La paz, no la guerra
Los acuerdos alcanzados por Corea del Norte y Corea del Sur permiten a la comunidad internacional respirar con alivio. Hace pocos meses, la persistencia de Pyongyang en un programa nuclear, la preocupación del sur y la radical oposición de Estados Unidos hizo temer lo peor. Tal parecía que para los norcoreanos, como para los iraníes, por ejemplo, el balance internacional de fuerzas estuviera ligado estrechamente a la posesión de este tipo de energía con propósitos militares. Haber acordado lo contrario, sin embargo, evidencia la posibilidad de que el respeto entre naciones sea medido de otra manera.
El surgimiento de las dos coreas al final de la guerra en los años 50 fue otra de las maneras como se expresó la guerra fría en que se sumergió el planeta después de la segunda conflagración mundial. Mientras que en una parte de la península coreana se posesionaban fuerzas leales a Occidente, en el otro la dictadura del proletariado daba paso a una nación alineada con el comunismo, bajo la supuesta decisión de construir una sociedad de bienestar para los trabajadores. La consecuencia fue una absurda y sostenida inversión en al área militar, que afectó el desarrollo de su economía.
Y es eso lo que precisamente hace interesante el acuerdo alcanzado esta semana. De ocho puntos, la declaración conjunta que suscriben los líderes de ambas naciones deja claro el fin del programa nuclear norcoreano, cuyo desmantelamiento debe ser una realidad antes de finales de este año. Al mismo tiempo presta urgente atención a los agudos problemas económicos que pesan hoy sobre Corea del Norte. En una palabra, pragmáticamente este último país ha tenido que renunciar, esperemos que de manera permanente, a la carrera de armamentos y, con ello, a una nociva concepción sobre balance de fuerzas.
Lo más importante, no obstante, parece haber sido la forma franca como se desarrollaron los contactos entre las dos coreas, China Popular y Estados Unidos. Por lo general, la franqueza genera confianza y augura una paz duradera.
El surgimiento de las dos coreas al final de la guerra en los años 50 fue otra de las maneras como se expresó la guerra fría en que se sumergió el planeta después de la segunda conflagración mundial. Mientras que en una parte de la península coreana se posesionaban fuerzas leales a Occidente, en el otro la dictadura del proletariado daba paso a una nación alineada con el comunismo, bajo la supuesta decisión de construir una sociedad de bienestar para los trabajadores. La consecuencia fue una absurda y sostenida inversión en al área militar, que afectó el desarrollo de su economía.
Y es eso lo que precisamente hace interesante el acuerdo alcanzado esta semana. De ocho puntos, la declaración conjunta que suscriben los líderes de ambas naciones deja claro el fin del programa nuclear norcoreano, cuyo desmantelamiento debe ser una realidad antes de finales de este año. Al mismo tiempo presta urgente atención a los agudos problemas económicos que pesan hoy sobre Corea del Norte. En una palabra, pragmáticamente este último país ha tenido que renunciar, esperemos que de manera permanente, a la carrera de armamentos y, con ello, a una nociva concepción sobre balance de fuerzas.
Lo más importante, no obstante, parece haber sido la forma franca como se desarrollaron los contactos entre las dos coreas, China Popular y Estados Unidos. Por lo general, la franqueza genera confianza y augura una paz duradera.