visitas personales.
En Panamá se mueven discretamente, entremezclándose entre los panameños que no advertimos su presencia salvo por el acento. Son gente industriosa y emprendedora. Muchos han abierto pequeños salones de belleza, establecimientos comerciales, sitios de diversión y restaurantes.
Y aunque nada tenga que ver con la actual situación colombiana, grandes empresas tales como el exitoso Hotel Decameron, de Playa Blanca, Antón, pertenece a inversionistas colombianos. El nuevo Hotel Contadora y el Hotel El Panamá, cuentan en parte con capital también colombiano.
Mucha gente de clase media de la hermana nación se halla residiendo entre nosotros. Algunos aguardan visa. Son los que atiborran los supermercados a altas horas de la noche cuando el resto de los panameños dormimos. Los hay también profesionales que juegan en la casi aficionada liga de fútbol local. Esto era impensable hace una década. Es una migración beneficiosa, que viene a aportar sus ahorros, talento y experiencia. Y ya es inevitable porque está entre nosotros, sacando provecho a negocios nuevos. Es cuestión de tiempo para que se aventuren en grandes empresas.
Algunos banqueros aseguran que de no ser por esa silenciosa migración colombiana, la desaceleración económica panameña sería mucho peor. Están encantados con la cercanía a su país, con el dólar, con la ausencia de banco central y control de divisas, con la infraestructura de servicios y comunicaciones, con las infinitas oportunidades de hacer dinero y negocios, que yacen a flor de tierra, y, sobre todo, con el principal de nuestro activo: la paz que respiramos. ¿Y nosotros?
Ese flujo migratorio y de capitales nada tiene que ver con el narcotráfico y los negocios malhabidos con los que injustamente se suele estereotiparlos. Se trata de profesionales valiosos, de gente con recursos que está abandonando paulatinamente su país contra sus deseos.
De hecho empiezan mudando sus familias y trasladando sus ahorros al extranjero. Arriendan o compran costosas viviendas y terminan abriendo negocios donde quiera se instalen. Los de ingresos medios hacen igual a su escala. Todos compran automóviles, matriculan a sus hijos en escuelas privadas y en general mantienen el mismo ritmo de vida que tenían en su patria.
Otros se mudan en pleno, previo haberlo vendido todo en su país, o dejan sus negocios en manos de administradores, auditores y gerentes, siguiendo su evolución día a día a control remoto a través de Internet y de los modernos medios de comunicación de hoy, y con esporádicas visitas personales.
En Panamá se mueven discretamente, entremezclándose entre los panameños que no advertimos su presencia salvo por el acento. Son gente industriosa y emprendedora. Muchos han abierto pequeños salones de belleza, establecimientos comerciales, sitios de diversión y restaurantes.
Y aunque nada tenga que ver con la actual situación colombiana, grandes empresas tales como el exitoso Hotel Decameron, de Playa Blanca, Antón, pertenece a inversionistas colombianos. El nuevo Hotel Contadora y el Hotel El Panamá, cuentan en parte con capital también colombiano.
Mucha gente de clase media de la hermana nación se halla residiendo entre nosotros. Algunos aguardan visa. Son los que atiborran los supermercados a altas horas de la noche cuando el resto de los panameños dormimos. Los hay también profesionales que juegan en la casi aficionada liga de fútbol local. Esto era impensable hace una década. Es una migración beneficiosa, que viene a aportar sus ahorros, talento y experiencia. Y ya es inevitable porque está entre nosotros, sacando provecho a negocios nuevos. Es cuestión de tiempo para que se aventuren en grandes empresas.
Algunos banqueros aseguran que de no ser por esa silenciosa migración colombiana, la desaceleración económica panameña sería mucho peor. Están encantados con la cercanía a su país, con el dólar, con la ausencia de banco central y control de divisas, con la infraestructura de servicios y comunicaciones, con las infinitas oportunidades de hacer dinero y negocios, que yacen a flor de tierra, y, sobre todo, con el principal de nuestro activo: la paz que respiramos. ¿Y nosotros?