La paradoja del género dominante
Según el Génesis, en el principio Dios creó al hombre. Dos mil años más tarde la lucha por los derechos femeninos se restringía a sus derechos civiles. A partir de entonces, la reivindicación se amplía a la igualdad en todos los campos. Es decir, el concepto de género se comienza a concebir como el rol que en la sociedad corresponde a la persona humana (homo), del hombre y la mujer y no sólo a los sexos que los diferencian.
Entendiéndolo así, la complejidad del comportamiento social unifica los derechos hacia la persona, sin distinción de sexo, pues éste quedaría relegado a una mera condición diferencial de la persona. De modo que si este concepto se aplicara con justicia se haría innecesario legislar contra la discriminación en estas diferencias, tal como las constituciones de las democracias republicanas lo hacen también con la raza, la religión, la nacionalidad y las clases sociales. La razón de género no es más que la reivindicación de la mujer y del hombre a ser tratados mutuamente como iguales, aunque sean diferentes.
El sexo es una más de las múltiples diferencias que presentan el macho y la hembra de las distintas especies. En el género humano al macho se le reconoce la cualidad de hombre o varón cuando incorporamos en él el concepto de persona, es decir cuando admitimos su dignidad humana.
Así, cuando nos referimos al machismo estamos señalando que los hombres carecen de dignidad, son tan machos como cualquier animal reproductor. Un trato denigrante hacia lo masculino que debemos revertir con el mismo derecho que el feminismo reclama el suyo.
Lo mismo se aplica a las hembras. Cuando nos referimos a una hembra lo hacemos con la visión enfocada en la zona pudenda. Mujer o fémina es la persona humana con todas sus particularidades femeninas. De allí el correcto término de feminismo.
Pero tampoco es posible, y así lo afirman algunos filólogos, concebir el idioma sin distinguir la hembra del macho y a la mujer del hombre. Es más, algunos piensan que esa ha sido la causa originaria de la lengua. Es imposible concebir una lengua sin lo masculino y lo femenino. Las diferentes intenciones que ha habido para llevar esto a cabo han resultado en un soberano fracaso.
Históricamente, desde los tiempos bíblicos, el género social dominante ha sido el del carácter masculino, a excepción de ciertas épocas y en ciertas sociedades y esto es así, al parecer, por el orden de aparición en el teatro bíblico de la vida humana. Primero fue Adán y de él salió Eva. ¿Cómo sucedió esto? Es cuestión de quienes se han atrevido a interpretar la exégesis divina. Al parecer un hecho discriminatorio restringido a dos actores, a Dios y a sus exegetas bíblicos. Paradoja suficiente para debatirle al Libro de los libros su carácter sagrado.