La paz, el canal y el futuro
El 16 de septiembre leí en una pancarta que portaba un campesino lo siguiente: "La paz es fruto de la Justicia". El campesino era uno entre más de un millón de delegados de la Convención Nacional Democrática que asistieron a la proclamación de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México...
Entendemos distintos conceptos y niveles en torno al significado de la paz: la paz internacional, la paz nacional, la paz social, la paz personal o humana y la paz que nace de la relación armoniosa entre la humanidad y la naturaleza.
Cuando Estados Unidos proclamó su política canalera en 1880, su presidente explicó que el Canal que fuese construido serviría como un medio indispensable a la "unidad, paz y defensa de los Estados Unidos de América". No dijo el presidente Rutherford Hayes que el Canal serviría para garantizar la paz del mundo, la paz del Hemisferio Occidental, la paz de América Latina o la paz del país en cuyo territorio se abriese el puente interoceánico.
Por eso, cuando el Canal fue construido, el poder imperial que se inauguraba sintió una gran paz porque al fin se había cumplido el gran sueño americano... Pero el sueño americano se cumplió a expensas de la paz de colombianos de panameños. De colombianos, porque de alguna manera éramos departamento de Colombia. De panameños, porque nos ayudaron a separarnos de Colombia al precio de robarnos la soberanía en la faja más valiosa de nuestro territorio y de privarnos de las mieles de ese panal.
El Canal fue construido como un medio indispensable para pasar de uno a otro océano la flota de guerra de Estados Unidos. Las dimensiones de la zanja y de las esclusas fueron calculadas por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos para satisfacer la demanda de los próximos 50 años de tránsito interoceánico, de los barcos de guerra más grandes que pudieran aparecer en ese plazo: los portaaviones.
Durante las guerras mundiales y las de Corea y Vietnam, el Canal fue administrado bajo una política de guerra, que dejó a un lado las normas pactadas sobre su neutralidad. El Canal dejó de ser un instrumento de la paz internacional para convertirse en un medio para la defensa de Estados Unidos.
Esto en nada disminuye la importancia del Canal para el comercio internacional, porque el comercio satisface necesidades entre los pueblos. Pero no será el Canal un instrumento de la paz hasta tanto no esté afincado en normas de derecho internacional aplicables a vías acuáticas que conjugan el interés internacional con los intereses nacionales de los Estados ribereños; es decir, mientras exista la amenaza sobre la soberanía panameña que se desprende de torcidas interpretaciones del Tratado de Neutralidad.
Se ha dicho que el presidente George Bush declaró que invadió a Panamá porque el Tratado de Neutralidad se lo permitía: una afirmación absurda que los enemigos de la patria a cada momento enarbolan para darle la razón a los invasores.
El general Omar Torrijos manifestó que las áreas revertidas deberían tener "el mayor uso colectivo posible", y sabemos que ese objetivo no se ha cumplido, y es nuestra opinión que las mieles de la vía interoceánica deben emplearse para asistir las necesidades de desarrollo de toda la Nación, los pobres en primer lugar.
Hay que invertir la pirámide de los ingresos del Canal para que las ganancias permitan darles trabajo, salud, educación y vivienda a los más necesitados y evitar que las mismas vayan a engordar las arcas de quienes ya han usufructuado por demasiado tiempo de nuestra posición geográfica.
Nada hay ni en la historia ni en el derecho panameño que vindique el Canal como propiedad de un grupo de panameños que todo lo deciden al margen de consideraciones patrióticas, con intolerables gestos de pleitesía hacia una comunidad naviera que nos mira, no como nación, no como Estado, sino como un enclave marítimo internacional.
Para que la "religión" que nos unió no se convierta en motivo de una división nacional alimentada por la codicia, la mezquindad, la corrupción, la exclusión y el resentimiento, es indispensable que los sectores representativos del país obren en favor del bienestar nacional, sin imposiciones, sin apresuramientos y sin ventajismos.
Si la división se produce por ausencia de justicia social, de equidad, tolerancia, ecuanimidad, transparencia y patriotismo, aquí no habrá paz para nadie y el Canal será entonces (como antes fue cuna) la tumba de nuestra nacionalidad". Y yo creo que aquí ha habido demasiadas tumbas y demasiadas cruces por ese Canal.
Es hora de invertir la pirámide social producida por el Canal y el transitismo deformante; es hora de que en Panamá la paz sea "fruto de la justicia".
Entendemos distintos conceptos y niveles en torno al significado de la paz: la paz internacional, la paz nacional, la paz social, la paz personal o humana y la paz que nace de la relación armoniosa entre la humanidad y la naturaleza.
Cuando Estados Unidos proclamó su política canalera en 1880, su presidente explicó que el Canal que fuese construido serviría como un medio indispensable a la "unidad, paz y defensa de los Estados Unidos de América". No dijo el presidente Rutherford Hayes que el Canal serviría para garantizar la paz del mundo, la paz del Hemisferio Occidental, la paz de América Latina o la paz del país en cuyo territorio se abriese el puente interoceánico.
Por eso, cuando el Canal fue construido, el poder imperial que se inauguraba sintió una gran paz porque al fin se había cumplido el gran sueño americano... Pero el sueño americano se cumplió a expensas de la paz de colombianos de panameños. De colombianos, porque de alguna manera éramos departamento de Colombia. De panameños, porque nos ayudaron a separarnos de Colombia al precio de robarnos la soberanía en la faja más valiosa de nuestro territorio y de privarnos de las mieles de ese panal.
El Canal fue construido como un medio indispensable para pasar de uno a otro océano la flota de guerra de Estados Unidos. Las dimensiones de la zanja y de las esclusas fueron calculadas por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos para satisfacer la demanda de los próximos 50 años de tránsito interoceánico, de los barcos de guerra más grandes que pudieran aparecer en ese plazo: los portaaviones.
Durante las guerras mundiales y las de Corea y Vietnam, el Canal fue administrado bajo una política de guerra, que dejó a un lado las normas pactadas sobre su neutralidad. El Canal dejó de ser un instrumento de la paz internacional para convertirse en un medio para la defensa de Estados Unidos.
Esto en nada disminuye la importancia del Canal para el comercio internacional, porque el comercio satisface necesidades entre los pueblos. Pero no será el Canal un instrumento de la paz hasta tanto no esté afincado en normas de derecho internacional aplicables a vías acuáticas que conjugan el interés internacional con los intereses nacionales de los Estados ribereños; es decir, mientras exista la amenaza sobre la soberanía panameña que se desprende de torcidas interpretaciones del Tratado de Neutralidad.
Se ha dicho que el presidente George Bush declaró que invadió a Panamá porque el Tratado de Neutralidad se lo permitía: una afirmación absurda que los enemigos de la patria a cada momento enarbolan para darle la razón a los invasores.
El general Omar Torrijos manifestó que las áreas revertidas deberían tener "el mayor uso colectivo posible", y sabemos que ese objetivo no se ha cumplido, y es nuestra opinión que las mieles de la vía interoceánica deben emplearse para asistir las necesidades de desarrollo de toda la Nación, los pobres en primer lugar.
Hay que invertir la pirámide de los ingresos del Canal para que las ganancias permitan darles trabajo, salud, educación y vivienda a los más necesitados y evitar que las mismas vayan a engordar las arcas de quienes ya han usufructuado por demasiado tiempo de nuestra posición geográfica.
Nada hay ni en la historia ni en el derecho panameño que vindique el Canal como propiedad de un grupo de panameños que todo lo deciden al margen de consideraciones patrióticas, con intolerables gestos de pleitesía hacia una comunidad naviera que nos mira, no como nación, no como Estado, sino como un enclave marítimo internacional.
Para que la "religión" que nos unió no se convierta en motivo de una división nacional alimentada por la codicia, la mezquindad, la corrupción, la exclusión y el resentimiento, es indispensable que los sectores representativos del país obren en favor del bienestar nacional, sin imposiciones, sin apresuramientos y sin ventajismos.
Si la división se produce por ausencia de justicia social, de equidad, tolerancia, ecuanimidad, transparencia y patriotismo, aquí no habrá paz para nadie y el Canal será entonces (como antes fue cuna) la tumba de nuestra nacionalidad". Y yo creo que aquí ha habido demasiadas tumbas y demasiadas cruces por ese Canal.
Es hora de invertir la pirámide social producida por el Canal y el transitismo deformante; es hora de que en Panamá la paz sea "fruto de la justicia".